A veces la noticia no está en la llegada, sino en la puerta que se abre antes de cruzarla. Micropep, la biotecnológica franco-estadounidense, ha dado un paso más para llevar al mercado Promisin, su biofungicida a base de péptidos, después de presentar su solicitud regulatoria primero en Paraguay y luego en Brasil. Si todo avanza como espera la empresa, el producto podría empezar a venderse en 2027. Y sí, eso ya suena a cambio serio en el tablero de la protección vegetal.
La jugada que Micropep quiere colar en el campo
La compañía, creada en 2016, ha apostado por una vía bastante distinta a la de los tratamientos convencionales. Promisin no se apoya en una molécula química clásica, sino en péptidos antimicrobianos capaces de alterar las membranas celulares de los hongos y, con ello, bajar la presión de infección. Traducido al idioma del agricultor: la idea es golpear al patógeno donde más le duele.
El producto está pensado para combatir tres problemas concretos en soja: la roya asiática de la soja (Phakopsora pachyrhizi), el target spot (Corynespora cassiicola) y el tizón foliar (Cercospora kikuchii). No es poca cosa, porque hablamos de enfermedades que obligan a apretar el manejo sanitario campaña tras campaña. Aquí no hay magia; hay biocontrol con una ambición bastante clara.
Micropep quiere, además, que Promisin no viva encerrado en una sola función. La empresa plantea usarlo tanto como tratamiento autónomo frente a enfermedades como para reforzar programas de pulverización ya existentes, compatible con pulverizadores y mezclas en tanque. La lógica es sencilla: sumar eficacia sin obligar a rehacer todo el esquema de trabajo.
Del laboratorio al depósito, y de ahí a campo
La parte más terrenal del asunto también está en marcha. Micropep está produciendo 75.000 litros de biológicos mediante fermentación con E. coli, un proceso en el que después se extraen los péptidos. La compañía asegura tener “gran confianza” en que puede escalar todavía más la producción. No es un detalle menor, porque muchas soluciones nacen bien en el laboratorio y tropiezan cuando toca fabricarlas a gran volumen.
Lo que más llama la atención es que la empresa no se presenta solo como un fabricante de biofungicidas. Su CTO, Mikael Courbot, insiste en que Micropep quiere ser una compañía de bio-soluciones o de biocontrol, usando péptidos como vehículo de eficacia. Promisin será el primer producto, pero no el último. En cartera ya hay más biofungicidas y también una apuesta fuerte por los bioherbicidas, una línea que la empresa empuja con fuerza.
La compañía también trabaja con su plataforma Krisalix, basada en inteligencia artificial, para diseñar productos de protección de cultivos a base de péptidos. Y no se queda ahí: está explorando tratamientos para malas hierbas invasoras, insectos y enfermedades de las plantas. Es decir, la película no termina en la soja, aunque la soja sea la primera parada.
Paraguay y Brasil, el primer aterrizaje
Micropep ha decidido empezar por Paraguay como una especie de “aterrizaje suave”, aprovechando un entorno regulatorio que considera más favorable que el de Estados Unidos o Europa. Después ha movido ficha en Brasil, donde el atractivo está más que claro: el mercado sojero del país y su enorme volumen de producción. La empresa mira donde la escala puede justificar el salto.
La secuencia también dice mucho de su estrategia. Nacida en Francia, Micropep abrió oficina en Estados Unidos en 2022 tras su ronda Serie A, y ahora da este paso en América Latina. Pero Courbot deja claro que no lo ve como un giro de volante ni como una fuga de un mercado a otro. Lo entiende como algo complementario: una forma de aprovechar oportunidades donde aparezcan, sin renunciar ni a Estados Unidos ni a Europa.
Ese movimiento tiene su lectura. Hace unos años, hablar de un biofungicida basado en péptidos, producido por fermentación y diseñado con IA sonaba a promesa de futuro. Hoy ya está en la fase en la que se pide permiso para entrar en el mercado. La distancia entre la idea y la aplicación se está acortando.
Ahora la gran pregunta es cuánto tardará en transformar esa ambición en ventas reales y si la escalabilidad, el registro y la adopción en campo acompañarán el discurso. Promisin apunta maneras, sí, pero la última palabra la tendrán el tiempo, los números y el agricultor que lo pruebe. Habrá que seguirle la pista de cerca.
