BioMarin frena la fiebre de la IA en biológicos: la educación sigue siendo su mayor cuello de botella

A veces lo más interesante no es la nueva molécula, sino el cambio de mentalidad que obliga a hacer. Y eso es justo lo que está pasando con los biológicos: la ciencia ya ha corrido mucho, pero ahora el gran muro no está en el laboratorio, sino en el campo, donde todavía toca convencer, formar y ganar confianza explotaciones por explotación.

Durante años, el sector ha ido sumando microorganismos, ajustando formulaciones y demostrando eficacia en ensayos de campo. Pero el siguiente salto no depende tanto de inventar algo nuevo como de lograr que el agricultor lo adopte de verdad. “La tecnología ya está ahí”, resume Sandeepa Kanitkar, fundadora y directora general de Kan Biosys y presidenta de la Biological Agri Solutions Association of India (BASAI, por sus siglas en inglés), para dejar claro dónde está ahora la batalla.

Su lectura es ambiciosa: cree que los biológicos acabarán ocupando alrededor del 40% de la caja de herramientas del agricultor, entre salud del suelo, nutrición vegetal y protección de cultivos. Y no solo en cultivos de alto valor. La idea es que también terminen metiéndose en cultivos extensivos y en los de hilera. Vamos, que la cosa no se quedaría en un nicho bonito para unos pocos.

El mercado ya no pelea solo con la ciencia

Lo que empuja ese cambio no es una moda, sino la sensación creciente de que los insumos convencionales no están rindiendo todo lo que deberían. Kanitkar pone el dedo en una herida muy concreta: se está usando mucho fertilizante, pero la eficiencia sigue lejos de lo ideal. Y cuando un input no se aprovecha bien, acaba en otro sitio.

Ese otro sitio suele ser bastante desagradable: lagos, océanos y procesos de eutrofización, es decir, exceso de nutrientes en el agua que desequilibra los ecosistemas. “Hay que utilizar los insumos al máximo”, viene a decir, porque si no, terminan contaminando donde no toca. No es un argumento romántico; es un problema de eficiencia y de impacto ambiental a la vez.

También desaparece, al menos en parte, una de las excusas habituales: el precio. Kanitkar recuerda que desarrollar un producto biológico suele costar menos que sacar un químico al mercado. Habla de unos 10 a 12 millones de dólares para un biológico, frente a unos 50 millones en India y entre 200 y 250 millones de dólares en el mundo occidental para un químico. La barrera, así, no es tanto de desarrollo como de adopción y recorrido comercial.

Y hay un cultivo que aparece como ejemplo incómodo: el arroz. La directiva lo describe como uno de los cultivos más contaminantes, especialmente en el sudeste asiático, donde se ha cultivado durante miles de años en las mismas tierras. El problema llega cuando se intenta seguir subiendo el rendimiento y la factura ambiental se dispara, con emisiones de gases de efecto invernadero cada vez más serias. La idea no es dejar de producir arroz, sino rebajar su huella de carbono. Ahí los biológicos pueden entrar a jugar.

El verdadero cuello de botella está en convencer al agricultor

Si los productos existen, ¿por qué no despegan más rápido? Porque, según Kanitkar, el gran trabajo está en la explicación, la formación y el acompañamiento. No basta con vender un microorganismo como alternativa sostenible a los insumos de siempre. Hay que demostrarle al agricultor, casi parcela a parcela, que le resuelve un problema real.

El camino más corto hacia la adopción suele pasar por el dolor. Si el producto encaja en una plaga o enfermedad que el agricultor ya tiene encima, la conversación cambia sola. Kanitkar pone como ejemplo el algodón, donde la entrada de nuevas tecnologías ha ido muchas veces de la mano de problemas de plagas y enfermedades. Cuando la necesidad aprieta, la receptividad crece. Y de repente el biológico deja de sonar a promesa y empieza a sonar a herramienta.

Esa lógica explica por qué el sector insiste tanto en el soporte agronómico. No estamos solo ante una cuestión de vender botes, sino de entender cuándo, cómo y para qué encajan. La tecnología está lista; lo que falta es traducirla a lenguaje de finca, de campaña y de resultado.

Microorganismos: mucha vida, poca pedagogía

Akshat Medakker, director de innovación de Kan Biosys, reconoce que el conocimiento sobre los microbiomas del suelo sigue siendo limitado. Y no poco: lo define como un saber muy esotérico, en manos de muy pocas personas. “No creo que la gente entienda la profundidad de lo importante que es”, dice, para dejar claro que aquí todavía hay bastante terreno por recorrer.

Su explicación va un paso más allá. Los microorganismos no hacen una sola cosa y ya está. Tienen funciones primarias y secundarias, y muchas veces esas funciones secundarias son las que abren la puerta a usos nuevos. Un microorganismo puede actuar como biofungicida natural contra hongos y, al mismo tiempo, secretar metabolitos que funcionan como promotores del crecimiento y mejoran la salud de la planta. Ese doble papel cambia bastante el juego.

El problema es que esa complejidad también abre la puerta a atajos. Cuando no se entiende bien la ciencia, aparecen productos mal planteados o directamente copiados sin criterio. Medakker critica a las empresas que ven a otra usar Bacillus y repiten la jugada sin saber qué hace exactamente ese microorganismo en ese caso concreto. El resultado suele ser un producto que no da resultados consistentes una vez comercializado. Y luego llega la desconfianza del agricultor, que es la peor herencia posible.

Kanitkar cree que ahí la regulación puede hacer de filtro y ayudar a separar ciencia de ruido. Recuerda que en India, cuando los bioestimulantes no estaban regulados, proliferaron decenas de compañías con propuestas muy parecidas. Con la llegada de las normas, muchas quedaron fuera de juego. La regulación, dice, está ayudando a depurar el mercado, aunque los biológicos no deberían medirse con la misma vara que los químicos sintéticos, porque muchos de ellos contienen organismos que ya existen en la naturaleza.

Lo interesante es que el sector no suena derrotado, sino más bien en plena transición. Hay más conocimiento, más control y más presión ambiental para buscar alternativas. Y eso suele ser la combinación que cambia un mercado de verdad. Habrá que ver cuándo termina de traducirse en adopción masiva, pero la pregunta ya no es si ocurrirá, sino a qué velocidad. Nosotros seguiremos atentos.

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