A veces el gran salto no llega por inventar desde cero, sino por cambiar de enemigo. Y eso es justo lo que ha hecho BugBiome: la biotecnológica de Norwich ha conseguido una ayuda de Innovate UK durante 24 meses para meterse de lleno en uno de los dolores de cabeza más serios del cultivo de colza en el Reino Unido, el cabbage stem flea beetle (CSFB), el escarabajo pulga del tallo de la colza.
La compañía ha cerrado una subvención de 500.000 libras para un proyecto en colaboración con el John Innes Centre, la Universidad Harper Adams y Applied Insect Science. El objetivo es desarrollar un insecticida biológico nuevo contra esta plaga, que se ha convertido en una de las mayores amenazas para la producción de colza británica desde las restricciones a los tratamientos de semilla con neonicotinoides. Dicho en corto: el cultivo perdió una herramienta y ahora necesita otra. Y la están buscando.
BugBiome cambia de marcha y apunta a un enemigo más duro
Lo que más llama la atención de este movimiento es que BugBiome no se queda en su terreno habitual. Hasta ahora, la empresa trabajaba en una plataforma biológica pensada para pulgones, esos llamados “sucking pests” que chupan savia y, además, pueden transmitir virus. Ahora da el salto a otro tipo de plaga, los coleópteros, es decir, escarabajos y otros insectos de ese grupo.
No es un matiz menor. Cambiar de pulgones a escarabajos significa ampliar el alcance de su tecnología y probarla en un frente bastante más exigente. La compañía ya venía desarrollando un producto biológico para proteger cultivos como la patata y la remolacha azucarera, así que este nuevo programa le abre otra puerta. La apuesta ya no es solo defender cultivos de insectos chupadores, sino también entrar en el terreno de los que muerden y arrasan.
La CEO de BugBiome, la doctora Alicia Showering, ha reconocido que la empresa conoce bien la presión que sufren los agricultores para lograr que la colza arranque con fuerza. Y ahí está la clave de todo esto: si la planta no se establece bien al principio, la campaña se complica muchísimo después. A veces la batalla no se pierde en mayo ni en junio. Se pierde al principio.
Un proyecto de laboratorio, campo y mucha especialización
El trabajo no va a ir en solitario. BugBiome se ha rodeado de tres socios con perfiles muy concretos para atacar el problema desde varios ángulos. El John Innes Centre aportará material insecto procedente de colonias experimentales de CSFB y también apoyo en ensayos con plantas. En otras palabras, pondrá la materia prima biológica y parte de la validación.
Por su parte, el equipo del profesor Tom Pope, en la Universidad Harper Adams, se encargará de estudiar el comportamiento de los candidatos a producto. Y eso importa más de lo que parece, porque no basta con que un compuesto funcione sobre el papel: hay que ver cómo se comporta el insecto cuando entra en escena. Se mueve, evita, resiste, vuelve. Los detalles cuentan.
Applied Insect Science cerrará el círculo con su experiencia en ecotoxicología microbiana, una pata técnica pensada para allanar el camino hacia una futura aprobación regulatoria y la comercialización. La pieza regulatoria está desde ya en la mesa, no al final del camino. Y eso suele ser buena señal cuando hablamos de biopesticidas, porque muchas ideas prometedoras se quedan a medio recorrido si no se piensa en el mercado desde el principio.
La presión sobre la colza empuja a buscar salidas nuevas
Este proyecto llega en un momento muy sensible para el campo. Los agricultores trabajan con un arsenal de protección cada vez más reducido y, además, con más vigilancia sobre los fitosanitarios sintéticos. En ese escenario, la colza necesita soluciones que funcionen y que encajen en el nuevo marco. No vale solo con matar la plaga; hay que hacerlo de una forma que pueda sostenerse en el tiempo.
James Warner, director general de la cooperativa United Oilseeds, ha puesto voz a esa urgencia al recordar que la demanda de aceite de colza en el Reino Unido sigue siendo muy alta. Y si el CSFB no se controla, el resultado puede ser demoledor: pérdidas serias, e incluso fracaso total del cultivo. Cuando una plaga puede tumbar una parcela entera, el margen para improvisar se queda en nada.
En ese contexto, BugBiome también saca pecho de su decisión de instalarse el año pasado en Norwich Research Park. La empresa sostiene que tener más cerca la experiencia del John Innes Centre y del ecosistema agri-biotech de la zona le está ayudando a acelerar el desarrollo de productos biológicos para el control de plagas. Lo que hace unos años sonaba a idea de laboratorio, hoy ya se está moviendo hacia una salida comercial. Habrá que ver con qué velocidad y con qué resultados, pero el camino ya está trazado.
Y mientras tanto, la gran pregunta queda flotando: si esta plataforma logra funcionar contra el escarabajo pulga del tallo de la colza, BugBiome podría haber encontrado algo más que un proyecto puntual. Podría haber abierto una línea de negocio mucho más amplia. Nosotros, desde luego, seguiremos de cerca si esta promesa acaba aterrizando en el campo.
