A veces, lo que más frena a una herramienta no es la tecnología, sino la sensación de que le han puesto delante a un agricultor un programa pensado desde un despacho y no desde una explotación. Y justo ahí es donde Simon Carney quiere meter mano: las soluciones digitales para el campo tienen que dar valor, sí, pero también respetar la forma real de trabajar de quienes las usan.
Carney, fundador de Consortium UX, lleva décadas afinando la experiencia de usuario en grandes compañías como Microsoft, Capital One y Nokia, y más recientemente pasó por distintas áreas de Climate, la división de Bayer, donde trabajó en la aplicación FieldView. Ahora, desde su propia firma, ayuda a empresas de tecnología agrícola a construir productos que no choquen con las necesidades de los agricultores, sino que encajen con ellas.
Su diagnóstico es bastante claro: durante años se ha partido de demasiadas suposiciones sobre cómo funciona una explotación. Y cuando uno diseña pensando en el “campo ideal” en lugar de en el campo real, el resultado suele ser una herramienta que no termina de servir a todos. O, peor aún, que solo encaja en un escenario muy concreto.
La trampa de pensar en el agricultor “perfecto”
Carney cuenta que una de las desconexiones que más le llamaba la atención era el tamaño de las explotaciones para las que se estaba construyendo software. “La solución más pequeña para la que trabajábamos era de 2.000 acres”, explicó, una cifra que se aleja bastante de una explotación familiar o de un terreno mucho más pequeño. Y ahí, claro, empiezan los problemas.
Porque en agricultura rara vez existe una receta universal. Lo que funciona en una parcela de regadío no tiene por qué servir en secano; lo que ayuda a un productor en una campaña puede ser inútil para otro en otra zona, con otro cultivo o con otra forma de organizar el trabajo. Esa diversidad, que en el campo es el pan de cada día, a menudo se pierde cuando el producto se diseña desde una visión demasiado uniforme.
La consecuencia es fácil de imaginar: servicios digitales que prometen mucho, pero que luego no terminan de responder a lo que realmente necesitan los agricultores. Y eso, en un sector donde cada decisión cuenta, pesa mucho más de lo que parece.
Fácil no siempre quiere decir útil
En el mundo de consumo, las grandes tecnológicas han vendido durante años una idea muy concreta: cuanto más simple, mejor. Pero Carney advierte de que esa lógica no siempre sirve en el negocio entre empresas, y menos todavía en agricultura. Aquí la facilidad no lo es todo. Lo que manda es el retorno.
El agricultor no busca solo una app bonita o intuitiva. Busca una herramienta que mejore sus márgenes, que le ayude a tomar decisiones mejores y que compense el tiempo y el dinero invertidos. Su razonamiento, según Carney, es bastante directo: está manejando maquinaria de varios millones, una explotación que mueve mucho dinero aunque su beneficio personal no sea descomunal, y por tanto quiere software que le devuelva valor real.
Por eso el viejo mantra de “cuanto más fácil, mejor” se queda corto. A veces, una herramienta demasiado aligerada pierde justo lo que la hace útil. Carney considera problemático ocultar demasiado la tecnología, ponerle una marca muy pulida y recortar funciones por desconfianza hacia el usuario. En el campo, dice, el asunto no va de paternalismo, sino de utilidad.
La IA también tiene que aprender modales
La inteligencia artificial se ha colado en casi todas las conversaciones sobre digitalización, y el campo no es una excepción. La promesa es tentadora: automatizar tareas, ordenar procesos, ahorrar tiempo, afinar decisiones. Pero Carney pone un matiz que merece atención: la tecnología no puede tratar al agricultor como si no supiera lo que hace.
Su advertencia es casi psicológica. La persona a la que intentas convencer para que adopte tu solución solo tiene unas cuantas oportunidades para trabajar la tierra, y probablemente ha llegado a esa herramienta después de probar varias cosas antes. Si la IA entra por la puerta con aires de superioridad y transmite la sensación de que el usuario “no entiende”, la batalla está perdida antes de empezar.
La clave, para Carney, es acompañar y no corregir con condescendencia. Lo resume con una idea muy visual: la tecnología debe comportarse como en una relación real entre personas, apoyando, no humillando. Y eso, en un sector tan práctico y tan poco amigo de los adornos como el agrícola, puede marcar la diferencia entre una herramienta que se adopta y otra que acaba olvidada en un menú.
Al final, el mensaje que deja es bastante nítido: si una empresa quiere ganarse al campo, no basta con prometer innovación. Tiene que demostrar que entiende el trabajo, el ritmo y las exigencias de quien está al otro lado. Y ahí no hay atajos. Habrá que ver qué soluciones lo consiguen de verdad, y cuáles se quedan en la superficie.
