HowGood y Ethan Soloviev señalan la pieza que falta en la agricultura regenerativa: la financiación

A veces el debate se atasca tanto en las definiciones que se olvida lo esencial. Y en agricultura regenerativa, la discusión llevaba años orbitando alrededor de métricas, etiquetas y resultados ambientales, hasta que Ethan Soloviev ha puesto el dedo en la llaga: el verdadero freno no es conceptual, es financiero. Lo que falta no es otra guerra de términos; lo que falta es más dinero llegando a los agricultores.

Soloviev, cofundador de Regen House y director de innovación de HowGood, lo dejó claro tras la edición de este año del encuentro celebrado junto a London Climate Action Week: el sector ya ha alcanzado un consenso amplio sobre el valor de la agricultura regenerativa. La conversación, dice, tiene que dejar de mirar al diccionario y empezar a mirar al balance. Y eso, para el campo, cambia bastante la película.

Menos debate de salón, más dinero en la finca

HowGood trabaja con grandes compañías de alimentación, distribución e ingredientes, entre ellas Ahold Delhaize, Ferrero, Mondelez, ADM e Ingredion, ayudándolas a medir y recortar el impacto ambiental de productos y cadenas de suministro. Soloviev asegura que manejan millones de productos con su impacto exacto trazado, desde las emisiones de carbono hasta el uso del suelo.

Su tesis es bastante directa: si las empresas ya saben calcular, comunicar y compartir ese impacto, el siguiente paso lógico es financiar los cambios que lo reducen. Ahí entra la agricultura regenerativa, que no aparece como una etiqueta bonita, sino como una herramienta práctica para transformar lo que ocurre en la explotación agrícola y en toda la cadena.

Regen House nació, precisamente, para pasar de la charla al movimiento. Soloviev lo describe como un espacio donde no se va solo a exponer ideas, sino a hacer contactos y cerrar acuerdos que empujen el sector. Y este año, una vez más, el foro ha funcionado como escaparate de iniciativas concretas: el año pasado Nespresso anunció que sería la primera marca de café en abastecerse de café certificado bajo el nuevo Estándar de Agricultura Regenerativa de Rainforest Alliance, mientras que en esta edición ALDI South Group explicó su enfoque para afrontar clima, pérdida de naturaleza y desigualdad sin disparar los precios de los alimentos.

La idea ya está probada. Ahora falta escalarla

En la visión de Soloviev, la agricultura regenerativa ya no necesita más defensa teórica. Durante los últimos cinco años, dice, se han acumulado pilotos que apuntan en la misma dirección: más productividad para el agricultor, menos impacto ambiental, menos huella de carbono y explotaciones más resistentes y estables.

El problema llega cuando toca pasar de la prueba al sistema. Las empresas del sector alimentario, argumenta, no pueden seguir sosteniendo todo el esfuerzo con sus propios programas de sostenibilidad y pagando la factura en solitario. Hace falta una palanca más grande. Hace falta capital. Y no poco.

Ahí es donde Regen House ha intentado mover ficha reuniendo a bancos, aseguradoras, agricultores y compañías de alimentación para explorar qué estructuras permitirían convertir la transición regenerativa en algo financiable a gran escala. Entre los asistentes hubo representantes de Lloyds Bank, ING y Federated Hermes, además de aseguradoras como Howden y Humanity Insured, agricultores del Reino Unido, Irlanda y Eslovenia, y responsables de sostenibilidad de empresas como Danone y Ahold Delhaize.

La banca mira de reojo. El seguro puede abrir la puerta

Soloviev cree que los bancos pueden convertirse en la principal fuente de capital para la expansión, pero reconoce que muchos siguen viendo estas transiciones como demasiado arriesgadas. Y ahí entra un actor que suele pasar más desapercibido: el seguro. La idea es desactivar el miedo antes de pedir el préstamo.

Según explicó, el seguro puede rebajar el riesgo de las operaciones financieras y dar más confianza a las entidades que ponen el dinero. En su esquema, las compañías alimentarias firman acuerdos de suministro a largo plazo, los agricultores acceden a financiación y respaldo asegurador, y las entidades financieras ven una operación más sólida. No es magia. Es ingeniería financiera aplicada al campo.

Ese fue, precisamente, el objetivo de la conversación celebrada en Regen House: buscar fórmulas para que la agricultura regenerativa resulte atractiva para el capital tradicional. Soloviev habla de la necesidad de construir un reparto de riesgos más inteligente, con productos de seguro innovadores y acuerdos comerciales duraderos. Así, dice, se puede hacer que una explotación agrícola que adopta prácticas regenerativas no sea una apuesta heroica, sino una inversión razonable.

El campo no se juega en un despacho, sino por regiones

Otro de los mensajes que deja Soloviev es que las grandes soluciones no siempre se cocinan en un plano nacional o mundial. A su juicio, la escala más efectiva es la regional, allí donde realmente se entienden los cultivos, el clima, los suelos y las necesidades de cada zona. La receta no puede ser igual para todos.

Pone como ejemplo la iniciativa Roots to Regen, en el este de Inglaterra, impulsada junto con organizaciones filantrópicas como el Royal Countryside Fund y socios empresariales como McCain y McDonald’s. La idea es adaptar la transición regenerativa a las condiciones locales y coordinar a bancos locales, grandes bancos, filántropos y empresas que quieran entrar en el juego.

Lo que más le interesa a Soloviev es que ese modelo se replique en pequeños territorios agrícolas de todo el mundo, desde zonas de secano hasta regadíos donde el agua aprieta y cada decisión pesa. Para él, el futuro no pasa por una gran declaración universal, sino por muchos acuerdos concretos. Y, sobre todo, por más relaciones estables entre quien produce, quien compra y quien financia.

También cree que las discusiones sobre qué es exactamente la agricultura regenerativa pesan cada vez menos, porque ya van apareciendo marcos de medición compartidos. La diversidad, admite, es enorme. Pero la pelea por la definición pierde terreno frente a otra urgencia: hacer circular el capital hacia agricultores y empresas que ya están empujando el cambio.

Ni siquiera la presión contra las siglas ESG o los compromisos de net-zero ha frenado ese movimiento, según Soloviev. A su juicio, la reacción política ha obligado a las compañías a volver a lo básico: productividad, resiliencia, diversificación de ingresos y menos dependencia de fertilizantes. Y eso, para la cadena alimentaria, importa mucho más que un eslogan.

La lectura final es bastante terrenal: hay menos ruido ideológico y más atención a la supervivencia del negocio. Las empresas siguen trabajando con agricultores, reforzando sus cadenas y buscando estabilidad, aunque hablen menos de ello en público. Incluso menciona un gesto del Gobierno de Estados Unidos en forma de orden ejecutiva sobre agricultura regenerativa, aunque la considera poco sustanciosa.

En el fondo, Soloviev quiere que de encuentros como Regen House salgan más operaciones reales y menos brindis al sol. Ya existen ejemplos, como la alianza de Wildfarmed con Nestlé para llevar trigo regenerativo a la cadena de KitKat o la inversión de McDonald’s en producción de vacuno regenerativo en Estados Unidos, pero todavía le parecen movimientos demasiado pequeños. Quiere ver acuerdos entre banca, seguros y agricultores a otra escala: no de cientos de millones, sino de decenas de miles de millones. Y sí, esa es la auténtica prueba del algodón. Habrá que ver cuándo llega de verdad y a qué precio.

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