A veces lo que parece un problema de relevo generacional acaba siendo algo mucho más serio: una cuerda floja para todo el campo europeo. Y eso es justo lo que está pasando en la agricultura del continente, donde los responsables de las explotaciones envejecen mientras los jóvenes llegan demasiado despacio. El dato resume el panorama con crudeza: solo el 11% de los gestores de explotaciones tiene menos de 40 años. Y sí, eso no es una anécdota; es una señal de alarma.
La foto llega, además, en un momento nada amable para quien vive de la tierra. El clima aprieta con más volatilidad, los costes siguen altos y los márgenes continúan encogidos como si alguien hubiera metido la tijera. Para las explotaciones pequeñas y medianas, que suelen ir más justas de músculo financiero, el cóctel complica la sucesión, pone en duda la viabilidad y abre una pregunta incómoda: ¿quién sostendrá el sistema cuando falten los actuales responsables?
Sin una respuesta clara, el riesgo no es solo perder explotaciones. También se puede evaporar ese saber acumulado que no sale en los manuales: cómo leer una campaña difícil, cómo capear una helada tardía, cómo aguantar con los números apretados sin tirar la toalla. Y detrás de todo eso están las economías rurales, que dependen de que la actividad siga viva y no se convierta en un recuerdo bonito.
Una alianza que quiere pisar tierra, no quedarse en el papel
En ese escenario entra en juego Future Harvest, el nuevo programa que han puesto en marcha EIT Food —con el respaldo del Instituto Europeo de Innovación y Tecnología, EIT— y la PepsiCo Foundation. La idea no es lanzar un mensaje genérico de “hace falta gente joven”, sino acompañar a quienes ya están dentro o están a punto de tomar el testigo en las explotaciones familiares.
El plan arrancará en Francia, España, Países Bajos, Polonia y Türkiye, y prevé llegar a unos 900 agricultores en 2026. El foco está puesto en jóvenes y en la siguiente generación de productores, especialmente en quienes ya gestionan una finca o se preparan para asumirla. Es una diferencia importante, porque aquí no se trata solo de atraer nuevas vocaciones, sino de evitar que se rompa la cadena justo cuando más falta hace continuidad.
Lo que más llama la atención es que el programa no vende humo de larga distancia. Quiere meterse de lleno en el día a día de la explotación agrícola, que es donde de verdad se decide si una idea sirve o se queda en un PowerPoint. Y en el campo, como sabe cualquiera que haya lidiado con una campaña dura, la teoría sola no paga facturas.
Aprender, probar y volver al campo con más herramientas
Future Harvest mezcla formación en línea con experiencias prácticas sobre el terreno. Dicho de otro modo: no se queda en el aula virtual, sino que intenta tender puentes con la realidad de una explotación, que casi nunca se parece al ejemplo ideal de los cursos. Y ahí está parte de su gracia.
Los participantes seguirán itinerarios adaptados que incluyen prácticas de sostenibilidad y agricultura regenerativa, gestión empresarial de la explotación, planificación financiera, emprendimiento, liderazgo y uso de herramientas digitales y tecnologías agrarias. En un sector donde cada decisión puede cambiar el rendimiento de una campaña, esa combinación de conocimiento técnico y visión de negocio puede marcar la diferencia.
Además, el programa incorpora Future Harvest FarmHub, un espacio pensado para conectar a los participantes con clínicas de campo, visitas a explotaciones, mentoría e intercambio entre iguales. La idea es simple, pero muy potente: que el aprendizaje no termine al cerrar el curso, sino que siga vivo en una red de apoyo donde se comparten dudas, soluciones y formas de hacer las cosas mejor.
Ese enfoque también refleja un cambio de fondo en cómo se diseñan hoy este tipo de ayudas. Antes bastaba con ofrecer formación puntual; ahora la apuesta pasa por meter a los agricultores dentro de ecosistemas de innovación y conocimiento que les acompañen de verdad. Y ojo, porque ahí puede estar la clave para que las nuevas prácticas no se queden en experimentos aislados.
La resiliencia ya no es una palabra de moda
Para quienes impulsan el proyecto, la cuestión ya no es solo de empleo o de relevo generacional. También lo es de resistencia frente a choques climáticos y económicos. Si el campo europeo no consigue renovarse, el problema no se limita a la edad media de quienes lo gestionan; afecta de lleno a la capacidad del sistema para adaptarse cuando llega una sequía, suben los costes o se aprieta el mercado.
Desde EIT Food lo resumen con una idea muy clara: el futuro de la agricultura europea depende de si la siguiente generación ve el sector como un lugar para construir, innovar y liderar. Y desde PepsiCo, la lectura va en la misma dirección, aunque con otro ángulo: si el campo se resiente, también se resiente la cadena alimentaria que depende de él.
La empresa de alimentación y bebidas ha subrayado que su vínculo con la agricultura es fundamental y que, a través de la PepsiCo Foundation, quiere apoyar iniciativas que ayuden a las comunidades agrícolas a ganar estabilidad y oportunidades a largo plazo. El mensaje, en el fondo, es bastante menos abstracto de lo que parece: sin explotaciones viables, no hay futuro tranquilo para nadie.
Future Harvest, además, no se moverá como un bloque uniforme. El programa se adaptará a cada país participante para encajar con sus sistemas agrarios, sus retos y su marco de políticas. Y eso importa, porque no se gestiona igual una explotación cerealista que una vinculada al secano mediterráneo o a zonas de regadío más intensivas. La ambición es continental, pero el aterrizaje será local.
La gran pregunta ahora es si esta clase de iniciativas conseguirán llegar a tiempo y con la intensidad suficiente para frenar el desgaste. De momento, la ficha ya está movida. Habrá que ver si este impulso logra transformar de verdad la sucesión en el campo europeo, y nosotros estaremos atentos.
