A veces lo más interesante en el agro no es una nueva máquina ni una ronda millonaria, sino el andamiaje invisible que permite que una empresa joven aguante viva el tiempo suficiente para crecer. Eso es justo lo que ha movido Reservoir con la compra de Contain, una operación con la que la incubadora y firma de capital riesgo quiere dar más oxígeno a start-ups que pasan del piloto a la etapa comercial.
La pieza que faltaba en el puzle
Reservoir no se ha limitado a sumar otra compañía a su cartera: ha incorporado una herramienta financiera pensada para resolver uno de los grandes cuellos de botella del sector, el acceso al capital. Contain lleva desde 2017 ayudando a productores de interior a financiar equipos con arrendamientos de 3 a 5 años, una fórmula que puede marcar la diferencia cuando una empresa todavía no tiene músculo para comprar de golpe.
La plataforma trabaja con 30 prestamistas y más de 70 proveedores de equipos, y además ofrece un mercado para comprar maquinaria de segunda mano destinada a explotaciones agrícolas de interior. Traducido al terreno real: no todo pasa por la ronda de inversión, y no todas las compañías pueden esperar a que llegue el gran cheque para seguir funcionando. Y ahí es donde Contain ha hecho su trabajo durante casi una década.
Nicola Kerslake, fundadora de Contain, explicó que la compañía ha trabajado con invernaderos y cultivadores en contenedor para acercarles deuda a bajo coste procedente de fuentes no tradicionales, como el programa Rural Business Investment Company administrado por el USDA, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos. La clave, según se desprende de la operación, está en abrir la puerta a capital que normalmente no entra en el circuito habitual de las start-ups.
De financiar equipos a sostener el crecimiento
La compra no cambia solo el escaparate de Reservoir; también refuerza su forma de ver el negocio. Kerslake pasará a formar parte de la firma como socia general, entrará en el comité de inversiones y se encargará del análisis de riesgos y de la diligencia debida, esa revisión detallada que se hace antes de invertir o cerrar una operación. Lleva más de una década moviéndose entre capital riesgo temprano y finanzas, con pasos por Newbean Capital, IBank California y SEI Investments.
Lo que más llama la atención es que Reservoir no está pensando únicamente en la próxima cosecha de start-ups, sino en el tipo de tecnología que quiere respaldar a medio plazo. Kerslake está ayudando a construir la tesis del segundo fondo de la firma, centrada en oportunidades de IA física, es decir, sistemas de inteligencia artificial encarnados en hardware que tiene que sobrevivir al mundo real: robots, máquinas inteligentes y equipos diseñados para campos y explotaciones, no para centros de datos.
Y ahí el terreno se pone serio. Porque ese hardware, incluso dentro del agro, exige mucho capital. Kerslake lo resumió con una idea bastante clara: demasiadas empresas prometedoras se ven obligadas a salir antes de tiempo por falta de financiación. Si se consigue alargar su margen de maniobra con algo más que capital riesgo puro, el camino puede cambiar bastante. Menos prisas, más recorrido. Suena simple, pero en este sector no lo es en absoluto.
El dinero no vive solo de las rondas
Danny Bernstein, fundador y consejero delegado de Reservoir, sostiene que esta adquisición encaja con su brazo de inversión y, sobre todo, con la necesidad de que las start-ups accedan a lo que él llama el “capital stack” más amplio, es decir, el conjunto de capas de financiación que en la práctica determina si una empresa despega o se queda a medio gas. Esa frase, tan de jerga financiera, esconde una realidad bastante terrenal: muchas compañías viven o mueren por cómo combinan sus fuentes de dinero.
Bernstein fue directo al grano al decir que cada empresa agtech, en cualquier segmento, necesita una estructura de capital mixta y resistente, y que casi nadie está construyendo la infraestructura para hacerlo posible. Contain, según él, lleva cerca de una década conectando compañías tecnológicas con prestamistas y montando justo ese mercado. Lo que Reservoir se lleva no es solo una cartera, sino experiencia, red y una forma distinta de sostener a sus participadas.
La jugada tiene sentido en un momento en el que el agro tecnológico necesita algo más que buenas ideas. Hace años, levantar una empresa de robótica para el campo o de maquinaria inteligente podía sonar a futurismo; hoy el reto ya no es imaginarlo, sino financiarlo sin quedarse sin aire antes de llegar al mercado. Y ojo, porque en cultivos intensivos, invernaderos o explotaciones con mucho equipamiento, esa diferencia entre pilotar y vender de verdad puede decidirlo casi todo.
Reservoir ha movido ficha con una idea bastante nítida: si quiere que las start-ups del sector duren más y lleguen más lejos, necesita algo más que capital riesgo tradicional. Habrá que ver hasta dónde llega esta apuesta, cuándo se traduce en resultados tangibles y qué empresas consiguen aprovecharla de verdad. La partida, desde luego, sigue abierta.
