Alaska quiere convertir sus bosques de kelp en el próximo gran negocio agrícola: así nace su industria verde

A veces el futuro de un territorio no llega con una gran fábrica ni con un puerto nuevo, sino con algo mucho más simple: una planta que crece en el agua y que, de paso, puede sostener a comunidades enteras. Eso es lo que está pasando en Alaska con el kelp, el nombre inglés de un tipo de alga que se ha convertido en la nueva apuesta agrícola del estado: alimento, bioestimulante y hasta ingrediente nutracéutico, todo en uno. Y sí, detrás hay algo más que una moda verde: hay empleo, diversificación y una salida para zonas golpeadas por el retroceso de la pesca.

El negocio todavía es pequeño, pero ya enseña músculo. Alaska empezó a impulsar el cultivo comercial de kelp en torno a 2017 y emitió 90 permisos para explotaciones acuáticas; hoy funcionan unas 20. Aun así, la cosecha ya alcanzó 240.000 libras en 2025, por encima de las 155.000 de 2024, gracias a una mejor calidad de la semilla y a la puesta en marcha de dos incubadoras adicionales. Hace años era casi una curiosidad; ahora empieza a parecer una cadena productiva con cara y ojos.

El alga que quiere llenar el hueco de la pesca

La historia tiene lógica local. La pesca de Alaska ha sufrido varios golpes en los últimos años: subidas de costes, precios más flojos para todas las especies y, como resultado, pérdidas directas de 1.800 millones de dólares entre 2022 y 2023, además de 4.300 millones en pérdidas totales de producción en Estados Unidos. Con ese panorama, no extraña que más de uno mire al mar buscando otra vía.

Jason Lessard, director ejecutivo de la Alaska Mariculture Alliance, explica que el kelp encaja como un guante con la pesca porque trabaja en la otra mitad del calendario. El mensaje es fácil de entender: mientras una actividad baja la persiana, la otra la abre. El cultivo de kelp permite mantener trabajo oceánico durante todo el año, algo especialmente valioso para comunidades pequeñas donde cada campaña cuenta.

La ventana de trabajo también ayuda. La siembra se hace en octubre y la recogida, a principios de mayo, justo antes de que arranque la pesca de verano. En palabras de los propios productores, plantar tarde se puede hacer, pero el rendimiento ya no es el mismo. En el mar, como en el campo, el calendario manda.

Una cosecha pequeña, pero con clientes muy serios

Una de las zonas donde mejor se ve esta nueva realidad es Simpson Bay, donde Noble Ocean Farms cultiva sugar kelp y bull kelp para alimentación y para usos agrícolas. Allí trabajan Sean Den Adel y su mujer, Skye, en una explotación que ya ha encontrado compradores concretos y nada menores. Cascadia Seaweed, por ejemplo, compra 50.000 libras de kelp a Noble Ocean y a otras fincas de Craig, Kodiak y Prince of Wales para elaborar un biostimulante líquido.

Y aquí está una de las claves del negocio: el kelp no solo se vende como comida. También se usa como producto para mejorar la salud de los cultivos, una categoría que mueve mucho dinero. El mercado mundial de bioestimulantes a base de algas apunta a 1.876 millones de dólares en 2030, solo por detrás del de nutracéuticos, que se proyecta en 3.954 millones. Vamos, que el alga no quiere quedarse en la cocina.

Noble Ocean Farms también vende parte de su producción a Blue Dot Kitchen, que la utiliza en su marca de snacks Seacharrones. El kelp está encontrando hueco tanto en el plato como en la cadena agrícola, y eso le da una segunda vida comercial que no todas las materias primas pueden presumir de tener.

El truco no es crecer: es sacar el producto del agua

Si Alaska ha demostrado que puede cultivar kelp, el verdadero cuello de botella está después. Transportarlo y procesarlo sigue siendo el gran dolor de cabeza. Los agricultores marinos lo estabilizan químicamente para enviarlo “húmedo y pesado” en contenedores, o bien lo secan con sistemas que incluyen prensa de tornillo y secadores industriales. Noble Ocean Farms, además, prueba con el salado. Cada fórmula busca lo mismo: que el alga llegue en condiciones al comprador final.

Y luego está el combustible. Porque aquí no hay tractores, pero sí barcos, y cada salida al mar cuesta dinero. El alza del diésel aprieta igual que en cualquier explotación agrícola terrestre, y las fincas más cercanas al pueblo o al puerto parten con ventaja. Cuanto más lejos está la explotación, más caro sale cada visita al cultivo. Así de simple. Así de duro.

Lessard lo resume con una idea que vale oro para entender este sector: saben producir, pero aún están definiendo en qué estado debe salir el kelp para que el comprador lo quiera de verdad. Esa es la diferencia entre una promesa bonita y un negocio estable.

La semilla, el laboratorio y el dinero público

Para que una industria nueva funcione hacen falta barcos, sí, pero también ciencia. El Prince William Sound Science Center, en Cordova, investiga cómo cultivar mejor el kelp y mantiene una incubadora donde los productores recogen semillas. Allí trabajan sobre tejidos de sorus, que son las partes de la planta que liberan esporas, y los transforman en líneas de siembra para los agricultores marinos.

El centro produjo el año pasado 55.000 pies de línea de semilla de sugar, bull, ribbon y giant kelp. Y ojo con el detalle logístico: tener esa semilla en el propio pueblo reduce costes de envío y evita daños en el material vivo. En un cultivo como este, mover una espora mal puede traducirse en menos rendimiento después. La distancia también cosecha.

La industria del kelp y de las ostras en Alaska cuenta además con una ayuda de 49 millones de dólares procedente de un programa regional de impulso a la reconstrucción económica, obtenida en 2022. Ese dinero se reparte entre equipamiento y tecnología, un fondo rotatorio y formación de mano de obra, entre otras partidas. Pero Lessard ya pone los pies en la tierra: ni siquiera triplicando esa cifra estaría todo hecho. La pregunta, por tanto, no es si Alaska puede cultivar más kelp. La cuestión de verdad es cuándo logrará hacerlo a escala y con márgenes que aguanten. Habrá que seguir muy de cerca ese mar verde.

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