A veces lo más interesante no es sembrar más, sino lograr que lo que ya se cultiva deje de quedarse en el limbo. Eso es, precisamente, lo que está intentando mover Telarasa en Indonesia: convertir la mandioca en un producto con más salida comercial y, de paso, darle una salida más estable a familias rurales que llevan generaciones trabajando la tierra sin que el negocio terminara de despegar.
En Siak, en la provincia de Riau, la mandioca ha formado parte de la vida doméstica durante años, pero el problema no estaba en el cultivo, sino en venderlo. Muchos pequeños agricultores se encontraban con compradores irregulares o directamente con cosechas sin colocar, una película bastante conocida en el campo cuando el acceso al mercado falla y el esfuerzo se queda a medias.
La pieza que faltaba no era la tierra, era el comprador
Wibowo Nugroho, fundador de Telarasa, pone el dedo en una de esas grietas que casi nunca salen en las conversaciones sobre agricultura sostenible: puedes trabajar la parcela con prácticas cuidadas y respetuosas, pero si no tienes a quién venderle el producto, el modelo se tambalea. Y ahí está el cuello de botella. No en la producción, sino en la conexión con el mercado.
La empresa nació para atacar justo ese problema. En lugar de comercializar la mandioca como materia prima sin más, la transforma en MOCAF, las siglas de modified cassava flour, una harina de mandioca modificada mediante fermentación y sin gluten. El salto es sencillo de entender: pasar de vender un cultivo a vender un ingrediente con más valor añadido.
Y eso cambia bastante el tablero. Telarasa cree que este enfoque le abre la puerta a mercados vinculados con la salud y el bienestar, donde los productos sin gluten y las materias primas de origen sostenible han ganado peso. Mientras tanto, en el terreno, el efecto ya se nota: al menos por ahora, la demanda está ayudando a crear una vía de ingresos menos errática para los agricultores con los que trabaja.
MOCAF suena raro, pero puede acabar en muchas mesas
El gran obstáculo, sin embargo, no es técnico. Es cultural y comercial. MOCAF sigue siendo un concepto poco familiar para muchos consumidores de la zona, y también para parte de las comunidades rurales que podrían beneficiarse de él. Dicho de otro modo: el producto existe, pero todavía falta que la gente lo entienda, lo pruebe y lo incorpore a su día a día.
Ahí Telarasa ha tenido que ponerse en modo pedagogía. La compañía está centrando parte de su trabajo en explicar tanto a productores como a consumidores qué puede hacer esta harina, cómo se usa y por qué puede ser una alternativa interesante frente a otros ingredientes. El reto no es solo fabricar MOCAF, sino convencer a todo el mundo de que merece un sitio en la cadena alimentaria.
Nugroho ve además margen de crecimiento fuera de Indonesia. La demanda de productos especializados y sin gluten sigue ensanchándose y, con ese viento a favor, la empresa ha puesto la vista en mercados como Singapur, donde busca socios de distribución y de fabricación para escalar la producción. La oportunidad está ahí, y la empresa no quiere dejarla pasar.
“En mercados como Singapur, el apetito por los alimentos especializados y sin gluten está creciendo rápidamente”, viene a decir su lectura del escenario. Y la idea es meter la mandioca indonesia en esa conversación, no como un ingrediente exótico, sino como una materia prima capaz de competir por calidad y por relato. Y ojo, porque eso en un mercado asiático cada vez más atento a la procedencia pesa bastante.
Una apuesta pequeña hoy, un ecosistema más grande mañana
Telarasa todavía está en una fase temprana, pero ya habla con ambición de escala. Su objetivo a medio y largo plazo pasa por trabajar con una red mucho mayor de agricultores, mover varias toneladas de productos de mandioca al mes y abrir hueco tanto dentro del país como en otros mercados internacionales.
La empresa insiste en que su idea de éxito no se mide solo en ventas. Quiere construir un ecosistema de mandioca más inclusivo, donde los productores tengan acceso directo al mercado, las familias rurales obtengan un beneficio económico más sostenible y el manejo ambiental siga marcando el paso de la expansión. Es una fórmula que intenta juntar negocio y territorio, sin que uno se coma al otro.
También hay una aspiración más concreta: ver Telarasa en los lineales de tiendas de Indonesia y, más adelante, en destinos como Singapur. Si lo consigue, la historia de una raíz cultivada durante generaciones en Siak habrá pasado de la venta irregular y el margen estrecho a una cadena de valor mucho más sólida. Habrá que ver si esa promesa se convierte en una realidad con volumen y precio, pero la dirección está clara. Y no pinta nada mal.