A veces el dinero no vuelve donde estuvo de moda, sino donde de verdad puede cambiar las reglas del juego. Y eso es justo lo que ha hecho Anterra Capital: ha cerrado una primera tanda de 100 millones de dólares para su tercer fondo, con la vista puesta en llegar a 200 millones, y quiere aprovechar el tirón de la inteligencia artificial para meterle una marcha nueva al mundo de la alimentación y el campo.
La jugada importa porque llega en un momento raro para el sector. La inversión global en agrifood se ha enfriado y, aun así, dentro de ese mercado hay una parte que está ganando peso con fuerza: la tecnología profunda, con la inteligencia artificial como gran imán. Dicho de otro modo, mientras muchas ideas pierden fuelle, otras están empezando a sonar con más convicción. Y ahí es donde Anterra quiere estar.
La IA entra en la despensa con ganas de mandar
La firma lo resume sin rodeos: la inteligencia artificial está cambiando lo que se puede hacer en una industria alimentaria que mueve 10 billones de dólares. Su tesis es bastante clara: si durante años el sector ha vivido lastrado por procesos manuales, datos dispersos e infraestructuras todavía muy analógicas, ahora la tecnología empieza a abrir una puerta que antes estaba medio cerrada.
Y no habla de una sola vía. Anterra ve dos grandes caminos avanzando a la vez. Por un lado, plataformas de IA pensadas específicamente para agricultura y alimentación, capaces de digitalizar tareas clave. Por otro, la llamada biología impulsada por IA, que acelera la investigación y desarrollo y, además, requiere menos capital para llegar a resultados útiles.
La combinación, según la gestora, puede recortar tiempos, abaratar costes y dar oxígeno a nuevas empresas capaces de atacar problemas muy distintos: desde el desarrollo de cultivos hasta la salud animal o las cadenas de suministro. En un sector donde cada mejora cuenta, eso no suena a reto menor.
Menos ruido, más bisturí
El nuevo fondo también es una forma de pasar página tras un ciclo que Anterra describe como ruidoso y algo desordenado. Durante los años de euforia se movieron miles de millones hacia modelos intensivos en capital que luego tuvieron muchas dificultades para escalar. Vertical farming, proteínas alternativas y reparto ultrarrápido de comida fueron algunos de los destinos favoritos de ese dinero.
El problema es que muchas de esas apuestas no lograron encajar unos números viables a gran escala. La inversión global llegó a rozar los 52.000 millones de dólares en 2021 y después cayó con fuerza hasta los niveles actuales, alrededor de 16.000 millones en 2025. Y ojo, porque el reparto del capital también ha cambiado.
De ese total, cerca de un tercio, unos 5.000 millones de dólares, está yendo ya a áreas deeptech como la IA. Ahí se nota el giro: menos entusiasmo generalista y más fe en soluciones tecnológicas que puedan crecer sin quemar dinero a lo loco. Anterra ha decidido colocarse justo en ese punto.
Su apuesta no pasa por sustituir todo lo que ya existe, sino por integrarse en la maquinaria del sector. La propia firma lo plantea con una idea bastante sensata: el sistema alimentario es demasiado grande y demasiado arraigado como para reemplazarlo de golpe, pero sí puede transformarse desde dentro. Y ese matiz cambia bastante el mapa.
El dinero ya está trabajando
El tercer fondo no se ha quedado en la foto de la recaudación. Ya ha empezado a invertir y lo ha hecho con dos movimientos que encajan bien con su tesis. Uno es Anchr, una plataforma nativa de IA que moderniza operaciones de oficina en la distribución de alimentos. El otro es Animerra, una empresa de biológicos veterinarios creada dentro de la propia firma.
Esas dos apuestas dibujan muy bien el doble foco de Anterra: software empresarial basado en IA para la cadena alimentaria y biotecnología aplicada a salud animal y sistemas de cultivo. No es un portfolio de moda por moda, sino un intento de meter tecnología donde el sector todavía arrastra bastante papeleo, fricción y trabajo manual.
La firma también presume de un historial que le sirve como carta de presentación. Entre sus salidas figura Invetx, una compañía de biotecnología veterinaria que fue adquirida por más de 500 millones de dólares. Para un inversor especializado, no es poca cosa.
Los socios que ponen el sello
Si algo llama la atención de este cierre es la mezcla de perfiles que lo respaldan. Hay inversores institucionales, corporaciones, operadores del sector, bancos globales y fondos soberanos. Vamos, que no se trata solo de capital financiero mirando desde lejos, sino también de gente que vive el sector desde dentro.
Entre los apoyos hay además operadores agrícolas que gestionan más de 13 millones de acres, una base muy útil para detectar qué soluciones se adoptan de verdad y cuáles se quedan en la presentación bonita. Ese detalle le da al fondo una capa extra de lectura práctica: no solo hay dinero, también hay campo real, problemas reales y adopción real sobre la mesa.
Uno de los socios de la firma lo ha resumido como una señal de confianza con mucho peso. Y la verdad es que encaja: en un mercado más selectivo, con valoraciones más razonables y con menos dinero fácil circulando, los especialistas vuelven a tener ventaja. No por magia. Porque conocen el terreno.
La sensación que deja esta operación es clara: la IA no está llegando al sector agroalimentario como promesa abstracta, sino como herramienta para arreglar cosas muy concretas. Habrá que ver cuánto tarda en traducirse en resultados visibles, y a qué precio, pero el movimiento ya está en marcha. Y nosotros, desde luego, estaremos atentos.
