A veces, el gran debate no está entre dos bandos, sino en encontrar la mezcla que de verdad funciona en el campo. Y eso, justo eso, fue lo que sobrevoló una mesa redonda en Singapur: cómo lograr que la agricultura sostenible alimente a una población mundial en crecimiento sin pedirle al agricultor que haga magia.
En el encuentro, celebrado el 9 de julio en un evento del sector organizado por Pacific Agriscience, cuatro expertos dejaron una idea bastante clara: los biológicos no son toda la solución, pero sí una pieza más de un puzzle que tiene que encajar en la explotación, en la cuenta de resultados y en la escala real de producción. Y ahí es donde empieza lo interesante.
El campo no compra discursos: compra soluciones
Kumar Datta, director de marketing, estrategia y crecimiento de FMC Corporation, puso el foco donde suele estar la decisión de verdad: en el agricultor. Según explicó, el debate entre biológicos y productos convencionales de protección de cultivos importa menos que una pregunta mucho más terrenal: ¿resuelve esto el problema en la parcela?
Su planteamiento fue directo. Para que una tecnología tenga recorrido, tiene que funcionar en la explotación, ser rentable para quien la usa y, además, poder escalarse. Si no, se queda en promesa bonita. Y ya sabemos que en el campo las promesas, por muy bien envueltas que vengan, no llenan un silo ni salvan una campaña.
Datta defendió que la salida pasa por combinar tecnologías biológicas y sintéticas en productos y sistemas pensados para las necesidades reales del agricultor. Dicho de otro modo: no imaginar un mundo hecho solo de biológicos, algo que él ve complicado, sino construir soluciones híbridas que tengan sentido agronómico y económico. La clave, insistió, está en mirar con ojos de agricultor.
En la misma línea se movió Sandeepa Kanitkar, fundadora y directora general de Kan Biosys y presidenta de la Biological Agri Solutions Association of India (BASAI). Para ella, la sostenibilidad es imprescindible, pero no significa borrar los químicos del mapa, sino usarlos con juicio y apoyarlos con nuevas herramientas, incluidas tecnologías de precisión, para sacar más rendimiento con menos recursos.
Reducir insumos, sí; hacer marketing con la agricultura, no
Laurent Martel, consejero delegado de InVivo Ag, fue uno de los más tajantes de la mesa. Mirando hacia Europa, sostuvo que el sector perdió una oportunidad al gastar energías defendiendo el uso de químicos en vez de apostar antes por tecnologías capaces de bajar las dosis aplicadas sin sacrificar productividad.
Su frase dejó mella: “peleamos la batalla equivocada”. En su opinión, el sector debería haber aceptado mucho antes la reducción de volúmenes mediante agricultura de precisión. Al no hacerlo, dice, acabó perdiendo terreno. Y ojo, porque su reflexión no va de sustituir un producto por otro sin más, sino de reducir insumos cuando la innovación lo permita.
Martel defendió una idea bastante sensata: avanzar hacia menos aportes siempre que sea posible, pero sin convertir esa reducción en un dogma ni en una simple operación de cambiar una molécula por otra. Lo suyo es más pragmatismo que eslogan. Menos ruido. Más campo.
Ese enfoque encaja con una discusión que ya no se puede esconder debajo de la alfombra: la agricultura sostenible no se decide solo en los laboratorios o en los despachos, sino en el punto exacto donde la tecnología se encuentra con la rentabilidad. Si no hay margen para el agricultor, no hay adopción. Así de simple.
Los microbios prometen mucho, pero aún tienen que demostrarlo todo
Si hubo un tema que despertó expectativas, fue el de los productos microbianos. Kanitkar cree que tendrán un papel decisivo en el futuro de la agricultura, aunque advierte de que el verdadero reto no está solo en encontrar el microbio adecuado. El asunto serio empieza después.
Porque una cosa es aislar una cepa prometedora y otra muy distinta llevarla con solvencia por toda la cadena de valor: fermentación, formulación y colocación en el paquete de prácticas del agricultor. En esa travesía se atascan muchas ideas que, sobre el papel, parecían tener una pinta estupenda. Y ahí aparece una palabra que pesa mucho más de lo que parece: estabilidad.
La vida útil es uno de los grandes puntos débiles de los biológicos. El agricultor espera que el producto aguante almacenamiento y transporte sin perder eficacia, y ese listón no es precisamente bajo. Kanitkar habló de mejorar de forma notable la preparación comercial de estos productos, así como la gestión de la cadena de suministro y el posicionamiento en el mercado.
También advirtió de que las empresas del sector necesitan subir el nivel en producción, control de calidad y desarrollo de cepas si quieren competir de verdad a escala internacional. Según explicó, muchas compañías de agribiológicos aún no trabajan con estándares de contención y producción suficientes para ese salto. Sin mejores sistemas de fabricación, no habrá carrera global que valga.
La última barrera no está en el laboratorio, está en la caja
CS Liew, fundador y director general de Pacific Agriscience, llevó la conversación a un terreno menos glamuroso pero decisivo: el negocio. Para él, la gran barrera de la agricultura sostenible no es científica, sino económica. Si el agricultor ve retorno sobre la inversión, la adopción llega. Si no lo ve, todo se frena.
Liew recordó que ya existe una cantidad enorme de tecnología agrícola disponible que todavía no se usa a gran escala. No porque no sirva, sino porque el sector no siempre encuentra la fórmula para convertir esa innovación en una decisión rentable para quien compra y aplica. El problema, insistió, es de negocio antes que de ciencia.
También puso el foco en las políticas públicas. Citó como ejemplo las subvenciones a fertilizantes como la urea, que a su juicio pueden empujar a un uso excesivo y perjudicar la salud del suelo. Su crítica fue clara: algunos apoyos acaban generando dependencia y desordenando el manejo del suelo, justo cuando la sostenibilidad exige lo contrario.
La mesa dejó una sensación bastante nítida: la agricultura sostenible no avanza con una sola bala, sino con varias piezas encajadas al mismo tiempo. Biológicos, sintéticos, precisión, buena producción, calidad, logística y, sobre todo, números que salgan. Habrá que ver qué soluciones consiguen aterrizar de verdad en la explotación. Nosotros, desde luego, seguiremos atentos.
