Ganaderos de Corea del Sur plantan cara a la rebaja de cuotas que dispara la guerra del precio de la leche

A veces el gran conflicto del campo no estalla por un precio, sino por una regla que deja de cumplirse. Y eso es justo lo que está pasando en la leche coreana, donde productores y procesadores han entrado en una negociación delicada para fijar los volúmenes base de leche cruda entre 2027 y 2028, con una pelea de fondo que va mucho más allá de los números: quién soporta el peso del sistema y quién se queda con la parte más incómoda del ajuste.

La tensión viene de una acusación muy concreta: los ganaderos aseguran que las industrias están recortando las cuotas que sirven para calcular las compras de referencia dentro del sistema de fijación de precios de la leche en función del uso. Y cuando se toca esa base, todo lo demás empieza a tambalearse. El sector habla de ingresos más flojos, costes más altos y una sensación cada vez más extendida de que el marco pactado se está deshilachando por dentro.

La asociación coreana de productores de leche y ganado sostiene que, el año pasado, las empresas participantes compraron para leche de consumo solo el 81,2% de la cuota que tenían asignada las explotaciones. Ese nivel quedó 7,3 puntos por debajo del 88,5% que marca el rango estándar para la leche cruda destinada a bebida dentro del sistema. Y ahí está la chispa: para los ganaderos, no se trata de una simple corrección comercial, sino de una vulneración del principio que sostiene todo el modelo.

La organización lo dice sin rodeos: si los procesadores reducen cuotas a su antojo, están incumpliendo el sistema y también sus obligaciones contractuales. El golpe, además, no es menor. Menos compras significa más carga fija por litro producido, más presión sobre unas explotaciones ya muy tocadas y, según el sector, un empujón directo hacia la asfixia económica.

Un sistema que se tambalea justo cuando toca renegociarlo

El momento no podría ser más incómodo. Corea entra ahora en la negociación de los volúmenes base de leche cruda para 2027-2028, y los ganaderos quieren que el conflicto de las cuotas se resuelva antes de sentarse a cerrar números nuevos. No quieren que se haga como si nada hubiera pasado. Quieren llegar a la mesa con las reglas claras, no con una herida abierta debajo del mantel.

La asociación pide que se introduzcan medidas con respaldo legal para impedir nuevos recortes de cuotas por parte de los procesadores. También reclama que se cumpla una ayuda prometida para 200.000 toneladas de leche de procesado y que se rediseñe el sistema de apoyo financiero. Su mensaje es bastante nítido: si el mercado funciona a golpe de tijera, la explotación ganadera no aguanta.

Y todavía hay más. El colectivo de productores quiere que el Gobierno adopte un modelo de pago directo, parecido al de Japón, para que las ayudas lleguen al productor y no pasen por el embudo de los procesadores. No es un matiz menor. Es una discusión sobre quién recibe el oxígeno cuando el negocio aprieta, y eso siempre acaba marcando la diferencia entre resistir o caer.

La factura ya está encima de la mesa

Lo que más llama la atención, sinceramente, es que los productores describen una crisis que ya no suena a advertencia lejana, sino a radiografía de urgencia. En junio, la asociación difundió un informe en el que afirmaba que la situación de las explotaciones lecheras es la peor desde la crisis financiera asiática de 1997. Una comparación dura, pero reveladora del tono que ha tomado el sector.

Según esos datos, en cinco años han cerrado 834 explotaciones, lo que equivale al 13,7% del total. Al mismo tiempo, los costes medios de producción subieron 171 won por litro entre 2021 y 2025, unos 0,11 dólares. El problema es que solo el 51,5% de ese aumento se trasladó al precio en origen de la leche. El resto, dicho de forma llana, se lo tragó el productor.

Las explotaciones pequeñas están recibiendo la peor parte. Las de menos de 50 vacas representan el 41% del total y han quedado especialmente expuestas. En su caso, los costes de producción crecieron 280 won, unos 0,18 dólares, en ese mismo periodo, hasta situarse por encima del precio medio de la leche de consumo. Traducido: trabajar ya no siempre cubre ni lo básico.

A eso se suma otro frente incómodo: los procesadores han reducido los volúmenes de compra, lo que en la práctica rebaja la salida de producto aunque antes se hubiera prometido mantener las cuotas. El resultado es una cadena de presión que no deja de apretar. Menos venta, más coste, más deuda. Una combinación que, en el campo, nunca suele acabar bien.

La asociación cifra la deuda media por explotación en 506 millones de won en 2025. Además, en el último quinquenio, el capital prestado por vaca lechera aumentó un 45,6% y los gastos por intereses se dispararon un 68,6%. Son números que explican por sí solos por qué los ganaderos hablan de crisis de gestión y no solo de precios.

Ahora el balón está en la negociación y, como tantas veces pasa en el agro, el papel lo aguanta todo; las vacas, no tanto. Los productores piden recuperar confianza antes de firmar nada nuevo. Y tienen razón en una cosa muy simple: un sistema solo funciona cuando quienes lo sostienen creen que las reglas no cambian a mitad de partido. Habrá que ver si esta vez la mesa sirve para arreglarlo o para abrir una etapa todavía más tensa.

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