Hay veces en que una tecnología deja de ser “prometedora” y empieza a comportarse como si ya hubiera encontrado casa. Eso es, más o menos, lo que está pasando con los biológicos en Brasil: el mercado tira, las empresas empujan y las startups están montando su estrategia alrededor de un país que se ha convertido en una prueba de fuego para todo el sector.
Así se puso sobre la mesa en el World Agri-Tech 2026 celebrado en São Paulo, donde varios nombres pesados del sector repasaron las oportunidades y también los dolores de cabeza que trae vender este tipo de soluciones en el granero latinoamericano. La idea de fondo es sencilla: Brasil se ha convertido en un escaparate enorme para demostrar si un biológico funciona de verdad. Y eso, en este negocio, vale oro.
Brasil no es un mercado más. Es el examen final
Francisco Jardim, socio director de SP Ventures, moderó una conversación con representantes de Corteva, Micropep e Invaio Sciences sobre el momento que viven los biológicos en el país. Y el tono fue bastante claro: aquí no basta con tener una buena historia comercial. Hay que aguantar el ritmo de un sistema agrícola muy dinámico, con múltiples cultivos y una presión constante por la resistencia.
Brooks Coetzee, socio del negocio de biológicos de Corteva, lo resumió con una idea que deja poco margen a la duda: Brasil es una puerta de entrada al mundo para los biológicos. La compañía, además, está metiendo dinero en la categoría en América Latina a través de su brazo de inversión, Corteva Catalyst, que ya ha apoyado a empresas como la argentina Puna Bio y la brasileña Symbiomics.
El motivo no es solo el tamaño del mercado, sino su complejidad. Brasil sirve como laboratorio a cielo abierto, sí, pero también como una especie de filtro brutal: si algo aguanta allí, gana credibilidad. Coetzee explicó que esa misma diversidad agrícola complica la ecuación, porque cada producto tiene que encajar en más variables de las que a veces se ven desde fuera. Y, aun así, la empresa considera que merece la pena insistir.
De hecho, puso un ejemplo bastante gráfico: para uno de sus productos estrella en Brasil, la compañía realizó más de 1.300 ensayos durante dos años antes de posicionar Utrisha. El resultado, según expuso, fue un retorno de casi el 200 % en soja y del 100 % en maíz. La lección es bastante terrenal: quien quiere jugar en este mercado tiene que quedarse, probar, volver a probar y aprender el terreno. No hay atajos.
Los péptidos se meten en la conversación. Y no vienen de excursión
Si los biológicos microbianos ya se han ganado un hueco en Brasil, ahora empieza a abrirse paso otra familia de soluciones: los péptidos. Hablamos de cadenas cortas de aminoácidos que pueden actuar como fungicidas o pesticidas, o ayudar a mejorar la salud de la planta. Suena técnico, pero la idea es bastante simple: buscar herramientas más específicas y, en teoría, más manejables dentro del campo.
Amy O’Shea, directora general de Invaio Sciences, explicó que la empresa trabaja con defensinas, una clase de péptidos antifúngicos biodegradables que no dejan residuo como sí ocurre con algunos sintéticos. Y aquí hay una diferencia que no es menor: la compañía no vende los péptidos como sustitutos de los biológicos, sino como una herramienta más. Una más, pero con su propio papel.
Invaio dio un paso importante este año al firmar una alianza estratégica con Fundecitrus, la organización brasileña de investigación y protección de los cítricos, para desarrollar productos basados en péptidos contra el greening de los cítricos, una enfermedad bacteriana que mata árboles y amarga el fruto. La apuesta tiene lógica dentro de una agricultura que necesita respuestas muy concretas a problemas muy concretos.
O’Shea insistió en que los agricultores no quieren un único milagro, sino varias opciones. Distintos modos de acción, sobre todo cuando se habla de fungicidas, para frenar la aparición de resistencias. Y añadió otro punto interesante: los péptidos podrían encajar mejor en prácticas agronómicas ya existentes, con una consistencia y una facilidad de uso que a veces cuesta más conseguir con soluciones microbianas. Dicho de forma llana: no todo es eficacia; también importa lo fácil que resulte usarlo.
La oportunidad está ahí. La adopción, ya es otra película
La francesa-estadounidense Micropep Technologies también ha puesto la mirada en esta misma dirección. La empresa desarrolla péptidos para uso agrícola y ya ha presentado su dossier para obtener aprobación regulatoria en Brasil y Paraguay. Además, abrió oficina en Estados Unidos en 2022, pero este año ha movido ficha de nuevo incorporando a su primer empleado brasileño para meterse de lleno en la región.
Mikael Courbot, director de tecnología de la compañía, reconoció durante la mesa redonda que la apuesta inicial pasaba por Estados Unidos como posible primer gran adoptante de tecnologías como los biocontroladores y los bioestimulantes. Pero esa idea se ha ido matizando con el tiempo. La adopción en el mercado estadounidense no ha sido tan fuerte como esperaban, admitió, y eso ha hecho que América Latina gane peso dentro de su estrategia.
El matiz importa porque dibuja un cambio de mapa bastante interesante. Hace unos años, muchas empresas miraban a EE. UU. como puerta natural para lanzar lo nuevo. Hoy, al menos en esta conversación, Brasil aparece con una energía distinta: más presión, más pruebas, más exigencia, pero también más hambre por soluciones que funcionen y se puedan integrar en la realidad del agricultor.
Y ahí está el gran mensaje que deja esta historia: los biológicos ya no están pidiendo permiso para entrar en Brasil, están compitiendo por quedarse. Entre microbial, péptidos, alianzas locales y una batería de ensayos que no da tregua, el país se está convirtiendo en el sitio donde muchas promesas tendrán que dejar de sonar bien y empezar a demostrarlo. Habrá que seguirlo de cerca, porque lo que se decida allí puede marcar mucho más que una campaña.
