La batalla de los productores de txakoli en Chile por su legado vitivinícola

En la localidad de Doñihue, en pleno corazón del Valle del Cachapoal, un pequeño grupo de campesinos se ha unido con un objetivo claro: rescatar el txakoli, un vino que ha estado en el olvido desde su apogeo en Chile hace más de dos siglos. Este tipo de vino, originario del País Vasco, se caracteriza por su frescura y sabor afrutado, y su historia está tan arraigada en la tierra chilena como la misma tradición vitivinícola del país.

Una historia familiar de tradición

La familia Aguilar Salas, dueña de una bodega de adobe, vigas y tejas en O’Higgins, es uno de los últimos bastiones de producción de txakoli en Chile. Esta bodega, que ha sido heredada de generaciones, ha mantenido viva la tradición de elaboración de este vino durante más de 100 años. Cristina Salas, nieta política de Filomeno Aguilar Medina, recuerda con cariño cómo su abuelo comenzó con las primeras parras que supuestamente trajeron inmigrantes vascos.

"Al abuelo le regalaron unas parras que él cuidó y multiplicó", comparte Cristina, quien ahora produce 1.600 litros de txakoli anuales en esta bodega repleta de botellas, barricas y herramientas tradicionales. Su dedicación no es únicamente un tributo a su familia; también es un esfuerzo por revitalizar un producto que ha sido relegado a un segundo plano durante décadas.

Un vino con historia

El txakoli llegó a Chile a finales del siglo XVIII gracias a la migración vasca. Como señala el investigador Fernando Mujica, la cultura del norte de España se mezcló con las tradiciones locales, dando lugar a un producto que llenó las copas de los héroes de la independencia chilena tras la Batalla de Chacabuco en 1817. Sin embargo, con la llegada de la Revolución Industrial y un cambio en las dinámicas de consumo, el txakoli fue marginado y despreciado.

Mujica explica que, a finales del siglo XIX, este vino era muy popular, pero hacia finales del siglo XX prácticamente había desaparecido. "Lo que ahora tenemos en el siglo XXI son los sobrevivientes de esta tradición," agrega.

Rescatando el txakoli en Doñihue

En 2016, Leopoldo Carreño, un productor local que ha fallecido, dio un paso importante al formar la Asociación de Chacoliceros y Aguardienteros. Esta organización, que actualmente cuenta con 10 miembros de diferentes generaciones, busca mantener viva la cultura del txakoli. José Césped, de 76 años y el miembro más experimentado, recuerda las enseñanzas de su padre sobre la recolección de la uva al amanecer, una práctica que se realiza antes de que el sol caliente las uvas, asegurando la calidad del producto.

"Doñihue no se entiende sin el txakoli," asegura Mujica, indicando que este pequeño pueblo es un centro importante para la continuidad de esta tradición vitivinícola. La Asociación ha comenzado a trabajar en la obtención de un sello distintivo para el txakoli, aunque se enfrenta a obstáculos significativos. La denominación de origen ya ha sido registrada para el txakoli en España a causa del acuerdo entre Chile y la Unión Europea de 2002.

Un renacer en el mercado contemporáneo

La situación del txakoli ha cambiado en los últimos años, ya que un aumento en el interés por los productos locales ha contribuido a revalorizar este vino. Recientemente, el periódico estadounidense ‘The New York Times’ lo destacó en uno de sus rankings, al referirse a él como una de las “tradiciones subvaloradas” de la Región de O’Higgins. Este nuevo enfoque ha llevado a la comunidad a un renovado aprecio por sus raíces y tradiciones vitivinícolas.

Cristina Salas, parte fundamental de esta revitalización, expresa su deseo de que el txakoli reciba el reconocimiento que merece. "Es un producto que identifica a nuestro pueblo y quiero mostrar al mundo lo que hacemos aquí," comenta con orgullo. El reconocimiento cultural es vital, y muchos en la comunidad consideran que el txakoli tiene un gran valor cultural que trasciende más allá de sus limitaciones comerciales actuales.

Finalmente, los últimos txakoliceros de Doñihue están comprometidos a mantener viva esta tradición, no solo para ellos mismos, sino también para las futuras generaciones. A medida que el txakoli se va recuperando del olvido, su historia continúa invitando a todos a reflexionar sobre la riqueza cultural que los productos tradicionales pueden aportar a la identidad local y nacional. Mantener viva una tradición centenaria no solo es un desafío, sino un legado que merece ser contado y compartido por todos.

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