It’s a new dawn: la cría de insectos renace como solución estrella para gestionar residuos

A veces lo más interesante no es insistir en una idea hasta agotarla, sino admitir que el modelo se ha quedado viejo. Eso es justo lo que está haciendo FlyBox: la empresa está dejando atrás la promesa de producir proteína alternativa para mirar de frente al negocio del tratamiento de residuos orgánicos, con los insectos como aliados para procesar desperdicios y no como simple alimento para peces o ganado. Y ojo, porque el giro cambia por completo la cuenta de resultados.

Del insecto como proteína al insecto como herramienta

Larry Kotch, fundador y consejero delegado de FlyBox, ha puesto negro sobre blanco una idea que, dicho rápido, suena casi a cambio de era: el futuro de este sector no pasa por vender proteína de insecto como si fuera el gran reemplazo de la harina de pescado, sino por encajar las larvas en la cadena de gestión de residuos. En ese esquema, la proteína ya no es el producto estrella, sino un subproducto. Eso, para quien haga números, lo cambia casi todo.

Su tesis es bastante directa: si una empresa de insectos nace pensando como una startup de proteína alternativa, lo tiene cuesta arriba. Pero si se coloca dentro del sistema de residuos, cobra por recibir el material orgánico y convierte la proteína en un extra, la cosa empieza a cuadrar. La clave, según Kotch, está en que el negocio se parezca más a una infraestructura de tratamiento que a una explotación de alimentación animal.

El propio Kotch lo resume con una comparación muy gráfica: las larvas deberían entenderse como las bacterias de un digestor anaerobio, es decir, como una pieza biológica que procesa residuos. No como ganado. No como una línea más de producción de alimentos. Esa diferencia semántica, dice, también tiene consecuencias regulatorias, porque llamar a algo “insect farming” te mete de lleno en la casilla de la ganadería, con sus normas y sus peajes.

China, el espejo que ha obligado a girar el volante

El gran punto de inflexión para Kotch fue su experiencia en China, un país que él describe como la referencia a la hora de montar sistemas basados en insectos. Allí vio, según cuenta, una combinación que en otros mercados no encuentra tan fácilmente: costes de mano de obra y electricidad más bajos, apoyo público y una cadena de suministro ya armada para escalar. Su conclusión fue que el sector solo funciona de verdad cuando economía, política e infraestructura reman en la misma dirección.

Lo que más le impresionó no fue un laboratorio futurista ni una promesa tecnológica, sino la coordinación del conjunto. En China, explica, hay criadores a escala nacional que producen larvas y gestores de residuos que se ocupan únicamente del procesamiento. Si hace falta un volumen concreto, se pide y llega. Sin demasiadas vueltas. Sin improvisación. Y eso, en un negocio que necesita continuidad, es oro puro.

También apunta a otro factor que no conviene perder de vista: en China, el empuje hacia la proteína de insecto responde a preocupaciones serias de seguridad alimentaria. En Europa, en cambio, esa urgencia no existe en la misma medida. Y cuando no hay presión estratégica, convencer al mercado de pagar más por una proteína nueva se vuelve mucho más complicado. Vender insecto a tres veces el precio de la harina de pescado, dice Kotch, simplemente no cierra.

La cuenta sale solo si entra el residuo

De ahí que FlyBox haya decidido reencuadrar su actividad. La compañía asume que la edad de oro de los proyectos financiados como si fueran pura proteína ha terminado, o al menos eso cree su fundador. La fórmula que propone es otra: colocarse al lado de las empresas de gestión de residuos, recibir el orgánico, tratarlo y hacer que el valor proteico aparezca casi como una derivada del proceso. Es una lógica menos vistosa, sí, pero mucho más aterrizada.

En Europa, Kotch cree que el terreno no está precisamente despejado. Según su lectura, el continente ha favorecido la digestión anaerobia como tecnología preferente para ciertos flujos de residuos, con ayudas y un marco regulatorio que hace muy difícil competir. A eso suma el efecto colateral de las restricciones para quienes quieren mover residuos orgánicos fuera del vertedero, una presión que está disparando el precio del tratamiento. Cuando la capacidad de gestión no acompaña al volumen de residuo, el mercado se recalienta.

Y ahí es donde FlyBox ve una rendija. La empresa afirma que toda su cartera actual para este año se está moviendo en torno a compañías de gestión de residuos, sin excepción, con un proyecto en el Golfo que debería terminarse en octubre y varias iniciativas en Europa dentro del mismo ámbito. El mensaje es claro: el futuro inmediato de la compañía pasa por vender soluciones a quien ya vive de tratar residuos, no a quien busca un ingrediente más para piensos.

La tecnología que intenta ahorrar energía por el camino

La otra pata de esta historia se llama Fortress, el sistema de segunda generación que FlyBox ha desarrollado durante el último año. La idea es manejar entradas de residuos variables, algo nada menor si el negocio consiste justo en comerse lo que otros desechan. En vez de pedir materia prima uniforme y dócil, el sistema se prepara para convivir con cambios en la composición del residuo.

Lo más llamativo es que Fortress aprovecha el calor metabólico que generan las larvas. Traducido a lenguaje llano: los insectos, cuando crecen, se calientan bastante, y ese calor puede reutilizarse para ayudar a los más jóvenes en las primeras fases, cuando sí necesitan temperatura. Si se recircula ese calor interno, la empresa dice que puede reducir de forma notable el gasto energético.

La arquitectura del sistema está pensada para eso. Las larvas más jóvenes se colocan por encima de las más viejas, de modo que el calor generado en las etapas avanzadas sirva de apoyo al arranque del ciclo. Es una solución sencilla en apariencia, pero muy interesante en términos de eficiencia. Menos climatización. Menos energía. Más margen para un negocio que vive, precisamente, de ajustar los costes al milímetro.

Kotch asegura que este cambio de enfoque llega después de rozar el famoso “valle de la muerte”, esa fase en la que muchas tecnologías prometedoras se quedan sin combustible antes de demostrar que pueden ser rentables. Ahora se muestra más optimista que nunca. Y lo dice alguien que, hace apenas un año, llegó a plantearse si debía dedicarse a otra cosa.

La sensación que deja su diagnóstico es bastante clara: el sector de los insectos no está muriendo, pero sí está mudando de piel. Ya no quiere venderse como una rareza alimentaria ni como la gran revolución de la proteína. Quiere entrar por la puerta de atrás, la menos glamourosa pero quizá la más sólida: la de la gestión de residuos. Habrá que ver si esa es la puerta buena y, sobre todo, cuánto tarda en abrirse de verdad.

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