A veces, lo que parece una idea redonda acaba chocando contra una pared bastante menos glamurrosa: la de los números. Eso es justo lo que ha vuelto a pasar con Goterra, la empresa australiana que apostó por convertir residuos orgánicos en proteína de insecto, y cuya caída ha vuelto a poner bajo la lupa si este negocio puede escalar de verdad sin romperse por el camino.
La compañía entró en administración voluntaria a comienzos de junio, después de no lograr nuevo capital. Y el golpe importa más allá de sus propias cuentas, porque Goterra era uno de los nombres fuertes del llamado modelo “waste-to-protein”: usar desechos orgánicos como alimento para insectos, sacar proteína de ahí y, de paso, cobrar por recibir ese residuo. El papel suena casi demasiado bien. La realidad, de momento, no tanto.
La idea era bonita. El residuo, no tanto.
El gran problema de estos sistemas está en la materia prima. Los residuos orgánicos no llegan limpios, uniformes ni previsibles, y eso complica todo lo demás: el crecimiento de los insectos, la calidad final del producto y, al final, la cuenta de resultados. La variabilidad del feedstock —el material con el que se alimenta a los insectos— es uno de los cuellos de botella más serios del sector.
Dustin Crummett, fundador y director ejecutivo del Insect Institute, apunta que alimentar a los insectos con materiales de bajo valor nutricional e irregulares puede elevar la mortalidad, alargar los ciclos de cría y dejar un producto inconsistente. Y no acaba ahí el lío: también existe el riesgo de contaminación, con presencia de metales, plásticos y hasta PFAS y microplásticos. Sí, el cóctel no invita precisamente al entusiasmo.
Algunas empresas han intentado compensar ese problema añadiendo materias primas de mejor calidad para estabilizar el resultado. Pero ahí aparece la trampa: si al final tienes que meter insumos más caros, la supuesta ventaja económica y ecológica del modelo pierde fuelle. Más calidad, sí; pero también más coste y menos magia narrativa.
Crummett lo resume con bastante escepticismo: duda de que vaya a ser posible producir pienso de insecto de alta calidad que compita en precio con el alimento animal masivo en el futuro previsible, especialmente en el Norte Global. Y eso deja al sector en una posición delicada, porque competir con soja o harina de pescado ya no parece un paseo.
Del sueño masivo al nicho premium
Ante ese muro, la industria empieza a moverse hacia otro terreno: menos volumen y más margen. En lugar de plantarse frente a los ingredientes básicos del mercado, varias empresas están intentando vender proteína de insecto como un complemento premium, con supuestos beneficios funcionales para la salud o el rendimiento animal.
La jugada tiene lógica sobre el papel, pero todavía le falta una pieza clave: pruebas sólidas. La promesa de “funciona mejor” no basta si no se demuestra que ese extra compensa el precio y la dificultad de usarlo. Y ahora mismo eso no está del todo claro.
El riesgo, según Crummett, es que el insecto acabe quedándose en un rincón pequeño del sistema alimentario, con poca capacidad de crecer y poca relevancia real para el conjunto del sector o para el medioambiente. Vamos, justo lo contrario de esa gran solución transformadora que muchos imaginaron hace unos años. Hace tiempo sonaba a revolución. Hoy, al menos para algunos inversores, suena a negocio que pide mucha paciencia.
Y ahí está la gran pregunta: si el producto se encarece para volverse más fiable, deja de ser masivo; si se abarata demasiado, pierde consistencia. Entre una cosa y otra, el modelo intenta no caerse. Pero el suelo está bastante más cerca de lo que parecía.
Goterra se hunde y arrastra más dudas
El caso de Goterra llega con números que no ayudan precisamente a vender optimismo. En su ejercicio fiscal de 2025, la empresa ingresó 1,2 millones de dólares australianos y gastó 14 millones. Además, recibió alrededor de 5,3 millones de dólares australianos en subvenciones públicas y otras ayudas. Aun así, se quedó sin recorrido.
Australia’s most-funded player in the space, que había levantado 25,2 millones de dólares, terminó entrando en administración voluntaria el 3 de junio de 2026. Entre sus inversores figuraban Grok Ventures, Tenacious Ventures, Rampersand, Investible y Giant Leap. No hablamos de una aventura improvisada, precisamente.
Su lista de clientes también daba empaque al proyecto: Melbourne Airport, Woolworths, el City of Sydney y el distrito Barangaroo de Lendlease. Pero tener grandes nombres al otro lado no garantiza que el modelo aguante cuando llega la factura. Y esa, al final, ha sido la gran losa.
Crummett cree que el discurso de que la empresa tenía un “buen modelo” no elimina la pregunta incómoda: si llevaba años operando y había recibido tanto apoyo, ¿por qué seguía necesitando más tiempo para llegar a la orilla? Lo normal sería que, a estas alturas, una startup ya estuviera acercándose a la rentabilidad.
La caída de Goterra es la quinta gran sacudida del sector en apenas un año, después de las liquidaciones o quiebras de Ÿnsect en Francia, Aspire Food Group en Canadá, Enorm Biofactory en Dinamarca y Agroloop en Hungría. Demasiadas grietas seguidas como para hablar solo de mala suerte. Habrá que ver si el sector aprende a tiempo o si todavía faltan más golpes para que cambie de verdad el relato.
