Cibus Capital: de proyecto científico a plataforma escalable, así ve cómo la Physical AI cambia la inversión

A veces, cuando un sector parece que se ha roto del todo, lo que aparece después no es más pequeño, sino más serio. Eso es justo lo que está pasando en la agrotecnología: menos jugadores, más disciplina y un cambio brutal de mentalidad que deja atrás la fiesta del “crecer a cualquier precio”.

Archie Burgess, director de inversiones de Cibus Capital, resume este nuevo momento con una idea bastante cruda: el capital se ha puesto serio y, de paso, ha dejado fuera a buena parte de las start-ups que vivían de ronda en ronda sin un negocio que pudiera sostenerse solo. Lo que queda es una industria más castigada, sí, pero también más selectiva. Y eso importa porque ya no basta con tener una demo vistosa; ahora hay que enseñar tracción comercial de verdad.

El cambio ha sido tan fuerte que muchas compañías se han quedado en esa zona maldita que Burgess llama “el valle de la muerte”: tienen prototipos que funcionan, pero no el suficiente empuje comercial para convencer a nuevos inversores. Los que sobreviven, dice, comparten tres rasgos: números que cierran hoy, integración real en el trabajo diario de la explotación y fundadores que conocen el problema desde dentro. Nada de romance tecnológico. Aquí manda la factura.

La nueva lupa del dinero

Durante años, el sector agrotech vivió cómodo en una lógica bastante conocida en Silicon Valley: crecer rápido, gastar mucho y ya se verá cuándo llega la rentabilidad. Ese libro se ha cerrado. Ahora el mercado exige eficiencia de capital y señales claras de que el producto sirve para algo más que impresionar en una presentación.

La consecuencia es un cribado muy duro. Los inversores, escarmentados por apuestas tempranas que nunca llegaron a vender de verdad, prefieren esperar a ver un ajuste real entre producto y mercado antes de poner dinero encima de la mesa. Burgess lo pinta como una limpieza inevitable: menos ruido, menos humo y, al otro lado, compañías que quizá no reciben tanta atención como merecen.

La foto no es bonita para todos, pero sí más sana para el sector. Las empresas que sí avanzan son las que resuelven un problema concreto, se meten en el flujo de trabajo de la explotación sin obligarla a reinventarse y ofrecen una rentabilidad comprensible desde el primer día. Parece básico. Pero justo eso es lo que está separando a los que siguen vivos de los que se quedaron a medio camino.

La IA física ya no suena a ciencia ficción

En medio de este mercado más duro, una idea está ganando terreno con fuerza: la llamada “IA física”, esa mezcla de robótica, automatización e inteligencia artificial aplicada a tareas reales del campo. No hablamos de una promesa abstracta, sino de máquinas que ya pueden trabajar en operaciones agrícolas concretas.

El gran empujón, según Burgess, viene del mismo sitio de siempre: la mano de obra. Las explotaciones llevan años sufriendo falta de trabajadores, problemas de retención y salarios al alza. Lo que ha cambiado no es el dolor, sino la respuesta tecnológica. Hace unos años muchos robots eran casi un proyecto de laboratorio; hoy ya empiezan a parecer plataformas desplegables de verdad.

Ese salto está permitiendo que la automatización salga del piloto y entre en la operación diaria, sobre todo en tareas repetitivas o poco atractivas para cubrir con personal. Y ojo, porque ahí la oportunidad no es solo “sustituir personas por máquinas”, sino algo bastante más interesante: rediseñar cómo se trabaja en la explotación.

Primero ahorra, luego transforma

Burgess pone un ejemplo muy claro con 4AG Robotics, una empresa dedicada a la recolección de setas. En ese tipo de cultivo, la cosecha requiere muchísima mano de obra y puede representar alrededor del 40% de los costes de producción. Ahí el cálculo es fácil de entender: si la máquina te quita esa carga, el impacto en la cuenta de resultados se nota enseguida.

Pero el punto fino está más allá del ahorro inmediato. A medida que la robótica se integra mejor, cambia incluso la manera de pensar la cosecha. La máquina no solo tapa un hueco de personal; empieza a influir en la estrategia operativa. Y ese es el tipo de tecnología que más interesa a Cibus Capital: entra por la puerta del coste y acaba moviendo los cimientos del sistema.

