La agricultura sostiene la alimentación global y el tejido socioeconómico de amplias zonas rurales. En un contexto de cambio climático, competencia por el agua y costes de insumos al alza, las recetas de sostenibilidad pasan de opción a necesidad. El Instituto de Agricultura Sostenible (IAS-CSIC), con sede en Córdoba, aprovecha el Día Mundial de la Agricultura para recordar que productividad y conservación deben ir de la mano en las explotaciones agrícolas.
Cada 9 de septiembre se conmemora el Día Mundial de la Agricultura, una efeméride que sirve para visibilizar el trabajo de agricultores, técnicos e investigadores en todo el mundo y para poner el foco en los retos del sector. La fecha llega con sequías recurrentes en la cuenca mediterránea, mercados volátiles y exigencias crecientes en trazabilidad y huella ambiental. El mensaje central: solo habrá seguridad alimentaria estable si el campo produce más con menos agua, menos presión sobre el suelo y un manejo integrado de plagas que minimice fitosanitarios y pérdidas.
El IAS-CSIC —centro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas especializado en agronomía mediterránea— subraya en esta jornada su apuesta por compatibilizar producción y conservación, con tres programas científicos: Agronomía, Mejora genética vegetal y Protección de cultivos. Según el instituto, actualmente hay en marcha más de 90 proyectos de investigación orientados a modelos agrícolas sostenibles, con transferencia directa al campo a través de guías técnicas y plataformas de cálculo para riego y fertilización. La prioridad: eficiencia hídrica, conservación de suelos, resiliencia genética y control sostenible de enfermedades.
Agua y suelo en el centro
En el mundo, alrededor del 70 % del agua dulce extraída se destina a la agricultura. En España, las estimaciones sitúan el uso agrario en torno al 80–82 % del total, con un peso del regadío que, aun representando cerca de una cuarta parte de la superficie cultivada, aporta más de la mitad del valor de la producción vegetal. Estos números explican por qué la eficiencia de cada gota de riego y la modernización de las comunidades de regantes son palancas críticas para la sostenibilidad del sistema agroalimentario.
El otro gran eje es el suelo. Su degradación por erosión reduce fertilidad, aumenta escorrentías y merma el rendimiento de los cultivos. España dispone de inventarios oficiales de erosión que permiten seguir la evolución y orientar medidas de conservación; diversos análisis divulgativos la sitúan en niveles preocupantes en terreno agrícola. La extensión de técnicas como la cobertura vegetal, las rotaciones y la agricultura de conservación —junto con el riego localizado y la fertirrigación bien ajustada— son herramientas probadas para frenar la pérdida de suelo y mejorar su estructura.
Tres programas con impacto
El programa de Agronomía del IAS aborda el manejo del agua en regadío, la hidrología agraria, la modelización de cultivos y la conservación de suelos, con especial atención a los sistemas mediterráneos. Esto incluye el uso de teledetección para programar riegos, la evaluación de estrategias de riego deficitario y la gestión de la erosión en parcelas de pendiente. En paralelo, se trabaja en agricultura de conservación para mejorar la infiltración, reducir laboreo y mantener carbono orgánico en el suelo, con efectos positivos en la resiliencia de las fincas.
En Mejora genética vegetal, el instituto concentra esfuerzos en cereales, leguminosas, cultivos oleaginosos y olivar. La finalidad es desarrollar material vegetal resistente a estreses bióticos —hongos, bacterias, nematodos— y abióticos —calor, sequía—, mejorar calidad y abrir el abanico de usos que demanda el mercado. La combinación de mejora clásica, marcadores moleculares y, cuando el marco regulatorio lo permite, edición genética, acelera la obtención de variedades adaptadas a escenarios climáticos más extremos.
El tercer pilar, Protección de cultivos, trabaja sobre diagnóstico y modelización de enfermedades emergentes, nematodos y flora arvense, integrando métodos de control sostenible en estrategias de manejo integrado de plagas (MIP). Este enfoque prioriza la prevención, el seguimiento y la toma de decisiones con base en riesgo, reduciendo tratamientos innecesarios y mejorando la eficacia de los fitosanitarios cuando son necesarios. Es una palanca para la competitividad de las explotaciones y para cumplir con exigencias de la UE en materia ambiental y de seguridad alimentaria.
