Brasil se juega el futuro de su agricultura: biofuel e infraestructura son la clave del salto de productividad

A veces el futuro del campo no se juega solo en la tierra, sino en lo que sale de ella cuando deja de venderse en bruto. Y eso, precisamente, es lo que está pasando en Brasil: el país sigue arrastrando problemas logísticos y tipos de interés muy altos, pero al mismo tiempo ha encontrado en los biocombustibles una vía para subir un peldaño en su cadena agroindustrial y, de paso, intentar resolver parte del atasco de una vez por todas.

La idea tiene un punto de paradoja muy brasileño: durante años, el país ha exportado materia prima; ahora quiere quedarse con más valor dentro de casa. Según Joao Morciani, analista senior de agricultura en Helios AI, ese giro es una de las pocas cosas que hoy une a derecha e izquierda en el escenario político brasileño. Y no parece un detalle menor. Si el campo sigue limitándose a plantar y vender grano sin transformar, el margen se queda corto. Si, en cambio, la producción sube un escalón y se convierte en energía, aceite o combustible, la foto cambia bastante.

El negocio que está empujando al campo hacia arriba

Brasil está viviendo un momento dulce en biocombustibles, espoleado por la demanda internacional y por reglas internas que le han dado más tracción al sector. El país es hoy el segundo mayor mercado de biocombustibles del mundo —sumando etanol y biodiésel— con 1.143 petajulios en 2024, por detrás de Estados Unidos, que alcanzó 1.917 petajulios.

Detrás de ese empuje está, cómo no, la agricultura. El 70% de la materia prima del biodiésel brasileño procede del aceite de soja. Y ese dato explica buena parte del movimiento que se está viendo en el mercado: ya no hablamos solo de cultivar, sino de transformar lo cultivado en un producto con más valor añadido. Hace años esto era casi una aspiración; hoy ya es una palanca industrial real.

Morciani contó además que han aparecido dinámicas nuevas, como el aceite de soja brasileño cotizando por encima del precio de Estados Unidos. No es un detalle menor, porque apunta a cambios estructurales en el funcionamiento interno del mercado. Y cuando una materia prima local se paga con prima, el mensaje es bastante claro: algo se está moviendo bajo la superficie.

En paralelo, el contexto internacional también está empujando. La búsqueda de fuentes de energía más diversificadas se ha acelerado en medio de la guerra en Irán y de la incertidumbre persistente en el estrecho de Ormuz. Mientras tanto, la Unión Europea trabaja en un marco posterior a 2030 para su directiva de energías renovables, y los productores brasileños están presionando para que se tenga en cuenta la singularidad de la agricultura tropical. El tablero, desde luego, no se está quieto.

La ley que quiere mover dinero, litros y emisiones

Si el mercado acompaña, la regulación ha terminado de empujar. Brasil ha aprobado el llamado Fuel of the Future, una norma que fija que la mezcla obligatoria de biodiésel debe alcanzar el 20% en 2030. Además, eleva el mínimo de mezcla de etanol desde una horquilla de entre el 18% y el 27,5% hasta otra de entre el 22% y el 35%.

El Gobierno brasileño calcula que la ley atraerá 260.000 millones de reales de inversión privada y evitará 750 millones de toneladas de CO2 hasta 2037. Son cifras de esas que marcan época, porque no solo hablan de combustible, sino de industria, infraestructura y política energética metida hasta la cocina en el campo. Y sí, aquí el mandato público lo es casi todo: como resumió Morciani, la gente no compra biocombustibles porque le apetezca, sino porque la administración lo exige.

Ese es el punto clave del negocio: la demanda no nace sola, la empuja la norma. Y cuando el consumo está respaldado por una obligación legal, el sector gana visibilidad, pero también dependencia del diseño regulatorio. O dicho de otra forma: el biocombustible no solo se cultiva, también se legisla.

Lo que más llama la atención es que este avance no llega en un vacío, sino en un país que todavía pelea con costes financieros muy duros. Ahí es donde el plan puede volverse más ambicioso de lo que parece sobre el papel. Si la agricultura brasileña quiere dejar de exportar solo soja, maíz o aceites en bruto, necesita una estructura capaz de absorber inversión y convertirla en valor industrial. Y esa es una batalla bastante más compleja que sembrar y esperar.

El freno que sigue apretando: carreteras, puertos y dinero caro

La otra cara de la historia es menos vistosa, pero igual de decisiva. Brasil sigue sufriendo sus viejos problemas logísticos, y el capital no está precisamente barato. Morciani situó los tipos de interés en torno al 14,25%, con una inflación de alrededor del 5% al 6%. Con un dinero así de caro, meter mano en infraestructuras deja de ser una decisión técnica y pasa a ser casi una prueba de resistencia.

En la última década el país ha invertido mucho en infraestructuras, pero el alto coste de financiación complica que los actores locales asuman el riesgo del endeudamiento. Por eso Brasil está mirando fuera, hacia capital extranjero y fondos soberanos, para mover proyectos que dentro resultan demasiado pesados. No es una solución elegante, pero sí pragmática. Cuando el crédito doméstico aprieta, hay que buscar otras llaves.

Ahí entran nombres como Mubadala, uno de los vehículos citados por Morciani, que ha invertido en un gran terminal portuario en el noreste de Brasil. También hay inversiones en ferrocarril procedentes de otros fondos soberanos, y el analista cree que esa tendencia seguirá. Tiene lógica: si el país quiere sacar más jugo a su agroindustria y a su negocio de biocombustibles, necesita mover mercancía mejor, más rápido y con menos fricción. Sin puertos, sin vías y sin músculo financiero, la promesa se queda coja.

Brasil, en el fondo, está tratando de resolver dos problemas a la vez: uno de competitividad y otro de escala. Y pocas veces esas dos cuentas se cruzan tan claramente. La pregunta ahora es hasta dónde llega esta apuesta y cuánto tardará en traducirse en una infraestructura capaz de acompañarla. Nosotros, desde luego, estaremos atentos.

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