AI Maps detecta hotspots y SLIMERS entra en su fase final con 2,6 millones sobre la mesa

A veces la revolución del campo no llega con una maquinaria ruidosa ni con un invento de escaparate, sino con algo mucho más incómodo: admitir que se estaba tratando todo el terreno cuando el problema solo estaba en unos pocos puntos. Eso es justo lo que busca cambiar SLIMERS, un proyecto de 2,6 millones de libras que entra en su recta final con una idea bastante clara: dejar de disparar a ciegas contra las babosas y empezar a atacar solo donde de verdad hacen daño.

La propuesta no es pequeña. Más de 100 explotaciones agrícolas están metidas en la prueba, con siete socios trabajando bajo el paraguas de la British On-Farm Innovation Network, BOFIN, la Red Británica de Innovación en Finca. El plan está financiado por el Farming Innovation Programme de Defra y ejecutado por Innovate UK. Y sí, la ambición es grande: usar mapas de riesgo, inteligencia artificial y tratamientos selectivos para cambiar la forma en que se controlan las babosas en la agricultura británica.

El mapa que señala dónde aprieta el problema

La parte más llamativa del proyecto viene de Harper Adams University, donde aseguran haber dado con un modelo capaz de predecir en qué zonas de una parcela es más probable que se concentren las babosas. No hablamos de una corazonada con buena prensa, sino de un sistema alimentado con dos años de datos de seguimiento generados por los propios agricultores, además de cartografía y análisis detallados del suelo.

El resultado son esas zonas calientes, pequeños parches dentro del campo donde la actividad del molusco se dispara. La clave está en localizar el problema con precisión, no en cubrirlo todo por sistema. Keith Walters, que lidera este trabajo, explicó que ya sabían desde hace tiempo que las babosas se agrupan por manchas, pero no tenían tan claro qué factores las provocaban ni cómo detectar esos puntos con fiabilidad.

Ahora el equipo dice tener esa pieza del puzle y quiere convertirla en mapas de riesgo muy concretos. Durante 2025 y 2026, los agricultores participantes tratarán solo los focos previstos para afinar el modelo. El objetivo es sencillo de decir y difícil de lograr: que la gestión de plagas deje de ser un tiro al aire y se acerque a una precisión de verdad útil en campo.

La IA entra al barro, y también a la noche

Mientras el modelo predictivo va ganando forma, otros socios del proyecto están poniendo la tecnología a mirar donde antes apenas se podía mirar. UK Agri-Tech Centre, Fotenix y Farmscan Ag trabajan en sistemas de detección con IA y en métodos de control biológico. En el caso de Fotenix, la apuesta pasa por identificar babosas en la parcela mediante imágenes multiespectrales con apoyo de inteligencia artificial.

El reto, claro, no es solo verlas, sino enseñarle a la máquina a reconocerlas. Charles Veys, consejero delegado de Fotenix, resumió esa fase con una frase bastante gráfica: primero hay que poner a las babosas “en la mira” de la IA. Para eso han tenido que recopilar muchísimos datos, a menudo de noche, cuando el animal está más activo.

Dr Kerry McDonald-Howard, investigadora del UK Agri-Tech Centre, ha estado reuniendo imágenes tanto en laboratorio como en explotaciones agrícolas para construir una firma espectral fiable de la plaga. La meta es detectar en la propia parcela y no después, y enlazar esa detección con aplicaciones de control biológico, sobre todo nematodos, para intervenir justo donde toca. Hace unos años esto sonaba a laboratorio futurista; hoy ya se está probando sobre el terreno.

Máquinas finas como una aguja, no como una manta

La tercera pata del proyecto es casi tan importante como las otras dos, porque de poco sirve detectar el foco si luego el tratamiento sigue siendo tosco. Ahí entra Farmscan Ag, que está desarrollando el equipo necesario para llevar esa precisión al terreno físico. Su objetivo es un sistema autónomo capaz de trabajar con anchuras de pulverización ultraestrechas.

Callum Chalmers, director de la empresa, explicó que buscan llegar a 25 centímetros o menos, lo que implicaría cuatro boquillas por metro. No es un detalle menor. Es, de hecho, el tipo de ajuste que marca la diferencia entre tratar una parcela entera “por si acaso” o aplicar justo en la franja donde el problema está vivo y coleando.

Las primeras pruebas están previstas para finales de 2025 y las pruebas en campo más amplias llegarían a comienzos de 2026, ya en la última temporada del proyecto. La ingeniería aquí no busca deslumbrar, busca encajar. Y en agricultura, cuando algo encaja de verdad, se nota en producto, en costes y también en la paciencia del agricultor.

Entre los participantes ya hay quien ha visto con sus propios ojos que el control tradicional se queda corto. Adam Hayward, agricultor de East Yorkshire, contó que el seguimiento mostró variaciones enormes en poblaciones de babosas incluso dentro de zonas muy pequeñas y de un día para otro. Su conclusión fue bastante directa: repartir pellets por todo el campo no parece la mejor idea.

Y ahí está la fotografía completa de SLIMERS: datos, mapas, sensores, biocontrol y maquinaria afinada para no sobreactuar. Tom Allen-Stevens, director general de BOFIN, sostiene que el proyecto busca ofrecer un servicio práctico y accesible para los agricultores del Reino Unido, con menos dependencia de pellets y menos coste para controlar una de las grandes plagas de los cultivos herbáceos.

El trasfondo también importa. La presión para reducir insumos químicos no afloja, y eso deja cada vez menos espacio para soluciones a granel. En cultivos de secano y regadío, donde cada euro y cada pasada cuentan, una herramienta así podría abrir una puerta interesante. Habrá que ver si la promesa aguanta cuando salga del ensayo y se mida en explotaciones reales. Nosotros, desde luego, estaremos atentos.

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