La FAO avisa del hueco de productividad y empuja la demanda de alternativas a los antibióticos en el campo

A veces la gran palanca no está en el antibiótico, sino en todo lo que evita que haya que usarlo. Y ese es justo el giro que pone sobre la mesa un nuevo estudio liderado por la FAO: si la producción ganadera gana eficiencia, el consumo de antibióticos puede caer de forma muy notable; si no, la factura global seguirá subiendo durante los próximos años.

La investigación calcula que, sin medidas, el uso mundial de antibióticos en el ganado crecerá casi un 30% de aquí a 2040 y superará las 143.000 toneladas al año. Pero también deja otra cifra mucho más llamativa: con mejoras de productividad bien dirigidas, esa cantidad podría recortarse hasta un 57%, quedándose en torno a 62.000 toneladas. Dos escenarios. Y, entre uno y otro, un margen enorme para actuar.

“Mejorar la eficiencia de la producción ganadera es clave para frenar el uso de antibióticos”, explicó Alejandro Acosta, economista ganadero de la FAO y autor principal del trabajo. Su idea es bastante directa: producir más alimento de origen animal con los mismos animales, o incluso con menos, reduce la presión sanitaria y, con ella, la necesidad de medicar tanto.

La cuenta atrás ya está en marcha

El estudio llega en un momento de presión creciente sobre la resistencia antimicrobiana, o AMR por sus siglas en inglés, el gran quebradero de cabeza que hace que algunos tratamientos pierdan eficacia con el tiempo. La declaración aprobada por la Asamblea General de la ONU en 2024 pide una reducción importante del uso de antimicrobianos en los sistemas agroalimentarios antes de 2030, así que el sector ganadero ya no juega solo a producir más: también tiene que producir mejor.

Y ahí está el choque de fondo. En muchas regiones donde la oferta de proteína animal sigue expandiéndose para responder a la demanda, la ecuación parece casi imposible: más producción, menos antibióticos. Pero la FAO empuja justo en esa dirección y advierte de que no bastará con buenas intenciones. Hacen falta prevención, vigilancia y una inversión real en innovación.

Junxia Song, responsable senior de sanidad animal en la FAO, lo resumió con bastante claridad: los actores del sector tienen que trabajar juntos para mejorar la prevención de enfermedades, reforzar los sistemas de seguimiento e invertir en tecnología. Y para empujar esa transición, la organización ha puesto en marcha RENOFARM, una iniciativa centrada en reducir la dependencia de antimicrobianos mediante mejor gestión en la explotación, orientación de políticas y adopción tecnológica.

La tecnología ya se ha puesto a empujar

Lo interesante es que este frente ya no va de una sola solución milagrosa, sino de un ecosistema entero moviéndose a la vez. En el terreno biológico, empresas como PhageLab y Proteon Pharmaceuticals trabajan con terapias basadas en bacteriófagos, virus que atacan a patógenos concretos; Animab, por su parte, avanza en anticuerpos monoclonales para prevenir infecciones en animales sin recurrir a antibióticos. Hace años esto sonaba a ciencia ficción. Hoy ya está en la hoja de ruta.

También el diagnóstico está ganando peso. Firmas como Advanced Animal Diagnostics buscan afinar el tiro para que el ganadero sepa qué animales necesitan tratamiento y cuáles no, evitando esas medicaciones en bloque que tanto penalizan el uso de antibióticos. Menos disparos al aire, más decisiones precisas. Y sí, eso cambia bastante el tablero.

Donde más dinero parece estar entrando es en nutrición y alimentación. DSM-Firmenich, Chr. Hansen, ahora integrada en Novonesis, y Lallemand Animal Nutrition están escalando probióticos y soluciones basadas en el microbioma, las llamadas eubiotics, que ayudan a mejorar la salud intestinal y a reducir el riesgo de enfermedad a nivel de rebaño. Traducido al lenguaje de la explotación ganadera: animales más sanos, menos sustos, menos antibióticos.

Menos reaccionar, más prevenir

Las grandes compañías de sanidad animal también están moviendo ficha. Zoetis, Elanco, Merck Animal Health y Boehringer Ingelheim están apostando por una lógica más preventiva, con vacunas, bioseguridad y herramientas de salud de precisión para intentar que la enfermedad aparezca menos y pegue más flojo cuando lo haga.

Al mismo tiempo, el capital riesgo está entrando con ganas en nuevas biotecnologías y en sistemas de gestión ganadera basados en datos. Ahí caben terapias con fagos, plataformas de anticuerpos y monitorización en tiempo real, todo un arsenal pensado para pasar de la reacción tardía a la prevención continua. El cambio de mentalidad es grande. Y, sinceramente, también suena bastante lógico.

En el fondo, todas estas piezas cuentan la misma historia: el sector se está alejando del uso reactivo de antibióticos y se está acercando a modelos integrados de salud animal, donde manejo, nutrición, bioseguridad y diagnóstico trabajan juntos. En una explotación lechera, en un cebadero o en sistemas extensivos con más presión sanitaria, esa coordinación puede marcar la diferencia entre tratar por sistema o intervenir solo cuando toca.

Uno de los aportes técnicos del estudio es un nuevo método de Conversión de Biomasa Ganadera (Livestock Biomass Conversion, LBC), pensado para estimar mejor el uso de antibióticos en distintos sistemas de producción. Eso permite afinar más la foto y, de paso, tomar decisiones políticas menos a ciegas. Porque medir mejor también es una forma de intervenir mejor.

Y aquí está la idea que atraviesa todo el trabajo: mejorar la productividad ya no es solo una cuestión de rentabilidad. También es una vía directa para usar menos antibióticos y avanzar hacia objetivos globales de sostenibilidad. Producción, salud y eficiencia dejan de ser mundos separados. Se mezclan. Se pisan. Y, a ratos, hasta se confunden.

La pregunta, ahora, no es si el sector ganadero tendrá que moverse hacia sistemas más preventivos, sino cuándo y a qué velocidad lo hará. Habrá que ver qué soluciones llegan de verdad a la explotación y cuáles se quedan en el escaparate; nosotros, desde luego, estaremos atentos.

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