Orbem usa MRI con IA para reducir el desperdicio alimentario y transformar la agricultura

A veces, la gran revolución no consiste en inventar algo desde cero, sino en mirar dentro de lo que siempre hemos dado por bueno… y descubrir que llevaba un fallo escondido. Eso es, precisamente, lo que promete Orbem: usar resonancia magnética e inteligencia artificial para ver qué pasa en el interior de alimentos como aguacates, mangos, sandías o huevos antes de que terminen en la basura o en la mesa equivocada.

La idea suena casi a truco de feria, pero la empresa alemana asegura que ya la está llevando al terreno industrial. Y ahí está la clave: no habla de un experimento de laboratorio, sino de una tecnología pensada para la cadena de producción. En enero cerró una ronda Serie B de 55,5 millones de euros para empujar su expansión en Estados Unidos y salir del mundo del pollo hacia fruta y verdura. La ambición, desde luego, no es pequeña.

Donde antes había un escáner, ahora hay una línea de producción

Orbem nació en Múnich como una empresa de tecnología profunda, de esas que mezclan inteligencia artificial e imagen para hacer cosas que hace años sonaban a ciencia ficción. Su CEO, Pedro Gómez, lo resume con una comparación que lo deja bastante claro: un escaneo tradicional puede tardar entre 20 y 25 minutos; ellos dicen haberlo rebajado a menos de un segundo.

Ese salto no sirve de mucho si no se puede meter en una fábrica. Por eso la compañía ha construido también el sistema de automatización que permite integrar la resonancia magnética en procesos industriales, ya sea en una incubadora o en una planta de procesado. La apuesta es llevar una tecnología típica del hospital a sitios donde nunca había entrado.

De momento, su punto de entrada ha sido el sector avícola. Desde enero de 2023 han escaneado más de 200 millones de huevos, una cifra que no solo impresiona por el volumen, sino por lo que les aporta: datos. Muchos datos. Gómez asegura que esa base es la mayor colección de imágenes de resonancia magnética del mundo, y que es precisamente lo que alimenta su inteligencia artificial.

La fruta ya no puede esconder lo que lleva dentro

Si el huevo fue la puerta de entrada, la fruta es el siguiente gran salto. Orbem trabaja con productos frescos como aguacates, sandías, mangos y otros alimentos en los que el ojo engaña más de lo que ayuda. Por fuera pueden parecer perfectos; por dentro, no tanto. Y ya sabemos cómo acaba eso: desperdicio, enfado y margen perdido.

La tecnología de la empresa busca clasificar cada pieza en tiempo real y responder a preguntas muy concretas: si está madura, si está rota, si la calidad es buena o mala, o si tiene problemas internos como ese corazón hueco que a veces aparece en las sandías. Lo que cambia aquí no es solo el control, sino el momento en que se hace.

Porque no es lo mismo detectar un aguacate malo en el supermercado, cuando ya no queda otra que tirarlo, que identificarlo en origen o durante el procesado. Ahí todavía puede tener utilidad para zumos, derivados o para separar calidades. Y, además, hay otra baza menos obvia: hay fruta perfectamente buena que acaba en procesos industriales solo porque por fuera no luce como debería. Si la tecnología permite enseñar lo que hay dentro, el negocio cambia de cara.

Más que ver, entender la biología

Gómez insiste en que esto no va solo de medir calidad. Va de comprender biología. Pone como ejemplo la detección del sexo de un huevo, algo que para la empresa también entra en esa lógica de clasificación biológica. En fruta fresca, explica, la biología se traduce en calidad: la composición bioquímica de un aguacate acaba reflejándose en cómo se ve la pulpa.

La parte interesante llega cuando esa lectura del interior se cruza con otros datos: información del campo, de producción, de manejo. Ahí la tecnología deja de ser un simple filtro y pasa a convertirse en una herramienta de inteligencia. No se trata solo de saber si una pieza es buena o mala; se trata de empezar a entender por qué una partida sale distinta de otra.

En ese punto, la compañía distingue entre la inteligencia de una muestra individual y la inteligencia de una población completa. La primera sirve para decidir qué hacer con ese aguacate concreto. La segunda ayuda a responder preguntas más amplias: por qué una parcela produce fruta distinta, qué explica que un lote tenga otro comportamiento, o por qué una parte del cultivo aparece con determinada característica. Y eso, para quien trabaja con producción a gran escala, no es poca cosa.

La jugada grande: dominar el campo antes de mirar al hospital

Puede sorprender que una empresa con esta tecnología no haya ido directamente a la salud humana. Pero Gómez lo explica con dos razones bastante terrenales: impacto y madurez tecnológica. En alimentos, dice, el desperdicio es gigantesco y el potencial de mejora también. Entre tirar comida, reducir emisiones y sacar rendimiento a lo que hoy se da por perdido, hay mucho terreno por recorrer.

La otra razón es técnica. La empresa viene del mundo clínico —neurociencia, tumores cerebrales, esclerosis múltiple—, pero asegura que la tecnología aún no estaba lista para el tipo de despliegue que buscaban. En alimentación, en cambio, el entorno les permite validar el sistema a gran escala y recoger datos a un ritmo que sería imposible en un contexto médico, mucho más restringido.

Y aquí está el giro de fondo: Orbem ve el alimento como la antesala de algo mayor. Si la resonancia magnética puede detectar daño en una sandía o un aguacate, ese mismo principio puede servir para estudiar tejidos humanos más adelante. La empresa quiere convertirse, en sus palabras, en una compañía de inteligencia para alimentación y salud. Primero fruta y huevos; después, quién sabe hasta dónde.

Por ahora, la compañía dice contar con 200 empleados, clientes en ocho países y un crecimiento de ingresos superior al 100% en cada uno de los dos últimos años desde su lanzamiento en 2023. Este año también ha arrancado con JimboFresh en España, uno de los grandes productores de sandía en Europa. Y sí, la partida se pone interesante.

Orbem compite con otros sensores y sistemas de medición, como los hiperespectrales o los ópticos, aunque su carta de presentación es otra: ver cada detalle del interior. La resonancia magnética existe desde los años 80, así que la novedad no está en la técnica en sí, sino en haberla hecho lo bastante rápida, barata y escalable como para meterla en una línea industrial.

Hace años esto era casi una extravagancia de laboratorio. Hoy ya es una apuesta de negocio con millones encima de la mesa. Habrá que ver si consigue convertir esa promesa en estándar de la industria, y a qué ritmo lo hace. Nosotros, desde luego, no le quitaríamos el ojo.

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