A veces lo más llamativo no es inventar algo nuevo, sino rescatar un material de siempre y hacerlo trabajar mejor. Eso es justo lo que está intentando InVivo Ag con su próximo producto a base de zeolita: una solución que promete recortar un 30% el uso de nitrógeno y que llega en un momento en el que el campo aprieta los dientes por el precio de los fertilizantes, la presión ambiental y la obsesión, cada vez más urgente, por exprimir cada kilo de nutriente.
La compañía francesa quiere lanzar este producto al mercado la próxima primavera y, si cumple lo que dice, podría convertirse en una de esas rarezas que llaman la atención por algo más que por la etiqueta de “bio”. Laurent Martel, consejero delegado de InVivo Ag, asegura que aquí hay algo distinto: no un reclamo difuso, sino un modo de acción que dice conocer con base científica. Y eso, en un sector acostumbrado a promesas grandilocuentes, ya suena bastante menos habitual de lo que parece.
Un mineral viejo, una presentación nueva
La base del producto no es precisamente futurista. La zeolita es un mineral volcánico natural que lleva siglos usándose en agricultura. Lo que ha cambiado no es el ingrediente en sí, sino la forma de trabajarlo: InVivo ha reducido el material a un tamaño de partícula extremadamente pequeño para mejorar su eficacia. Ahí está la jugada.
Martel explica que ese salto técnico venía acompañado de un problema muy terrenal, muy de explotación agrícola: cuando el producto se convertía en polvo, manejarlo no era precisamente cómodo. Y el polvo, ya se sabe, no enamora a nadie en el campo. La empresa dice haber encontrado una manera de solubilizarlo en una formulación líquida, mucho más fácil de aplicar para los agricultores.
“Si lo haces extremadamente pequeño, funciona mejor”, vendría a ser la lógica de fondo. Pero hay un matiz que lo cambia todo: mejor no significa más incómodo. Al llevarlo a formato líquido, InVivo pretende quitarle al productor uno de los grandes frenos de cualquier innovación agrícola, que no es la teoría, sino el uso diario en la parcela.
El nitrógeno está caro. Y además mira mal
La propuesta aterriza en un contexto bastante claro: el nitrógeno sigue siendo uno de los mayores costes para muchos agricultores, y no solo eso, también carga con una mochila ambiental cada vez más pesada. La contaminación por escorrentía y los problemas asociados a la calidad del agua han puesto el foco sobre este insumo clásico del campo moderno.
Martel lo resumió con una frase bastante directa: el nitrógeno es caro, cuesta conseguirlo y además contamina. Por eso, según su lectura, el nuevo producto encaja casi demasiado bien en el momento actual. La empresa habla de ahorrar un 30% de aplicación de nitrógeno, una cifra que, de confirmarse en condiciones reales, puede pesar mucho en cultivos de alto consumo y en campañas donde cada cuenta importa.
De momento, InVivo está levantando una planta de producción para fabricar este producto. Las instalaciones deberían estar listas antes de que acabe el año, con la vista puesta en una salida comercial prevista para la próxima primavera. Vamos, que la idea ya no está solo en fase de laboratorio ni de presentación bonita: la empresa se ha metido de lleno en la industrialización.
El sector bio quiere crédito, no humo
La parte más incómoda del asunto está en el propio mercado. Los productos biológicos llevan años ganando interés, pero la adopción real avanza más despacio de lo que muchos imaginaban. Martel incluso apunta a una cierta desaceleración. Y el problema, según él, no es solo comercial: es de confianza.
Su diagnóstico es bastante crudo. Dice que nunca ha visto un producto biológico u orgánico que sea al mismo tiempo más barato, más eficiente y más fácil de usar que un insumo mineral tradicional. Al revés: suelen salir más caros, dar más trabajo y rendir menos. Eso genera frustración en la puerta de la explotación, justo donde las ideas bonitas se estrellan contra la realidad del cuaderno de campo.
Y luego está el otro elefante en la habitación: las promesas infladas. Martel critica que demasiadas empresas vendan sus biológicos con afirmaciones exageradas, algo que termina erosionando la credibilidad de todo el sector. Lo dice sin rodeos: asociar automáticamente “biológico” con bueno, o “no biológico” con malo, es un error. Y, de paso, una trampa de marketing que puede salir cara.
Por eso InVivo quiere esquivar la etiqueta de biostimulante, un término que, según Martel, ha perdido peso entre los agricultores europeos. Su apuesta es otra: hablar de un producto con un modo de acción entendido científicamente, no de una promesa genérica. “Biostimulant is snake oil now in Europe”, llegó a decir, dejando claro que en este negocio la credibilidad vale casi tanto como el rendimiento.
Aun así, la compañía no reniega de los biológicos. Más bien al contrario: quiere que funcionen de verdad. Si algún día uno de estos productos hace el trabajo igual de bien o mejor que un mineral, Martel lo ve como un buen trato. Y ahí está la cuestión que vamos a seguir de cerca: habrá que ver si esta zeolita líquida cumple fuera del discurso y cuánto tarda en demostrarlo de verdad en la parcela.
