A veces, lo que parecía un subproducto acaba siendo el negocio de verdad. Eso es justo lo que está pasando en la industria de los ingredientes marinos: hoy el pescado entero ya no lleva toda la voz cantante, porque cada vez pesan más los restos del procesado. Y ojo, porque el cambio no es pequeño: ya aporta más de la mitad del aceite de pescado que se produce en el mundo.
En el Iffo China Summit, celebrado en Shanghái los días 10 y 11 de junio, el director de investigación de mercado de IFFO, Enrico Bachis, puso números a esa transformación. Según explicó, los subproductos ya representan el 35% de la producción mundial de harina de pescado y el 57% de la de aceite de pescado. Traducido a lenguaje llano: lo que antes se veía casi como material secundario se ha convertido en una pieza central del tablero.
“Hoy ya podemos decir que la mayor parte del aceite de pescado procede de subproductos”, resumió Bachis. Y, sinceramente, suena a giro de época. Durante décadas, el sector dependió sobre todo de especies pelágicas pequeñas capturadas en el mar, como la anchoa o la sardina. Ahora, cada vez más valor sale de los flujos de procesamiento que antes quedaban en segundo plano.
El pescado entero ya no manda como antes
La foto global que dibuja IFFO es bastante clara: alrededor del 60% de la producción total sigue viniendo de pescado entero, mientras que el 40% ya procede de subproductos. Ese reparto, explicó Bachis, ha ido cambiando con el tiempo y todo apunta a que seguirá moviéndose en la misma dirección.
¿La razón? Hay dos motores que empujan al mismo tiempo. Por un lado, la tecnología ha hecho más fácil recuperar y aprovechar esos restos. Por otro, la acuicultura está creciendo y, con ella, también crece la cantidad de subproductos que puede entrar en la cadena de los ingredientes marinos. Hace años esto habría sonado a aprovechamiento marginal; hoy ya es una palanca de suministro.
Lo que más llama la atención es que el cambio no solo habla de eficiencia, sino también de resiliencia. Dependiendo menos de las capturas salvajes, el sector reduce parte de su volatilidad y encuentra una vía para seguir creciendo sin mirar siempre al mismo sitio. Y sí, eso abre una puerta bastante seria para el futuro del alimento acuícola.
Asia se ha puesto a la cabeza
Si el movimiento global ya es potente, en Asia va un paso más rápido. Allí, el 44% de la harina de pescado y el 74% del aceite de pescado proceden de subproductos. Es decir, la región está tirando mucho más de esta fuente que la media mundial.
Bachis subrayó que en esa parte del mundo los subproductos son una materia prima especialmente relevante. Según explicó, Asia depende más de ellos y también de algunas especies concretas, lo que hace que su disponibilidad de materia prima sea más resistente que en otras zonas. La diferencia con el panorama global, dijo, es notable. Y bastante reveladora.
Entre los ejemplos que citó aparece el pangasius, cuyos recortes de procesado juegan un papel importante en la obtención de aceite. En la práctica, eso significa que el valor ya no se queda solo en el filete o en la pieza principal, sino que se estira hasta el final del proceso. Una lógica que encaja muy bien con un sector que busca producir más con menos fricción.
Ese empuje asiático no elimina del todo los problemas de abastecimiento, ni mucho menos. Pero sí le da a la industria una base más sólida para soportar altibajos y para aprovechar mejor el crecimiento de la acuicultura. Vamos, que la cadena se está volviendo más lista. Y también más exigente.
El hueco sigue ahí, y no es pequeño
Ahora bien, ni siquiera con tanto subproducto la ecuación queda cerrada. Bachis señaló que Asia mantiene un déficit anual de unos 1,2 millones de toneladas métricas de harina de pescado y de alrededor de 80.000 toneladas métricas de aceite de pescado, tanto para piensos de acuicultura como para consumo humano directo.
Eso significa que, al menos por ahora, la región seguirá necesitando importaciones para cubrir su demanda local de ingredientes marinos. La foto es bastante clara: hay más aprovechamiento, sí, pero no suficiente para que el mercado se sostenga solo con producción interna. El crecimiento existe. El cierre total, todavía no.
En 2025, la producción mundial de harina de pescado alcanzó aproximadamente 5,7 millones de toneladas, mientras que la de aceite de pescado llegó a unas 1,14 millones de toneladas. Asia, además, tuvo un año fuerte y concentró cerca del 35% de la producción mundial de ambos productos. Es una cifra que confirma que la región no solo consume mucho, sino que también pesa cada vez más en el mapa global.
La gran pregunta, claro, es hasta dónde puede llegar esta transformación. La industria ya ha demostrado que sabe sacar valor de lo que antes se tiraba o se aprovechaba a medias. Pero el ritmo al que crezcan la tecnología, la acuicultura y los flujos de subproductos marcará el siguiente capítulo. Habrá que seguirlo de cerca, porque aquí el cambio ya no es promesa: es presente.
