BNP alerta: la maquinaria agrícola pierde valor tan rápido que deja a los agricultores atrapados en capital inmovilizado

A veces el gran cuello de botella no está en la tierra ni en la cosecha, sino en el hierro que la mueve todo. Y eso, en el campo europeo, empieza a pesar demasiado: tener maquinaria en propiedad está dejando a muchos agricultores con menos margen para invertir, crecer y modernizarse.

La fotografía la dibuja un estudio de BNP Paribas Leasing Solutions, que apunta a una tensión cada vez más evidente: el capital inmovilizado en activos físicos está frenando el avance de las explotaciones agrícolas. El 87% de los líderes empresariales encuestados, muy cerca de lo que ocurre en el sector agrario, asegura haber visto limitadas sus posibilidades de crecimiento por tener demasiado dinero atado a maquinaria y otros equipos.

Y en el campo el golpe se nota más. No hablamos de una herramienta cualquiera, sino de activos caros y muy especializados: cosechadoras, sistemas de pulverización de precisión, equipos que exigen una inversión inicial muy alta y que, además, no se usan con la misma intensidad todo el año. Comprarlos da control. Pero también inmoviliza capital. Y ahí está el dilema.

El dinero está ahí… pero no se mueve

Lo más llamativo es que el propio sector sabe muy bien en qué querría gastar ese dinero si pudiera liberarlo. El 35% de los encuestados agrícolas lo reinvertiría en sostenibilidad o tecnologías verdes, mientras que el 26% priorizaría la I+D. No parece precisamente un sector que quiera quedarse quieto.

La lista de deseos suena bastante clara: agricultura de precisión, maquinaria de bajas emisiones y sistemas de energía renovable en la explotación. El problema es que muchas de esas mejoras chocan con una realidad bastante menos glamourosa: los márgenes aprietan, los precios de mercado bailan y comprometer capital a largo plazo no siempre parece una gran idea.

Neil Pein, consejero delegado de BNP Paribas Leasing Solutions, lo resume con bastante crudeza: la presión se siente más en agricultura que en otros sectores porque el equipamiento moderno es intensivo en capital. Y no le falta razón. Quien haya visto el coste de una máquina de última generación sabe que aquí no estamos hablando de caprichos.

La tecnología corre más deprisa que la amortización

Hay otro factor que complica todavía más la jugada: la sensación de que las máquinas envejecen antes. El 94% de los agricultores cree que el equipo se vuelve obsoleto más rápido que hace cinco años, empujado por el avance de la automatización, la precisión y las tecnologías conectadas al dato.

Hace años, comprar una máquina era una apuesta de largo recorrido. Hoy, esa sensación empieza a resquebrajarse. Si la tecnología incorpora cada vez más software, sensores y sistemas de actualización, el ciclo de vida útil también se acorta. Y con ello aparece una duda muy humana: ¿merece la pena inmovilizar tanto dinero si dentro de poco puede haber algo mejor?

Eso está cambiando el comportamiento de compra. Algunos agricultores retrasan decisiones a la espera de ver qué tecnologías se convierten en estándar. Otros, en cambio, aceleran la renovación para no quedarse atrás. Entre una opción y otra se abre un terreno incómodo, porque fallar el momento de inversión puede salir caro en productividad y eficiencia.

De poseerlo todo a usar lo justo

La propiedad absoluta sigue teniendo mucho peso en el campo, por esa cultura de independencia y control tan arraigada en la actividad agrícola. Pero algo se está moviendo. El estudio detecta mayor apertura a modelos de leasing y a fórmulas de uso flexible, sobre todo para equipos de alto contenido tecnológico donde la actualización pesa casi tanto como la compra.

Más de la mitad de los encuestados agrícolas dice que sería más ágil si tuviera mejor acceso a los equipos mediante estos modelos. Y la adopción ya va algo por delante de la media de otros sectores. No es una revolución, ni mucho menos. Pero sí una pequeña grieta en una forma tradicional de entender la inversión.

Aun así, el camino no está despejado. Persisten obstáculos como la escasez de proveedores especializados en agricultura y, sobre todo, el desconocimiento. El 28% de los agricultores reconoce tener poca comprensión de los modelos de leasing. Traducido: hay interés, pero falta confianza. Y donde falta confianza, la máquina sigue aparcada en el patio de siempre.

Cuando la máquina llega al final, empieza otro problema

Si la compra ya es complicada, el final del recorrido no lo es menos. La investigación muestra que el 89% de los agricultores tiene dificultades con los procesos de fin de vida de la maquinaria, incluidos el reciclaje y la renovación. Y no hablamos de detalles menores: cuando el equipo deja de servir, también hay que saber qué hacer con él.

Además, el 70% afirma que la circularidad ya influye en sus decisiones de compra. Es decir, no solo importa cuánto rinde una máquina o cuánto cuesta mantenerla, sino también qué pasará con ella cuando deje de ser útil. El sector empieza a mirar el ciclo completo, aunque todavía le falten estructuras claras para gestionarlo sin dolores de cabeza.

En el fondo, todo esto apunta a una transición bastante más profunda de lo que parece. La cuestión ya no es solo qué compra cada explotación, sino cómo financia lo que necesita para competir. Y ahí el modelo de toda la vida, el de comprar y conservar, empieza a quedarse corto frente a una tecnología que cambia demasiado deprisa.

La dirección que se intuye es fácil de entender: más flexibilidad, menos capital atrapado y acceso a equipos en lugar de propiedad pura y dura. Habrá que ver cuándo se impone de verdad y si el campo está listo para dar ese paso sin perder control. Porque la pregunta ya no es si cambiará el modelo. La pregunta es cuándo.

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