Hay mapas que no se dibujan solo para mirar, sino para mover piezas. Y eso es justo lo que acaba de pasar con el ecosistema agtech de América Latina y el Caribe: por primera vez, un informe pone orden en un panorama que ya no es terreno de unos pocos, sino un tablero cada vez más lleno de startups, tecnología y ambición agrícola.
El gran nombre propio sigue siendo Brasil, que concentra la mayoría de las empresas emergentes del sector, pero la historia no termina ahí. El Radar Agtech LAC muestra que el empuje innovador ya salta fronteras y va dejando huella en varios países de la región, con diferencias muy marcadas entre unos ecosistemas y otros.
El trabajo ha sido elaborado por SP Ventures, el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), la empresa estatal brasileña de investigación agropecuaria Embrapa y Homo Ludens. Sus responsables fueron desgranando el informe en dos sesiones celebradas durante el encuentro World Agri-Tech São Paulo, el 23 de junio de 2026. Y el mensaje de fondo quedó bastante claro: la región tiene movimiento, pero no avanza al mismo ritmo en todas partes.
Brasil tira del carro, pero ya no va solo
Si uno mira la foto completa, Brasil aparece como el gran polo de atracción. De las 2.653 startups agtech analizadas en 23 países, 2.075 están en el Cono Sur, y Brasil representa la mayor parte de ese bloque, con un 86,3%. Dicho de otra forma: el país sigue siendo el gran imán del agrotech latinoamericano.
Detrás aparecen Argentina, con 158 startups, México con 108, Chile con 91 y Colombia con 79. No son cifras pequeñas, pero sí marcan una diferencia enorme con el peso brasileño. La región crece, aunque no lo hace en línea recta; hay países con ecosistemas bastante maduros y otros que todavía están empezando a construir su propio circuito de innovación.
Federico Bert, responsable de digitalización de sistemas agroalimentarios en el IICA, resumió esa brecha con bastante precisión: convive una fuerza innovadora potente con realidades muy distintas entre países. Y esa distancia entre unos y otros es, precisamente, una de las grandes claves del informe. Hace años, hablar de agtech regional podía sonar casi a promesa. Hoy ya es un mapa con cifras, nombres y nichos muy concretos.
La mayor parte del negocio mira al campo, no al escaparate
El análisis también deja una pista muy interesante sobre hacia dónde están apuntando estas empresas. La mayoría de las startups latinoamericanas se concentra en actividades on-farm, es decir, dentro de la explotación agrícola. Son 1.789 compañías enfocadas en resolver problemas directamente en el campo, en la parcela, en la gestión diaria de la producción.
Dentro de ese bloque, 768 startups trabajan en integraciones de sistemas, soluciones y plataformas de datos. Otras 254 se dedican a drones, maquinaria y equipos, mientras que 210 desarrollan sistemas de gestión para explotaciones y empresas. El mensaje es bastante nítido: la tecnología no quiere quedarse como adorno; quiere meterse de lleno en la operativa real, desde el dato hasta la máquina.
Lo que viene después también tiene su miga. En el lado pre-farm, es decir, antes de que el cultivo llegue al campo, se contabilizan 628 startups; y en el tramo post-farm, el que va después de la producción, hay 649. La cadena agroalimentaria, por tanto, está siendo atacada por todos los flancos, con una mezcla de soluciones biológicas y digitales que cada vez se entrelazan más.
Del fertilizante al marketplace: el negocio se reparte por todo el tablero
Si afinamos aún más, vemos que dentro del bloque pre-farm hay 427 startups centradas en fertilizantes, inoculantes y nutrición vegetal. Otras 66 trabajan en semillas, plantines y genómica vegetal, y 45 se mueven en crédito, trueque, seguros y créditos de carbono. La imagen que deja el informe es clara: antes de sembrar, ya hay toda una industria de servicios intentando dar soporte al cultivo.
En el otro extremo de la cadena, 186 startups se centran en alimentos innovadores y nuevas tendencias, 160 en biodiversidad y sostenibilidad, y 126 en mercados y plataformas de comercialización. No estamos hablando solo de producir más; también de vender mejor, de rastrear mejor y de conectar mejor cada eslabón. Y eso, en el agro, cambia mucho la partida.
Aurélio Martins Favarin, analista de ecosistemas de innovación en Embrapa, apuntó durante una de las mesas de debate que existe una relación entre la complejidad tecnológica y la madurez del ecosistema. Dicho de forma sencilla: cuanto más avanzado es el entorno, más sofisticadas suelen ser las soluciones. Además, la innovación está mezclando cada vez más el enfoque digital con el biológico, algo que ya se deja notar en muchas propuestas que buscan mejorar rendimiento, resiliencia y manejo.
Martins Favarin también quiso poner el foco en la utilidad práctica del radar: no se trata solo de contar startups, sino de detectar oportunidades de colaboración y empujar el crecimiento futuro. Y ahí está la jugada más interesante. Mapear es solo el primer paso; conectar es el verdadero reto. Porque una cosa es saber dónde está la energía y otra muy distinta hacer que circule.
Federico Bert remató la idea con una advertencia que sirve casi como hoja de ruta: la colaboración regional será crítica para lo que venga. El siguiente desafío ya no pasa solo por identificar innovación, sino por coser ecosistemas y acelerar alianzas entre países. Habrá que ver cuánto tarda ese puente en materializarse y qué actores se suben antes al tren.
Por ahora, la foto ya está tomada. Y no deja lugar a dudas: el agtech latinoamericano ya no es una promesa dispersa, sino un ecosistema que empieza a pedir conversaciones más serias, más coordinadas y, sobre todo, más rápidas. Nosotros estaremos atentos a cómo evoluciona este mapa, porque aquí aún queda mucha partida por jugar.
