Supreme Court respalda a Monsanto en el caso Roundup y reabre el debate global sobre pesticidas

A veces lo que parece un simple litigio acaba decidiendo mucho más que un caso concreto. Y eso es justo lo que ha pasado en Estados Unidos: el Tribunal Supremo ha dado un giro de 7 a 2 en favor de Monsanto, dentro del pleito Monsanto v. Durnell, y ha dejado dicho que la ley federal sobre pesticidas pesa más que las demandas estatales cuando la Agencia de Protección Ambiental (EPA) ya ha validado la seguridad de un producto.

Traducido al terreno llano: las reclamaciones que pedían incluir una advertencia de cáncer en Roundup chocan con la normativa federal si esa advertencia no forma parte de lo que aprobó la EPA. El mensaje del tribunal es que un estado no puede exigir etiquetas “distintas” o “añadidas” a las autorizadas por el regulador estadounidense. Y eso, para Bayer, que compró Monsanto en 2018, puede ser el cambio de marcha que llevaba años buscando.

El centro de todo está en la ley FIFRA, siglas de Federal Insecticide, Fungicide, and Rodenticide Act, la norma que regula pesticidas, fungicidas y rodenticidas en Estados Unidos. El Supremo ha venido a reforzar una idea muy concreta: si la EPA ya ha decidido sobre la seguridad de un producto, los estados no pueden meter una capa extra de obligaciones por la vía de las demandas civiles. En cristiano: no vale pedir en los tribunales una etiqueta que el regulador no ha exigido.

La gran batalla legal empieza a perder fuelle

El efecto más inmediato para Bayer apunta a ser un alivio enorme. La compañía sostiene que la sentencia debería llevar a la desestimación de las reclamaciones basadas en la falta de advertencia y, además, frenar futuros pleitos apoyados en la misma teoría jurídica. Y ahí está la clave: esas demandas concentran la inmensa mayoría del litigio alrededor de Roundup.

Durante casi una década, la empresa ha arrastrado costes altísimos por las acciones vinculadas al glifosato, el ingrediente activo de Roundup. Este fallo le abre la puerta a empezar a cerrar una herida que ha drenado dinero, tiempo y confianza pública. Bill Anderson, su consejero delegado, ha descrito el momento como un punto de inflexión, y ha rematado que la resolución trae una justicia largamente esperada y permite avanzar.

La compañía también la encaja dentro de una estrategia más amplia para contener el problema, que incluye una propuesta de acuerdo colectivo a escala nacional presentada este año. Si los tribunales inferiores siguen esta línea, no solo se irían apagando las viejas reclamaciones: también se reforzaría la posición legal de los fabricantes de pesticidas en general. Y eso ya no es un asunto de una sola marca; toca a todo el sector.

La EPA sale reforzada, y el campo pide una sola regla del juego

Más allá de Bayer, la sentencia manda un mensaje potente sobre quién tiene la última palabra en materia de seguridad de pesticidas. El Supremo ha reforzado la primacía de los reguladores federales frente a los tribunales estatales, dejando claro que las decisiones de la EPA no quedan a merced de cada demanda local.

La empresa defiende que el glifosato es uno de los fitosanitarios más estudiados del mundo y subraya que la EPA ha concluido repetidamente que es poco probable que sea cancerígeno. Con este fallo, esa valoración queda blindada a escala nacional frente a intentos de reabrir el debate por la vía de la responsabilidad civil. Para la industria, esto significa menos laberinto legal y más certezas para planificar.

Las asociaciones agrarias han recibido el golpe en sentido positivo. La American Soybean Association habla de una claridad muy necesaria y de una regulación basada en ciencia, mientras lamenta que el mosaico de reglas estatales haya generado costes y confusión. La National Corn Growers Association va en la misma línea y sostiene que FIFRA es la ley que manda, sin que cada estado pueda inventarse exigencias que no estén respaldadas por la ciencia federal.

Detrás de ese lenguaje está una idea bastante simple, aunque no siempre cómoda: si la norma es una, el juego también lo es. Y para quienes producen en secano o en regadío, desde el maíz hasta la soja, pasando por cultivos leñosos o grandes extensiones de campo abierto, la seguridad jurídica no es un detalle menor. Habrá que ver si esta claridad aguanta el recorrido completo en los tribunales inferiores.

La pelea por el glifosato no se apaga, solo cambia de escenario

Ahora bien, que Bayer haya ganado esta ronda no significa que el debate sobre el glifosato esté cerrado. Ni de lejos. Las voces críticas sostienen justo lo contrario: que el fallo recorta vías de reclamación y deja a personas afectadas con menos opciones para pedir responsabilidades.

El abogado Christopher Seeger ha dicho que la sentencia cierra injustamente la puerta de los tribunales a estadounidenses enfermos por pesticidas. Earthjustice, por su parte, la ha calificado de profundamente preocupante porque elimina un apoyo legal que consideraban esencial. La gran grieta está ahí: para unos, hay seguridad regulatoria; para otros, se está recortando la rendición de cuentas.

También han aparecido advertencias de organizaciones como FarmSTAND, que habla de un posible perjuicio para agricultores y trabajadores del campo, o Friends of the Earth, que cree que la resolución dificulta que agricultores y consumidores busquen justicia. El pulso, por tanto, no desaparece: se desplaza. Y probablemente se volverá más áspero, porque el glifosato sigue siendo uno de esos nombres que dividen a la opinión pública casi tanto como a los despachos.

Fuera de Estados Unidos, el golpe también puede tener eco. La sentencia refuerza un modelo en el que una autoridad centralizada y basada en ciencia tiene la última palabra, mientras la vía judicial queda más encajada. Eso contrasta con enfoques más precavidos o más politizados que se ven en otras partes del mundo. Y ojo, porque el debate no va solo de etiquetas: también va de confianza, de innovación y de quién paga la factura cuando una tecnología se convierte en campo de batalla.

Bayer insiste en que el dinero gastado en litigios podría haberse destinado a herramientas nuevas para la protección de cultivos. Los críticos responden que limitar el acceso a los tribunales puede erosionar la credibilidad del sistema. La conversación seguirá abierta, y seguramente con bastante ruido. La pregunta ya no es solo qué pasó con Roundup, sino qué puerta acaba cerrando —o abriendo— esta sentencia para todo el sector agrícola. Habrá que ver hasta dónde llega su efecto real.

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