Lo más llamativo es que este patrón se repite en las apuestas que les parecen más sólidas: retorno visible desde el primer día y potencial de cambio profundo cuando la adopción madura. Es decir, primero te convence la calculadora y luego te sorprende el alcance.

La barrera ya no es pensar, sino encajar

Si antes el gran obstáculo era que los robots no se adaptaban a los cambios del entorno, ahora la cosa ha mejorado bastante. La vieja robótica dependía de instrucciones rígidas: si variaba una condición, el sistema se venía abajo. Bastaba cambiar una variedad, una finca o una circunstancia concreta para que el invento dejara de servir.

Ahí es donde entra la nueva generación de modelos de IA, capaces de generalizar mejor entre entornos distintos. Empresas como Bonsai Robotics están construyendo sistemas que interpretan el mundo de forma más flexible, usando visión por ordenador para entender profundidad, escala y estructura en tiempo real. El resultado, según Burgess, es que la misma base tecnológica puede adaptarse a un uso nuevo en semanas, no en años.

Además, los costes de sensores y computación han bajado, y la IA en el borde —es decir, procesar datos directamente en el dispositivo, sin depender siempre de la nube— hace viable trabajar en la propia explotación y no desde un laboratorio remoto. La ecuación ha cambiado: ahora la tecnología es lo bastante buena, barata y accesible como para salir al barro.

El fallo clásico: enamorarse del problema equivocado

Pero que algo sea posible no significa que vaya a venderse solo. Burgess cree que muchas start-ups tropiezan por no entender de verdad qué necesita el agricultor. El error más común es obsesionarse con el problema más visible, no con el más caro. La cosecha de fruta llama mucho la atención, sí, pero otras tareas como el deshojado, el desbrotado o el siegado pueden mover mucho más dinero en la explotación.

También hay otro choque bastante habitual: subestimar lo conservador que es el campo cuando algo altera su rutina. Si el producto obliga a rediseñar el trabajo diario, mal asunto. Si exige demasiada sofisticación o no trae detrás un buen servicio de apoyo, peor todavía. Aquí no gana el invento más espectacular, sino el que entra sin romper nada.

La regla de oro es simple: el producto tiene que encajar en cómo ya funciona la explotación, no obligarla a empezar de cero. Eso vale para una finca de setas, para un cultivo intensivo o para cualquier operación donde el tiempo, la fiabilidad y el mantenimiento pesan más que la pirotecnia tecnológica.

Genética, suelo y robots: la terna que mira Cibus

Con ese filtro, Cibus Capital está orientando sus inversiones de capital riesgo hacia tres patas: genética, IA física y salud del suelo. La idea es que ahí está la próxima fase de creación de valor en agrotech, sobre todo si luego se acompaña con herramientas financieras que faciliten la adopción cuando los números ya estén demostrados.

En esa lógica encaja también Ecorobotix, otra de las compañías vinculadas a Cibus, cuya tecnología de pulverización de precisión puede reducir el uso de químicos hasta en un 95%. No es poca cosa. Porque aquí se cruzan dos beneficios en el mismo punto: menos coste para el agricultor y menos presión sobre el suelo y los insumos.

Y ahí está la tesis de fondo de Burgess: las mejores soluciones no solo arreglan una cuenta de resultados, también alivian tensiones del sistema alimentario. Cuando economía y sostenibilidad tiran en la misma dirección, el negocio huele mejor. Y suele durar más.

El problema, al menos en Reino Unido, es que el terreno de juego no siempre ayuda. Burgess lamenta que las normas sean muy restrictivas para lanzar sistemas autónomos y que la certificación tarde demasiado y resulte cara, algo que empuja a muchas start-ups a mirar antes a Estados Unidos. El talento está, las explotaciones están y el problema está. Falta que el entorno deje arrancar el motor.

Habrá que ver si este nuevo agrotech, más sobrio y más práctico, termina cambiando de verdad el campo o si solo deja unos cuantos supervivientes mejor armados. Nosotros, desde luego, seguiremos atentos.

Deja un comentario