A veces el susto no viene de algo nuevo, sino de lo que parecía controlado y vuelve a asomar la cabeza. Y eso es justo lo que ha pasado en Texas con el gusano barrenador del ganado —el New World screwworm—, un parásito que pone huevos en heridas de animales y que ya ha obligado a Estados Unidos a mover ficha con prisa.
La alarma se activó tras confirmarse un caso en un ternero de tres semanas el 3 de junio. Dos días después llegó otro positivo en otro ternero, luego un caso más en un ternero y el primero en un perro. Durante la rueda de prensa del 8 de junio se sumó un quinto caso, esta vez en una cabra del condado de Gillespie. La secuencia ha encendido todas las luces rojas en el campo texano.
Brooke Rollins, secretaria de Agricultura de Estados Unidos, compareció junto al gobernador de Texas, Greg Abbott, ganaderos y responsables del Departamento de Agricultura para explicar la respuesta federal y estatal. El mensaje fue claro: están tratando el brote como una amenaza seria, pero no como una condena para la cadena alimentaria. Rollins insistió en que se trata de una plaga, no de un virus ni de una enfermedad, y defendió que el suministro de alimentos sigue a salvo.
La plaga ha vuelto a poner nervioso al campo
El USDA ha delimitado una zona infestada de 20 kilómetros alrededor de los casos y está imponiendo controles de movimiento y vigilancia en ese perímetro. Traducido al lenguaje de una explotación ganadera: más seguimiento, más cautela y menos margen para mover animales a la ligera.
Texas, por su lado, ha pisado el acelerador. Abbott activó el uso completo de los recursos estatales para responder a la amenaza del gusano barrenador, una respuesta que llega con el recuerdo todavía fresco de anteriores campañas de erradicación. La diferencia es que ahora el parásito ha cruzado la frontera por México y ya no hablamos de prevención teórica, sino de contención real.
Rollins recordó además que el Gobierno de Donald Trump llevaba año y medio preparándose para este regreso, con un manual de respuesta, una web específica con recursos y inversión en capacidad de producir moscas estériles. Eso sí, la administración también ha recibido críticas por los recortes a un programa de vigilancia relacionados con el Departamento de Eficiencia Gubernamental liderado por Elon Musk. El telón de fondo, como se ve, viene cargado.
La batalla pasa por soltar moscas que no pueden hacer daño
El arma estrella contra este enemigo tiene algo de ciencia ficción, aunque lleva tiempo siendo real: liberar millones de moscas estériles en las zonas afectadas para frenar la reproducción del parásito. Abbott explicó que el USDA ya está importando y soltando esas moscas en el sur de Texas y que ajustará los despliegues según haga falta. También avanza la construcción de una nueva planta de producción en Edinburg, que quieren tener lista cuanto antes.
Lo que más llama la atención es cómo la genética está metiendo velocidad en esta pelea. Una nueva línea de moscas modificadas, llamada NovoFly, está siendo revisada por la Agencia de Protección Ambiental. Su diseño solo produce machos y elimina a las hembras en fase embrionaria. La idea es casi simple de entender: si no nacen hembras, el parásito lo tiene mucho más difícil para sostener su población.
Uno de los responsables presentes en la comparecencia resumió la jugada con una comparación muy gráfica: si una planta produce 100 millones de moscas, la mitad son hembras estériles que no sirven para esta lucha. Pasar a machos estériles al 100 % permitiría duplicar la producción útil de inmediato. Y eso, en una campaña de erradicación, es oro puro.
El USDA también ha lanzado el New World Screwworm Grand Challenge, un programa que destina hasta 100 millones de dólares a buscar soluciones para acelerar la erradicación y expandir esta tecnología. De momento han revisado más de 226 solicitudes. No es poca cosa, y deja claro que la administración quiere llenar el arsenal de opciones antes de que la plaga se le escape de las manos.
Las fronteras se cierran mientras el contagio asoma
La reacción no se está quedando en Texas. Distintos estados, como Florida, Luisiana, Montana y Kentucky, han empezado a restringir la entrada de animales procedentes de la zona afectada para frenar la expansión del gusano barrenador y proteger a la población y al ganado. La lógica es tan sencilla como incómoda: si el problema entra por la puerta, lo primero es vigilar esa puerta.
En Luisiana, la veterinaria estatal ha ordenado limitar el movimiento interestatal de animales y exigir un Certificado Oficial de Inspección Veterinaria, conocido por sus siglas en inglés como OCVI. Florida y Kentucky han activado medidas parecidas. No es difícil imaginar que, cuando una amenaza así aparece, el papeleo y la trazabilidad pasan de molestia burocrática a herramienta de contención.
Canadá también ha movido ficha. El 5 de junio, la Agencia Canadiense de Inspección de Alimentos implantó restricciones temporales a la importación de ganado procedente de Texas y ha dicho que trabajará con las autoridades estadounidenses para ajustar las medidas cuando sea necesario. El efecto dominó ya está en marcha, y cuando un foco sanitario toca el movimiento de animales, todo el tablero se vuelve más estrecho.
Lo que viene ahora será una carrera entre vigilancia, control del movimiento y tecnología. Habrá que ver si las moscas estériles, las nuevas técnicas genéticas y las restricciones consiguen ir por delante del parásito, que es justo donde necesitan estar. Nosotros, desde luego, seguiremos atentos a cada paso de esta guerra rara y muy concreta.
