Uzbekistán apuesta por la epigenética para salvar sus cultivos y subir la productividad agrícola

A veces el futuro del campo no llega con una máquina enorme ni con una cosecha récord, sino con una idea casi incómoda: quizá no haga falta fabricar más “hierro”, sino entender mejor lo que ya tenemos. Eso es, al menos, lo que ha puesto sobre la mesa Uzbekistán, que quiere apoyarse en la epigenética para subir rendimientos y blindar su seguridad alimentaria.

La jugada no es menor. El ministro de Agricultura, Ibrahim Abdurahmanov, lanzó ese mensaje en Roma, durante la presentación del informe The State of Food Security and Nutrition in the World 2026, organizado por la FAO el 21 de julio. Y lo hizo con un argumento muy claro: el país necesita pasar de una agricultura centrada en hardware a otra que también invierta en software. Dicho de forma llana: menos obsesión con la pieza nueva y más foco en el conocimiento que hace rendir mejor a la pieza de siempre.

Uzbekistán ha alcanzado este año una producción récord de 10 millones de toneladas de trigo, y ese dato le sirve al ministro como punto de partida para hablar de una nueva etapa. No una etapa de propaganda, sino de replanteamiento. Porque si el país está creciendo rápido y la presión sobre el sistema alimentario aumenta, seguir haciendo más de lo mismo suena a receta vieja para un problema nuevo.

Del “hardware” al “software” del campo

Abdurahmanov, que antes de entrar en el Gobierno se formó como genetista, defendió que las semillas y las nuevas variedades son solo la parte visible del asunto. Él las llama hardware. El salto real, según su planteamiento, está en el software: genética, epigenética y conocimiento aplicado al cultivo.

Y aquí aparece la palabra clave. Para Uzbekistán, la epigenética no es una rareza de laboratorio, sino una herramienta con pinta de ser bastante práctica para producir más con menos coste. El ministro llegó a decir que “la genética más la epigenética” será el futuro de la agricultura uzbeka y de Asia Central. Suena ambicioso, sí, pero también muy alineado con una preocupación que cruza medio mundo rural: cómo sacar más rendimiento sin disparar el gasto ni exprimir más la tierra.

Su ejemplo para explicar la idea fue tan simple como llamativo. Según relató, parte del buen resultado del trigo se debió a refrigerar las semillas durante dos meses antes de la siembra. Lo describió como una tecnología de dormancia de semillas que, con el mismo fertilizante, la misma tierra y los mismos insumos, habría permitido obtener al menos una tonelada adicional por hectárea. “Nada más cambió”, vino a decir, “cero coste”. Y sí, suena casi demasiado limpio para ser verdad, pero precisamente por eso llama la atención.

Ese enfoque, trasladado a otras explotaciones agrícolas, abre una lógica bastante potente: no siempre hay que subir la dosis de todo; a veces el truco está en gestionar mejor el ciclo biológico. En un momento en que el regadío, los insumos y la eficiencia están en el centro de la conversación, la idea tiene algo de espejo incómodo para cualquier agricultor que lleve tiempo apretando números.

Menos pruebas eternas, más uso real

Abdurahmanov también dejó otra frase que pesa: cree que el sector ha invertido demasiado en proyectos de prueba de concepto y demasiado poco en financiación orientada al uso real. Traducido a lenguaje de campo: probar por probar no sirve si después la tecnología se queda cogiendo polvo en una estantería.

El ministro fue directo al reconocer que, cuando dirigió programas de innovación, apostó por ese tipo de pruebas y ahora piensa que fue un error. Su postura actual es clara: hay que financiar la adopción, no alargar la fase de demostración hasta el infinito. “No tenemos tiempo”, resumió. Y esa frase, más que una consigna, suena a aviso para navegantes en un sector que vive entre la urgencia climática, la presión de costes y la necesidad de resultados rápidos.

También defendió que el país y la región están revisando su hoja de ruta con apoyo de FAO e IFAD, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola. Según explicó, han detectado errores de etapas anteriores y ahora buscan corregirlos con más cuidado y estrategia. Nada de improvisar a ciegas. La idea es pasar de una “era de errores” a una revisión más inteligente de las políticas.

El mensaje de fondo es bastante nítido: si ya existe innovación útil, no tiene sentido eternizar los trámites hasta que llegue tarde. En agricultura, el calendario manda, la campaña no espera y la paciencia institucional no llena silos. Y eso lo entiende cualquiera que haya visto cómo una buena idea puede quedarse a medio camino por falta de impulso o por exceso de burocracia.

Una población que empuja y un modelo que se queda corto

Todo esto llega en un momento delicado para Uzbekistán. El país acaba de completar un censo nacional y supera ya los 39 millones de habitantes, una cifra que ha resultado más alta de lo esperado. A eso se suma que cada año nacen aproximadamente un millón de niños, lo que añade presión sobre la seguridad alimentaria y sobre una política agraria que, según el ministro, necesita otra marcha.

La ecuación es clara: más población, más demanda, más tensión sobre recursos naturales y más responsabilidad para el sistema agrícola. Abdurahmanov insistió en que tomar decisiones en este terreno es especialmente complejo porque afectan de forma directa a la vida de la gente. Y cuando la población crece tan deprisa, el margen de error se reduce todavía más.

Hasta ahora, la estrategia agraria uzbeka había sido esencialmente orientada al mercado, con un programa marcado hasta 2030. Pero el propio ministro admite que ya no basta. El país está revisando ese esquema para convertirlo en “One Plus”, una fórmula que él define como una nueva “Plus Era”: agricultura orientada al mercado, sí, pero también centrada en las personas.

La clave de esa nueva etapa es mantener la producción y el beneficio sin devorar el futuro. En palabras del ministro, se trata de producir, obtener rentabilidad y, al mismo tiempo, conservar los recursos naturales para las próximas generaciones. Dicho rápido: ganar hoy sin hipotecar mañana. Y esa, sinceramente, es una de esas ideas que suenan evidentes hasta que toca ponerlas en práctica.

Habrá que ver cuánto de esta apuesta por la epigenética acaba aterrizando de verdad en el terreno, y a qué ritmo se traduce en resultados. La conversación ya está abierta. Ahora falta ver si el campo responde.

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