Syngenta apuesta por ingresos de carbono para agricultores con Groundwork BioAg: así quiere cambiar la rentabilidad del campo

A veces la historia no va de inventar algo desde cero, sino de encontrar una forma nueva de hacer que dos cosas encajen. Y eso, justo eso, es lo que han movido Syngenta y Groundwork BioAg: una alianza para que los agricultores mejoren el rendimiento del cultivo y, de paso, puedan ingresar dinero extra por créditos de carbono. Suena ambicioso. Y sí, también bastante calculado.

La idea es sencilla de explicar, aunque detrás haya bastante ciencia: Syngenta se encargará de comercializar, con su propia marca, los productos basados en micorrizas y las soluciones de carbono en suelo de Groundwork BioAg. Al principio, la propuesta irá dirigida a productores de maíz, soja, cereales y girasol en Europa y Latinoamérica, con un despliegue inicial en Argentina y Ucrania. El negocio, por tanto, no solo quiere vender un insumo agrícola, sino abrir una puerta nueva al bolsillo del agricultor.

La jugada mezcla agronomía y dinero climático en un mismo paquete. Por un lado, las micorrizas ayudan a las plantas a absorber mejor nutrientes y agua; por otro, ese trabajo en el suelo se traduce en captura de carbono y, con ella, en créditos verificables. Dicho de otro modo: el campo produce más y, además, puede monetizar parte de lo que almacena bajo tierra. Y ojo, porque esa combinación no es tan habitual como parece.

La alianza quiere vender más que un insumo

Groundwork BioAg asumirá una parte clave del engranaje: fabricación, suministro, herramientas digitales y gestión del programa de carbono. Syngenta, mientras tanto, pondrá la maquinaria comercial y su acceso al mercado. La empresa ha movido ficha para colocarse en un terreno donde los biológicos ya no se presentan solo como “ayuda” al cultivo, sino como una pieza con retorno económico añadido.

Petra Laux, directora de sostenibilidad del grupo, ha defendido que el modelo va más allá de “hacer carbono”. La compañía lo enmarca como una fórmula para reforzar la resiliencia, recuperar la salud del suelo y acumular carbono a largo plazo a buen ritmo. Traducido al lenguaje del agricultor: menos dependencia de un suelo agotado y más margen para sacar partido a lo que antes quedaba invisible.

Emilhano Lima, responsable global de Seedcare y biológicos en Syngenta, va en la misma línea: los productos inspirados en la naturaleza, dice, dan herramientas fiables y retornos agronómicos concretos. Esa es la clave del nuevo relato. Ya no basta con prometer. Hay que demostrar que el biológico funciona en la parcela y en la cuenta de resultados.

El carbono no llega solo: hay que ganárselo

El programa arrancará con explotaciones que ya trabajen en siembra directa, laboreo reducido o que estén haciendo la transición hacia esos sistemas. También exige un compromiso inicial de cuatro años. No es una oferta para probar un producto una campaña y ya está; aquí se pide paciencia, continuidad y una forma de manejar la finca que favorezca el suelo a medio plazo.

Los cultivos elegibles serán aquellos que forman relaciones simbióticas con las micorrizas: maíz, soja, cereales y girasol. Ese detalle importa, porque limita el alcance inicial, pero también deja claro dónde quiere pisar fuerte la alianza. En zonas de secano o regadío extensivo, donde el suelo manda tanto como el clima, este tipo de propuesta puede encontrar más escucha de la que uno imaginaría hace unos años.

Según lo explicado por la compañía, los agricultores participantes recibirán dos tercios de los ingresos netos generados por la venta de créditos de carbono. El resto quedará para el esquema general del programa. El reparto no es menor: dos tercios para el productor es la cifra que puede hacer que la propuesta resulte atractiva de verdad. Sin ese incentivo, todo esto se quedaría en un discurso bonito. Y ya sabemos que el campo no vive de discursos.

Las micorrizas salen del laboratorio y aterrizan en la parcela

La base técnica del programa está en las micorrizas, unos hongos que se asocian de forma natural con las raíces de las plantas. Esa relación mejora la absorción de agua y nutrientes y, al mismo tiempo, ayuda a que el cultivo aguante mejor el estrés ambiental. En suelos castigados por la sequía, la erosión o el cansancio de campañas sucesivas, ese empujón no suena precisamente trivial.

Además, Groundwork y Syngenta sostienen que esa actividad también favorece la captura de carbono en el suelo, al impulsar la transferencia de carbono hacia capas más estables y la formación de materia orgánica asociada a minerales. De ahí sale el valor climático del proyecto. No se trata solo de sembrar y esperar; el sistema quiere que el suelo retenga más carbono de forma duradera y medible.

La propia empresa asegura que, con la evidencia acumulada en Estados Unidos durante 2023 y 2024, la tecnología ha mostrado una capacidad de secuestro superior de forma consistente a 3 tCO₂/ha. Eso, si se mantiene en otros mercados, da una base bastante seria para generar créditos. La palabra clave aquí es “si”: habrá que ver cómo encaja todo en cada país, con sus suelos, sus manejos y su ritmo de certificación.

El dinero puede tardar, pero el engranaje ya está en marcha

El programa aspira a certificarse bajo la metodología VM0042 de Verra, uno de los estándares de referencia para proyectos de carbono en suelo. Verra, para situarnos, es una entidad de certificación muy conocida en este tipo de mercados. Aun así, la compañía no ha querido vender humo: los ingresos verificados podrían llegar en unos 2,5 años desde el inicio del programa, aunque el momento exacto del primer pago dependerá del proceso de certificación.

Ahí está la letra pequeña que todo agricultor querrá mirar con lupa. Porque una cosa es el potencial y otra el cobro real, y entre ambas suele haber trámites, auditorías y tiempos que no siempre encajan con el calendario de la explotación. El modelo, eso sí, ya sale al mercado con un nombre propio para el programa y con los biológicos integrados en la cartera AVAKITT® de Syngenta, su línea de eficiencia en el uso de nutrientes.

Lo más interesante de esta alianza no es solo que venda micorrizas. Es que intenta convertir el suelo en una fuente doble de valor: productivo y climático. Hace años esto sonaba a ciencia ficción. Hoy ya está en fase comercial, al menos sobre el papel. Ahora toca ver si la promesa aterriza con la misma fuerza en la parcela. Y ahí estaremos atentos.

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