A veces, el gran salto no consiste en inventar algo nuevo, sino en poner orden en un terreno donde cada cual medía a su manera. Eso es justo lo que ha hecho la Sustainable Agriculture Initiative Platform con su nuevo Regenerating Together Programme: mover la agricultura regenerativa del terreno de las buenas intenciones al de las pruebas verificables, y hacerlo con ambición de escala.
El anuncio llega en un momento en el que el sector llevaba tiempo chocando con el mismo muro: todo el mundo habla de regenerar, pero no siempre existe una forma consistente y creíble de demostrar qué se ha conseguido. Y ahí está la clave del movimiento. La plataforma quiere dar una base común para que empresas, agricultores y cadenas de suministro puedan seguir el progreso con más transparencia.
El programa se ha presentado durante el encuentro anual de miembros de la organización en Saskatoon, en Canadá, y también en London Climate Action Week. Detrás hay más de 40 compañías globales del sector agroalimentario, entre ellas Nestlé, Louis Dreyfus Company, McCain Foods y Diageo. El mensaje es bastante claro: esto ya no va solo de hablar de regeneración, sino de intentar medirla de verdad.
La idea no es imponer recetas, sino poner un suelo común
En el centro del proyecto está el marco Regenerating Together, diseñado como un proceso de cuatro pasos que puede aplicarse en sistemas de cultivo, vacuno y leche, y en distintas geografías. La apuesta es interesante porque intenta resolver una tensión que ha frenado a muchas iniciativas: si aprietas demasiado, la práctica pierde flexibilidad; si dejas todo abierto, el sistema se vuelve difícil de comparar.
La fórmula que propone SAI Platform busca precisamente caminar sobre esa cuerda floja. Por un lado, quiere una base común para medir, reportar y hablar de resultados. Por otro, deja espacio para que cada explotación agrícola adapte las prácticas a su realidad climática, económica y operativa. Y sí, eso cambia bastante el enfoque.
En vez de decirle al agricultor exactamente qué tiene que hacer, el programa se centra en métricas de resultado: salud del suelo, biodiversidad, cuidado del agua y resiliencia climática. La lógica es bastante sensata: no todos los territorios responden igual, pero los efectos que se buscan sí deben poder comprobarse. Hace años, esto sonaba casi a debate teórico; hoy ya se ha convertido en una exigencia práctica.
La verificación entra en escena, y no como adorno
Uno de los puntos fuertes del RTP es que pone el foco en la verificación independiente y el benchmarking, es decir, la comparación con una referencia común. En un sector donde las afirmaciones “regenerativas” a veces se lanzan con demasiada ligereza, esto no es un detalle menor. La intención es que las declaraciones puedan respaldarse con evaluación de terceros.
El programa incorpora protocolos nuevos para verificar esas afirmaciones, comparar avances y seguir los resultados en el tiempo de manera coherente. Con eso, la plataforma quiere atajar varios problemas que ya son muy conocidos: el greenwashing, la dispersión de criterios y la fragmentación de los informes que presentan unas y otras cadenas de suministro.
La ambición, en el fondo, es crear un lenguaje compartido. No para uniformar el campo hasta volverlo irreconocible, sino para que dos programas distintos puedan entenderse y compararse sin que cada uno juegue con sus propias reglas. En un ecosistema tan amplio como el agroalimentario, eso puede valer oro.
Cuatro años de trabajo y pruebas en media docena de mundos rurales
El programa no ha salido de la nada. Detrás hay más de cuatro años de colaboración entre agricultores y agrónomos, ONG, instituciones académicas y empresas de alimentación y agricultura. No es la típica iniciativa nacida en una sala de reuniones y soltada al mercado con un lazo. Aquí ha habido ensayo, ajuste y bastante trabajo compartido.
Además, el marco ya se ha probado en proyectos piloto en 23 sistemas de producción y 25 países. Ese dato, por sí solo, dice mucho: la propuesta no llega como una idea en abstracto, sino con cierto rodaje a cuestas. También han participado entidades como WBCSD, Regen10 y EIT Food, junto con Earthworm Foundation y The Nature Conservancy en la parte de implantación.
La colaboración ha sido tan amplia porque, en realidad, nadie puede definir ni escalar la agricultura regenerativa por su cuenta. Ni las empresas, ni los agricultores, ni las organizaciones técnicas, ni los financiadores. Y ahí está una de las lecciones más interesantes del proyecto: si quieres que algo funcione de verdad, tendrás que hacerlo con demasiadas manos en la mesa para que una sola mande demasiado.
SAI Platform, que nació impulsada por Danone, Nestlé y Unilever, parece querer dejar atrás la fase de “ponernos de acuerdo sobre qué significa esto” y entrar de lleno en la fase de “vamos a hacerlo funcionar sobre el terreno”. Ese cambio de marcha lo resume bien su director general, Dionys Forster, que sostiene que el reto ya no es entender la agricultura regenerativa, sino escalarla con una base práctica y creíble.
También ha insistido en que la clave será la colaboración, porque el progreso real solo llegará con enfoques compartidos y acción colectiva. Y ahí está la pregunta que queda flotando: si el sector logra medir mejor lo que hace, quizá empiece por fin a cambiar lo que hace. Habrá que ver cuándo aterriza todo esto en el campo y con qué velocidad se convierte en rutina.
