A veces lo más difícil no es crecer, sino encontrar las condiciones para hacerlo. Y eso, justo eso, fue lo que hemos visto sobre el escenario del NFU Fruit Forum en Fruit Focus 2026: voces muy distintas del sector hortofrutícola pidiendo una hoja de ruta que ataque de frente los obstáculos que llevan años frenando la rentabilidad y la inversión.
La conversación no fue un ejercicio teórico. Forma parte del trabajo del Horticulture Expert Grower Group de Defra, encargado de detectar qué está bloqueando al sector. Y el mensaje se repitió una y otra vez: sin confianza y sin certezas a largo plazo, nadie va a poner dinero serio sobre la mesa.
La palabra crecimiento ya no vale por sí sola
Christine McDowell, especialista sénior en políticas de la NFU, puso el listón donde quería colocarlo el sector: no se trata de producir más por producir más, sino de ser competitivos. Esa matización, que suena pequeña, cambia bastante el fondo del debate.
“No necesariamente hablamos de crecimiento entendido como volumen”, vino a decir. La idea, según explicó, es que el crecimiento sea una consecuencia de empresas competitivas, no una obsesión con llenar más almacenes o ampliar superficie sin garantías.
Y ahí apareció el gran escollo. El sector quiere influir en la futura política, sí, pero no quiere hacerlo a ciegas. Necesita un marco estable para decidir si se expande, si invierte en tecnología o si aguanta como puede otro año más.
El campo pide menos ataduras y más calendario
Ali Capper, presidenta de British Apples & Pears, fue de las más directas. A su juicio, los productores británicos parten con desventaja por una cadena de decisiones públicas que les complica competir con Europa. Sin rodeos: “el sector en el Reino Unido es poco competitivo”.
Su lista de problemas fue muy concreta. Mencionó la incertidumbre sobre las cuotas de trabajadores de temporada, el coste laboral más alto de Europa y la desaparición del sistema de organizaciones de productores en Inglaterra y Gales, mientras sigue existiendo en Escocia, Irlanda del Norte y el resto de Europa.
“Nos tienen con las manos atadas a la espalda”, vino a resumir, en una frase que deja claro el nivel de frustración. Y ojo, porque no hablaba de un capricho: para sectores como la fruta de pepita o los frutos rojos, cada punto de coste puede decidir si una explotación sigue viva o se queda por el camino.
Sin mano de obra, la inversión se queda en el cajón
El otro gran fantasma de la jornada fue el empleo estacional. Nick Marston, presidente de British Berry Growers, recordó que los trabajadores extranjeros siguen siendo una pieza esencial de la horticultura británica. En su sector, dijo, el 98 o el 99% de la mano de obra de recolección procede del exterior.
La automatización avanza, sí, pero no hace magia. Marston fue bastante claro: la tecnología puede aliviar parte del trabajo, pero no va a sustituir a las personas de un día para otro. Habló de un horizonte de 10, 15 o 20 años para cubrir solo una parte del hueco. Mientras tanto, el problema sigue aquí.
Y el problema, además, tiene un efecto perverso: hay explotaciones dispuestas a invertir decenas de millones de libras en nuevas fincas o bloques de producción, pero no saben si tendrán trabajadores para aprovechar esos activos el año siguiente. Por eso pidió un esquema de trabajadores de temporada con una duración móvil de cinco años, sin sobresaltos ni “cliff edges”, como dijo él.
La energía y los fitosanitarios aprietan donde más duele
Si en los cultivos al aire libre manda la mano de obra, en los invernaderos el golpe llega por otra vía: la energía. Simon Conway, presidente de la British Tomato Growers Association y de la British Pepper & Cucumber Growers Association, explicó que levantar un invernadero moderno cuesta entre 2,5 y 5 millones de libras por hectárea. Con esa cifra, cualquier inversión necesita horizonte largo, y mucho.
El problema es que, según relató, hay empresarios que ya consideran el Reino Unido un lugar poco atractivo para proyectos de gran escala en vidrio, salvo que funcionen casi como una isla energética, con turbinas de gas propias y sin conexión a red. No suena precisamente a un entorno fácil para plantar tomates o pepinos con ambición.
Aun así, el potencial está ahí. Conway recordó que el país solo es alrededor de un 20% autosuficiente en tomates y pepinos, así que margen de crecimiento hay. Además, los distribuidores quieren comprar producto británico. La oportunidad existe; lo que falta es que el marco acompañe.
También reclamó claridad sobre la protección de cultivos y los niveles máximos de residuos. En el fondo, los productores quieren saber hacia dónde va la relación del Reino Unido con las normas europeas sobre materias activas y límites de residuos. Sin esa visibilidad, dijo, toda la cadena —fabricantes, distribuidores y agricultores— trabaja a oscuras. Y así es muy difícil planificar nada.
La innovación sí, pero con las botas llenas de barro
El debate no se quedó solo en quejas. También hubo espacio para hablar de soluciones, y ahí apareció una idea bastante clara: la investigación tiene que volver al terreno. Capper defendió modelos en los que los propios productores marcaban los problemas y, a partir de ahí, se organizaba una respuesta con financiación pública y apoyo académico.
Lo que pidió fue una ciencia menos dispersa y más útil para la finca, más “sleeves-rolled-up”, más de botas de barro que de despacho. La expresión resume muy bien el espíritu de la propuesta: investigación aplicada, práctica, con los pies en la realidad de la explotación.
También reclamó que se junten en una misma mesa quienes ahora suelen trabajar por separado para resolver lo mismo: adaptación climática, inteligencia artificial, automatización o robótica. Porque, dicho rápido, no tiene mucho sentido que varios equipos estén intentando arreglar el mismo problema cada uno por su lado.
McDowell cerró esa idea con una visión bastante reveladora: la estrategia de crecimiento se está pensando como una tarea compartida entre Gobierno, cadena de suministro y productores. No todo depende de Londres. También hay trabajo que hacer dentro del propio sector. La pregunta ya no es si el campo quiere crecer, sino si le van a dejar hacerlo con reglas mínimamente sensatas. Habrá que ver cuándo llega esa respuesta y, sobre todo, a qué precio.