Tecnología para regar mejor
El IAS-CSIC destaca el despliegue de teledetección, sensores en campo y algoritmos de inteligencia artificial para ajustar la dosis y el momento de riego por parcela. El objetivo es doble: ahorrar agua y energía sin penalizar rendimiento. Se avanza en modelos de simulación que incorporan datos meteorológicos, estado hídrico del suelo, fenología y disponibilidad de agua, de modo que el regante pueda priorizar sectores y programar turnos con antelación. La digitalización del riego no es un eslogan: son recomendaciones diarias más precisas y verificables, con trazabilidad de las decisiones y evaluación de ahorro conseguido al final de campaña.
Estos enfoques se conectan con la tendencia general del sector: congresos, proyectos autonómicos y consorcios universitarios están acelerando el uso de datos satelitales, modelos predictivos y plataformas de asesoramiento en fertirrigación. La agenda de modernización de regadíos incorpora, cada vez más, criterios de eficiencia hídrica y energética junto a la digitalización de compuertas y telecontrol. El aprendizaje es claro: la tecnología suma cuando llega como servicio acompañado de formación, soporte y validación agronómica.
De los laboratorios a la parcela
La nota del IAS incide en la transferencia: guías de manejo de suelo, riego y cultivo, además de plataformas que facilitan cálculos clave como dosis de abonado o equilibrio de nutrientes. Son herramientas con impacto inmediato en la explotación agrícola si se integran en el registro de campo y en la planificación de labores. La sostenibilidad gana cuando el conocimiento se empaqueta en soluciones operativas, fáciles de usar y con resultados medibles al final de la campaña.
Ejemplos prácticos: en un olivar de regadío, los modelos de riego deficitario controlado permiten ajustar el aporte en fases menos sensibles del cultivo y priorizar el agua en momentos críticos de cuajado o llenado del fruto; en leguminosas de secano, la selección de variedades tolerantes al calor y de ciclo adecuado ayuda a sortear olas de calor tardías; en cereales, la monitorización con índices de vegetación orienta pases de abonado nitrogenado evitando excesos. Son decisiones con coste: sensores, suscripciones, tiempo de aprendizaje. Por eso importa cuantificar retorno y compartir aprendizajes entre comunidades de regantes y cooperativas.
Los beneficios son claros: ahorro de agua y energía, menor huella de carbono por unidad de producto, reducción de pérdidas por estrés hídrico, mejora en estabilidad de rendimientos y calidad. En sanidad vegetal, menor presión selectiva y resistencia cruzada al aplicar MIP bien diseñado. En mejora genética, variedades más resilientes ante veranos más largos y primaveras más irregulares.
También hay límites. La incertidumbre climática complica la planificación y obliga a planes de contingencia —pozos de apoyo, reconfiguración de turnos— y a revisar con frecuencia los escenarios de riego. La inversión inicial en equipos de telelectura y plataformas digitales no siempre es asequible para explotaciones pequeñas; aquí la cooperación (SAT, cooperativas) y los servicios compartidos son clave. Y en suelos con erosión avanzada, recuperar estructura y materia orgánica requiere años de manejo cuidadoso y, a veces, cambios de cultivo o barbechos semillados.
El campo español ya está incorporando soluciones digitales y prácticas de conservación con resultados dispares según comarca, disponibilidad de agua y estructura productiva. La hoja de ruta del IAS-CSIC y de decenas de grupos en universidades y centros tecnológicos apunta a integrar datos (meteorología, sensores, imágenes satélite) en decisiones agronómicas y a continuar la mejora genética orientada a resiliencia. La prioridad no es tecnológica, sino de gestión: que cada explotación tenga un plan de agua y suelo, con indicadores y objetivos anuales verificables.
De aquí a la próxima campaña, las líneas de seguimiento son claras: medir el ahorro real de agua por hectárea derivado de la programación de riegos; evaluar la adopción de cobertura vegetal y su efecto en erosión y escorrentía; y extender el MIP con herramientas de diagnóstico rápido para plagas y patógenos emergentes. En paralelo, acelerar la transferencia con guías prácticas, calculadoras y formación aplicada para técnicos de campo. Producir y conservar a la vez no es un lema: es la condición para asegurar alimentos, renta agraria y recursos naturales en la España agrícola.








