La reforma regulatoria puede abrir la caja de herramientas: más opciones para los agricultores de ASEAN

A veces, lo que de verdad cambia el campo no es la próxima máquina milagro, sino una norma bien pensada. Y eso, precisamente, es lo que pone sobre la mesa Duke Hipp: si los gobiernos afinan sus reglas, los agricultores pueden acceder antes a tecnologías climáticas que hoy siguen atascadas en el trámite. La idea es menos glamourosa que un dron volando sobre una parcela, pero bastante más decisiva.

Hipp, director general de NarraHarvest Advisors, sostiene que la gran batalla ya no está solo en inventar nuevas herramientas, sino en conseguir que lleguen de verdad a quienes las necesitan. Más regulación, sí, pero de la útil: la que abre puertas, da seguridad y multiplica opciones para el productor. Porque no todas las soluciones sirven para todas las explotaciones, y ahí está la clave.

“Tener más herramientas en la caja es un paso enorme”, viene a decir. Y no le falta razón. En un momento en que el campo se mueve entre crisis energéticas, tensiones geopolíticas y presión climática, quedarse con una sola respuesta es jugar a la ruleta rusa con la campaña. Mejor diversificar. Mejor tener plan B, C y D.

Cuando la norma deja de frenar y empieza a empujar

Hipp cree que los responsables políticos están empezando a entenderlo, sobre todo después de un año marcado por la inestabilidad internacional y por la escasez de insumos tan básicos como fertilizantes y energía. En ese contexto, algunos países activaron procesos rápidos para que la tecnología necesaria pudiera llegar a tiempo. La lección es bastante simple: si el sistema regulatorio responde tarde, el agricultor paga la factura.

Y aquí no hablamos de quitar controles a lo loco. Más bien de diseñar marcos prácticos, basados en ciencia, que permitan usar nuevas tecnologías sin dejar la seguridad en segundo plano. Hipp no pide barra libre; pide reglas que funcionen. Porque muchas de esas herramientas están reguladas por una buena razón, y el reto está en acertar con la norma, no en romperla.

También ve margen para que los países de la ASEAN, la asociación de naciones del sudeste asiático, se miren entre sí y aprendan de quienes ya han recorrido ese camino. Si un vecino ha pasado por el proceso y sabe dónde están los cuellos de botella, ¿por qué no aprovechar esa experiencia? A veces la innovación no empieza desde cero, sino copiando bien lo que ya funciona.

El dron que despegó gracias a las reglas

Si hay un ejemplo que le sirve para ilustrar su tesis, ese es el de los drones agrícolas. En Asia, y especialmente en el sudeste asiático, esta tecnología se ha expandido con fuerza. No ha sido solo por el aparato en sí, sino por el marco que ha permitido operarlo con cierta normalidad, integrando requisitos de aviación y de agricultura.

La fórmula, según explica, pasa por recurrir a proveedores de servicios con licencia. Así, el agricultor no tiene que hacerlo todo por su cuenta: encarga el trabajo a quien está autorizado para volar, aplicar tratamientos o realizar las tareas necesarias. Eso reduce la carga laboral y, al mismo tiempo, encaja la innovación dentro de la legalidad. Dicho de otra forma: el dron no vuela solo, vuela porque alguien ha preparado el terreno para que pueda hacerlo.

Lo interesante es que esta lógica podría trasladarse a otras tecnologías climáticas o productivas. La idea de fondo no es enamorarse de una solución concreta, sino construir sistemas agrícolas más flexibles. Y ojo, porque ese matiz cambia bastante el debate: la resiliencia no depende de apostar todo a una carta, sino de tener varias salidas cuando el panorama se complica.

Resistir ya no es una excepción: es el nuevo punto de partida

Las reflexiones de Hipp llegan tras la publicación del último informe State of Food Security and Nutrition in the World 2026, que él toma como otra llamada de atención para la región. Su lectura es nítida: Asia sigue concentrando casi mil millones de personas en situación de inseguridad alimentaria, más que ninguna otra zona del planeta, y eso obliga a replantearse muchas certezas.

Para él, la palabra que manda ahora es resiliencia. No como eslogan bonito, sino como principio de trabajo. Los shocks geopolíticos y climáticos ya no son una rareza, sino parte del paisaje. Y cuando eso ocurre, las soluciones binarias se quedan cortas: ni todo importaciones, ni todo producción interna; ni todo una tecnología, ni todo una respuesta única. La dependencia total de una sola vía es un riesgo, venga de donde venga.

Su diagnóstico es bastante claro: hace falta pragmatismo, coordinación entre sectores y alianzas reales entre gobiernos, industria, agricultores y sociedad civil. Ambición, sí. Pero acompañada de políticas que permitan ejecutar. Porque de poco sirven los grandes objetivos si luego el terreno no deja pasar la solución. Habrá que ver cuánto tardan los marcos regulatorios en ponerse a la altura; nosotros, desde luego, estaremos atentos.

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