Robotics y agricultura de precisión: la apuesta que puede impulsar la próxima fase del avance biológico

A veces lo más interesante no es sumar más cosas, sino aprender a colocarlas mejor. Y eso, en el campo, puede cambiar mucho más de lo que parece: Stephen Pearce, presidente de Accumont, ha defendido que el futuro de los productos biológicos no pasa tanto por inventar sin parar, sino por mejorar la forma en que llegan a la planta y por mezclarlos con una estrategia agrícola más fina, más medida y menos a martillazos.

La idea tiene miga. Porque, según explicó, los biológicos no están llamados a borrar de un plumazo la química, sino a hacer que esa química se use de forma más quirúrgica. Y ojo, porque ahí está el giro: en un escenario con menos moléculas disponibles para proteger cultivos, la presión para gestionar mejor cada aplicación ya no es una moda, sino una necesidad.

La clave no está solo en el producto, sino en el disparo

Pearce puso el foco en algo que a menudo queda en segundo plano: la tecnología de precisión aplicada al nivel de la planta. Su mensaje fue bastante claro durante un evento del sector celebrado en Singapur el 9 de julio: el sector debería dedicar más esfuerzo a desarrollar nuevas formas de entregar ingredientes activos, nutrientes y biestimulantes justo donde hacen falta, y no a repartirlos a granel como si el campo fuera una alfombra uniforme.

Lo que propone, en el fondo, es cambiar la lógica. Antes la obsesión estaba en tener más soluciones; ahora la carrera va de acertar mejor con las que ya existen. Y ahí entran en juego tecnologías capaces de combinar inteligencia artificial, robótica y aplicaciones hiperlocalizadas, un trío que hace años sonaba a ciencia ficción y hoy ya se presenta como parte del futuro inmediato del manejo agrícola.

La tesis de Pearce es que esa evolución no solo beneficia a los biológicos, sino también a la química tradicional. Biológicos y fitosanitarios no compiten necesariamente; pueden empujar en la misma dirección, siempre que el objetivo sea intervenir menos y mejor. Ese matiz cambia bastante el tablero, sobre todo en cultivos donde cada tratamiento cuenta y cada error se paga.

La química no desaparece, pero aprende a moverse con más finura

Uno de los ejemplos que citó fue Kilter, una empresa noruega de agrotecnología que ha tomado una tecnología nacida en la industria de la impresión para llevar aplicaciones ultra dirigidas al campo. La historia le sirvió para ilustrar que una solución pensada para biológicos puede acabar teniendo un impacto incluso mayor en la reducción de la huella química. Y sí, eso le da bastante más juego al invento.

Pearce explicó que la empresa había llegado a los inversores con una propuesta centrada en biológicos, pero que su alcance real iba más allá. Según su visión, el verdadero valor estaba en conseguir que la química se utilizara de forma muy precisa, casi milimétrica, en lugar de repartirla de manera amplia. En otras palabras: menos manta y más bisturí.

Ese enfoque encaja con la presión que sienten hoy muchos productores, obligados a sacar más rendimiento con menos insumos, menos margen de error y más exigencia ambiental. En explotaciones de regadío, en viñedos o en parcelas con un manejo delicado, la diferencia entre aplicar “mucho” y aplicar “bien” puede ser la que separa una campaña tranquila de una llena de sobresaltos.

Menos moléculas, más mezcla de cabeza

La otra gran pata del discurso fue la escasez creciente de químicas disponibles para protección de cultivos. Pearce recordó que, desde los inicios de la protección moderna de cultivos, se han desarrollado entre 1.000 y 1.200 moléculas, pero hoy solo quedan alrededor de 500 o 600 en uso a escala global. El catálogo se ha ido encogiendo, y eso no es un detalle menor.

Las razones que dio fueron varias: problemas de toxicidad, cuestiones de comportamiento ambiental, resistencias, productos que han quedado desfasados y, en muchos casos, el coste regulatorio, que se ha vuelto demasiado alto para sostener ciertas soluciones. Traducido al lenguaje del agricultor: cada vez hay menos opciones en la mochila y toca afinar más el manejo integrado de plagas.

En ese hueco han ido entrando los biológicos, aunque no todos juegan en la misma liga. Pearce advirtió de que conviven productos realmente eficaces con otros apoyados en reclamaciones dudosas, sobre todo en el terreno de los biestimulantes. Y ahí conviene no perder el norte, porque no todo lo que suena natural funciona por arte de magia, ni mucho menos.

Su receta final no deja lugar a romantizar una guerra entre bandos. La salida, según defendió, pasa por integrar biológicos, química, genética, agronomía y datos dentro de sistemas de gestión del cultivo mucho más completos. La agricultura del futuro, vino a decir, será menos de producto estrella y más de sistema inteligente. Habrá que ver qué ritmo toma esa transición y quién consigue hacerla rentable de verdad.

Lo que está claro es que el sector ya no parece dispuesto a elegir entre biológicos o química como si fueran dos equipos rivales. La conversación va de otra cosa: de cómo exprimir mejor lo que queda, de cómo alargar la vida de las buenas soluciones y de cómo meter precisión en un escenario cada vez más apretado. Y esa partida, sinceramente, apenas acaba de empezar.

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