A veces, lo más interesante de la agricultura no es una nueva máquina ni una semilla milagrosa, sino algo mucho menos vistoso: el suelo. Y justo ahí es donde Soil Capital ha movido ficha con unos datos que apuntan a una idea bastante potente: las prácticas regenerativas no solo suenan bien, también podrían hacer que una explotación aguante mejor los golpes del clima.
La compañía ha presentado los primeros resultados de lo que describe como una base de datos europea inédita, construida con información verificada de 1.262 explotaciones agrícolas en Francia, repartidas sobre 331.600 hectáreas. Es una superficie enorme, más del doble de la de Gran Londres, y lo importante no es solo el tamaño, sino el nivel de detalle: prácticas agrícolas, rendimientos y estado del suelo, todo junto y con datos validados campo a campo.
Hasta ahora, buena parte de lo que se contaba sobre agricultura regenerativa descansaba en estudios pequeños o en modelos. Aquí la cosa cambia de escala. Y cuando cambia la escala, cambia también el tipo de conversación: ya no hablamos solo de sostenibilidad, sino de dinero, riesgo y producción real.
Cuando la sequía aprieta, unos aguantan mejor que otros
El dato que más ruido puede hacer es este: en las zonas más castigadas por la sequía de 2023, los rendimientos del cultivo principal cayeron un 22% en las explotaciones menos regenerativas, frente a un 8% en las más avanzadas en estas prácticas. Traducido a lenguaje llano: las fincas con manejo regenerativo perdieron aproximadamente tres veces menos producción.
Eso, en un año seco, no es un matiz. Es la diferencia entre sufrir un golpe duro y salir mucho mejor parado. Y ojo, porque el patrón no se queda en una foto aislada. En el conjunto de la base de datos, entre los cereales, 82 de las 96 regiones francesas vivieron una sequía significativa, y en alrededor del 85% de los casos las prácticas regenerativas redujeron las pérdidas de rendimiento ligadas a la sequía al menos un 10%.
Los resultados, además, siguen siendo estadísticamente significativos incluso cuando se ajustan variables como el tipo de suelo. Es decir, no parece un simple efecto del terreno o de la casualidad. La señal existe y, de momento, aguanta el análisis.
La resiliencia deja de sonar a eslogan
En Soil Capital interpretan estos hallazgos como un giro de fondo: la resiliencia deja de ser una palabra bonita para presentaciones y empieza a parecer una variable que se puede medir y gestionar. Andrew Voysey, director de impacto de la empresa, sostiene que por primera vez se pasa de la anécdota o la modelización a datos de campo verificados a gran escala capaces de mostrar cómo la agricultura regenerativa puede proteger la producción.
Su lectura va más allá del discurso ambiental. Lo que plantea es que esa resiliencia podría entenderse como un factor de riesgo financiero, algo que cuenta cuando una explotación o una cadena de suministro se enfrenta a estrés climático. Dicho de otro modo: no se trataría solo de “hacer lo correcto”, sino de reducir el impacto económico de una sequía cuando llega, que tarde o temprano llega.
Voysey añade que estos resultados sugieren que las prácticas regenerativas podrían recortar de forma material las pérdidas de rendimiento y de beneficio asociadas a episodios de estrés climático. La frase es ambiciosa, sí, pero los datos que la sostienen parecen bastante más sólidos que el típico eslogan verde.
Un laboratorio gigante para el campo y para las cuentas
La base de datos también ha despertado interés en el mundo académico. Erik Mathijs, responsable de economía agrícola, alimentaria y de recursos en KU Leuven y primer socio académico de Soil Capital, señala que el sector llevaba tiempo cojo de algo básico: información empírica robusta, a gran escala y durante varios años seguidos.
Y ahí está el valor diferencial. No hablamos de una parcela experimental ni de una simulación elegante, sino de datos de explotación real, cruzados en distintas geografías y campañas. Mathijs cree que esta colaboración servirá para convertir el hallazgo en modelos económicos más serios y en herramientas útiles para tomar decisiones.
La empresa quiere ahora transformar esos datos en métricas que sirvan a las compañías agroalimentarias a la hora de comprar, fijar precios o gestionar riesgos. La presión para extender la agricultura regenerativa por las cadenas de suministro va en aumento, y eso abre una pregunta incómoda: quién paga la transición y con qué incentivos.
La cuenta sale de otra manera
Soil Capital propone una respuesta bastante concreta. En lugar de depender de subvenciones, paga a los agricultores mediante un sistema de pago por resultados vinculado al carbono. La mecánica es sencilla de explicar y compleja de ejecutar: la explotación aplica prácticas regenerativas, como cultivos de cobertura o laboreo reducido, y cada año se mide su desempeño ambiental.
Si las mejoras verificadas en reducción de emisiones y carbono del suelo cumplen los criterios, se convierten en créditos de carbono. Esos créditos se venden a empresas que buscan recortar sus emisiones de alcance 3 —las generadas en la cadena de valor— y el ingreso se reparte con los agricultores. La idea es crear una fuente de ingresos ligada al resultado, no al discurso.
Ese esquema pretende premiar a quienes aportan servicios ecosistémicos medibles y, de paso, rebajar el riesgo de cambiar de modelo. No elimina el esfuerzo ni el coste de la transición, pero intenta que el salto no recaiga solo sobre el productor, que bastante tiene ya con el clima, los márgenes y la incertidumbre.
Todo esto llega, además, en un momento en el que 40 compañías globales de alimentación y agricultura —entre ellas Carlsberg, Diageo, FrieslandCampina y Mondelez— firmaron una declaración conjunta para acelerar la adopción de la agricultura regenerativa. La parte bonita ya la conocemos; la difícil sigue siendo la misma de siempre: financiarla.
Los resultados son todavía preliminares, pero abren una puerta bastante seria. Si se confirman a mayor escala, el debate sobre la agricultura regenerativa podría dejar de girar solo en torno al medio ambiente y entrar de lleno en el terreno que realmente mueve el sector: productividad, riesgo climático y rentabilidad. Y ahí sí que cambia todo. Habrá que ver cuándo aterriza de verdad, y a qué precio; nosotros estaremos atentos.
