Subida del SMI: consecuencias para el campo y las demandas de los empresarios

El Consejo de Ministros ha formalizado la aprobación de un incremento del 4,4 % del Salario Mínimo Interprofesional (SMI), que se establecerá en **1.184 euros brutos** al mes en **14 pagas** a partir de 2025. Este acuerdo, que surgió de una negociación entre el Ministerio de Trabajo y los sindicatos CCOO y UGT, ha despertado opiniones divididas en el sector agrario.

Impacto en los trabajadores del campo

Según las estimaciones de CCOO, cerca de un **40 % de los asalariados del campo con jornada completa se beneficiarán** directamente de esta subida. Esto implica que un total de **159.600 trabajadores** en la agricultura cobrarán el salario mínimo el próximo año, un aumento significativo en comparación con los **128.200** de 2024. Esta medida tendrá un impacto notable entre los peones y las categorías más bajas, que son las que más se benefician de la actualización salarial.

Vicente Jiménez, responsable del Campo en CCOO de Industria, ha subrayado que la medida se aplicará a todos los trabajadores temporales durante las campañas agrícolas. «Solo unos pocos convenios colectivos tienen un mínimo superior», indicó, destacando que este aumento podría implicar una necesaria actualización de las tablas salariales en la mayoría de los convenios sectoriales, muchos de los cuales aún están pendientes de renovación.

Reacciones del sector agrario

A pesar de los beneficios para los trabajadores, la respuesta de los empresarios agrarios ha sido de inquietud. Juan José Álvarez, secretario de organización de Asaja, ha manifestado que el nuevo aumento del SMI resulta «inasumible» sin bonificaciones o compensaciones para los negocios agrarios, que enfrentan un incremento acumulado del **80 % en costes** desde 2017.

Asaja ha calculado que el costo real para los empresarios será de **1.925 euros por trabajador**, de los cuales **720 euros** se descontarán en cotizaciones e IRPF. «Estamos de acuerdo en que los trabajadores tengan mejores salarios, pero necesitamos que este aumento venga acompañado de medidas de compensación», afirmó Álvarez. Insistió en que esta medida impuesta por decreto, parece perjudicar la negociación colectiva al romper el equilibrio que debe existir en el desarrollo de los convenios.

Desafíos de la industria alimentaria

La industria alimentaria también está mirando con preocupación el efecto de la subida del SMI. Tanto la patronal FIAB como Asedas han expresado su preocupación sobre el impacto que pueda tener esta decisión en los precios de los alimentos y, por extensión, en los costes laborales. Emilio Gallego, secretario general de Hostelería de España, ha señalado que, al igual que con la reducción de la jornada laboral, la mejora del SMI podría ser una «prueba más» del intervencionismo del Gobierno en la negociación colectiva.

Gallego ha apuntado que hay temores sobre un posible «efecto dominó», donde una tendencia alcista en los salarios podría no venir acompañada de un incremento de la productividad, lo que podría causar problemas y ajustes en las empresas del sector. En este sentido, la pertenencia al marco de la Ley de cadena alimentaria es vital para garantizar que los productores no sean los más penalizados en esta reestructuración salarial.

La opinión de los sindicatos y organizaciones agrarias

Por parte de los sindicatos, Sebastián Serena, secretario del sector agroalimentario de UGT-Fica, ha lamentado que no sea posible incrementar los salarios de manera pactada a través de convenios colectivos debido a un bloqueo en el diálogo social. Sería beneficioso que los empresarios se sentaran a negociar, evitando que el Gobierno imponga normativa en un sector que requiere flexibilidad.

La Unión de Uniones de Agricultores y Ganaderos ha indicado que el rendimiento neto de los agricultores está «bastante alejado» del SMI aprobado anualmente por el Gobierno. Esta discrepancia se traduce en un panorama económico complicado para el sector, donde las promesas de compensación por parte de la Administración aún no se han materializado, generando un clima de incertidumbre.

La perspectiva es clara, un incremento en el SMI puede traer mejoras significativas para los trabajadores, sin embargo, es fundamental que se busquen soluciones sostenibles que no repercutan negativamente en la agricultura. Solo así se podrá mantener un equilibrio en la cadena de producción alimentaria, un aspecto crucial a tener en cuenta en la búsqueda de un desarrollo justo y equitativo en el campo. La reflexión sigue abierta: ¿cómo encontrar un punto de encuentro entre los derechos laborales y la sostenibilidad económica de los negocios agrícolas?

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