Agricultura interior: la apuesta que busca blindar el suministro de alimentos en el sudeste asiático

A veces, el gran salto no llega por añadir más tecnología, sino por dejar de trabajar cada parte del sistema como si fuera una isla. Y eso, precisamente, es lo que está en juego en el Sudeste Asiático: los invernaderos y la agricultura en entorno controlado pueden convertirse en una pieza clave para reforzar la seguridad alimentaria mientras el clima aprieta y los recursos se encogen.

La idea la defiende Mirjam Boekestejin, consejera delegada de Dutch Greenhouse Delta, que ha puesto el foco en una región donde la urbanización, el crecimiento de la población y la presión sobre el agua y otros insumos están obligando a producir de otra manera. La receta, nos cuenta, pasa por hacer las cosas con más eficiencia y con menos impacto ambiental. Suena a frase grande, sí, pero aquí tiene bastante más recorrido del que parece.

Porque el mensaje de fondo no es “más cristalería y más sensores”, sino algo bastante más incómodo: si el cultivo avanza, pero la poscosecha, el transporte y la distribución se quedan atrás, el proyecto cojea. Y cojea mucho.

Cuando el tomate es bueno, pero el viaje lo arruina

Boekestejin insistió en que la agricultura en entorno controlado —CEA, por sus siglas en inglés, es decir, cultivo en un ambiente controlado— puede aportar tanto a la seguridad alimentaria como a la inocuidad de los alimentos, sobre todo en un momento en que el clima está golpeando con fuerza a las producciones al aire libre. No se trata solo de cultivar bajo techo: se trata de ganar estabilidad en un tablero que cambia a toda velocidad.

Ahora bien, la otra cara de la moneda es menos amable. La directiva advirtió de que el sector sigue lastrado por mercados fragmentados, cadenas de suministro débiles y una coordinación muy limitada entre los distintos actores. Y ahí es donde muchas inversiones se quedan a medio camino: se instala tecnología en una parte del proceso, pero el resto del engranaje sigue funcionando como siempre.

“Si produces tomates de gran calidad y luego los transportas durante diez horas sin refrigeración, esa calidad se pierde”, resumió. Difícil decirlo más claro. El problema no es solo crecer mejor, sino llegar mejor al mercado, porque de poco sirve una buena cosecha si el viaje la deja hecha trizas.

La idea del cluster: juntar piezas para que el sistema respire

La solución que defiende pasa por modelos de desarrollo basados en clústeres, es decir, concentrar en una misma zona la producción, la logística, la investigación y la formación. La fórmula no es nueva en abstracto, pero en el sector hortícola puede ser casi una revolución silenciosa: dejar de repartir esfuerzos por todo el mapa y empezar a construir ecosistemas con vecinos que se necesiten de verdad.

Boekestejin mencionó como ejemplos iniciales zonas como la provincia vietnamita de Lam Dong y Cameron Highlands, en Malasia, que ya van perfilándose como polos hortícolas gracias a su clima favorable y a una base productiva previa. No estamos ante modelos cerrados ni acabados, pero sí ante lugares donde varias piezas ya empiezan a encajar. Y cuando eso ocurre, la conversación cambia.

“Si todo está disperso e individualizado, es difícil. Pero si juntas producción, conocimiento y logística, puedes crear un ecosistema fuerte”, afirmó. La frase tiene miga, porque pone el dedo en una verdad bastante sencilla: la tecnología sola no hace milagros. Hace falta gente que sepa usarla, compartirla y adaptarla.

De hecho, otro de los mensajes que dejó la directiva fue justo ese: se puede tener la mejor herramienta del mercado, pero si faltan habilidades y formación, el proyecto se queda en maqueta. Y eso vale para cualquier región que intente modernizar su horticultura, desde zonas de exportación hasta áreas de regadío donde cada litro cuenta más de lo que parece.

Ni copiar y pegar ni vender humo tecnológico

Dutch Greenhouse Delta es una fundación privada sin ánimo de lucro que busca tejer ecosistemas de cooperación entre Países Bajos y países socios. Su enfoque, según explicó Boekestejin, no consiste en exportar soluciones como si fueran piezas de catálogo, sino en adaptar la tecnología al contexto local. Ni más ni menos. Y eso, en agro, suele marcar la diferencia entre un proyecto que despega y otro que se queda en powerpoint.

“No se trata de tecnología baja, media o alta; se trata de la tecnología adecuada”, defendió. La elección, dijo, debe encajar con el caso de negocio, la ubicación y el productor, para acabar generando un resultado sostenible y rentable. Traducido al idioma del campo: no vale la misma receta para todo el mundo, porque no todas las explotaciones, suelos, mercados o necesidades parten del mismo sitio.

En ese punto apareció uno de los grandes referentes del modelo neerlandés: el llamado “diamante holandés”, que conecta empresa, gobierno, centros de conocimiento y sociedad civil. Ese triángulo ampliado, o más bien cuadrado, ha sido clave en el éxito de la horticultura bajo invernadero en los Países Bajos. Llevarlo al Sudeste Asiático, sin embargo, no es copiar y pegar.

El problema, reconoció, es que aún hay desconfianza entre los distintos actores. Los productores no siempre confían entre sí y, a veces, tampoco en la administración. Sin esa base, la colaboración avanza a trompicones. Por eso, además de infraestructura y tecnología, hacen falta transparencia, intercambio de datos y algo mucho menos vistoso pero decisivo: construir confianza. Ojalá fuera tan fácil como instalar una pantalla de control.

Boekestejin cerró con un ejemplo que va en la buena dirección: una explotación de flores que ya exporta crisantemos a Japón y Australia, con los elementos adecuados en su sitio. No es una solución mágica ni una promesa vacía, pero sí una señal de que el tablero se está moviendo. Habrá que ver cuánto tardan en multiplicarse estos casos y si el empuje llega acompañado de cadenas de suministro a la altura. Ahí estará la verdadera prueba.

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