A veces lo más llamativo de un sector joven no es lo que promete, sino lo que todavía no consigue. Y eso, justo ahora, le está pasando al agtech suizo: mucho talento, mucha ciencia, mucha conversación alrededor de los nuevos proyectos… y, sin embargo, pocas empresas capaces de dar el salto de verdad y pelear en la liga de los gigantes.
Suiza presume con razón de innovación. Lleva 15 años seguidos en lo más alto del ranking de innovación de Naciones Unidas y, dentro de ese escaparate, la tecnología agrícola ha dado nombres que ya suenan con fuerza, como Ecorobotix o Voltiris. Pero el problema aparece cuando miramos al otro lado del espejo: en el tramo más maduro, el país sigue apoyándose sobre viejos mastodontes como Nestlé o Syngenta, mientras el ecosistema de start-ups aún busca su gran campeón.
Mucho laboratorio, poco instinto de imperio
La explicación, en parte, está en la propia receta suiza. El país ha construido un ecosistema muy marcado por la investigación, con empresas nacidas desde abajo, empujadas por ingenieros que salen de centros como la Universidad de Zúrich o el ETH Zúrich, ambos entre las universidades más innovadoras de Europa. Son perfiles brillantes, muy técnicos, muy formados. Pero saber diseñar una solución no siempre equivale a saber levantar una compañía que conquiste mercados.
Además, Suiza atrae a mucho talento extranjero gracias a su inversión en I+D, la cuarta más alta del mundo, y a un entorno bastante favorable para probar tecnologías nuevas. Eso hace que el sistema sea paciente, casi quirúrgico, más atento a soluciones duraderas que al ruido de las modas. Y sí, eso suena muy bien. El matiz es que esa calma también puede restar hambre comercial.
En ese punto aparece una de las grandes tensiones del país: hay ingenieros extraordinarios, pero no siempre fundadores con ambición empresarial a gran escala. Quienes trabajan en impulsar estas compañías hablan de una cultura donde pesan más los negocios pequeños y el ejemplo de lo conocido que la figura del emprendedor que piensa a lo grande. Faltan modelos aspiracionales, y también una cierta costumbre de ir a por todas.
Un mercado pequeño para sueños grandes
El otro muro es bastante más frío y menos discutible: el tamaño. Suiza tiene unos 9 millones de habitantes y alrededor de 50.000 explotaciones agrícolas. Es un mercado respetable, sí, pero minúsculo si lo comparas con Estados Unidos, donde una empresa puede tener delante más de 300 millones de consumidores potenciales y unos 2 millones de explotaciones. Para una start-up agro de base tecnológica, esa diferencia no es decorativa: lo cambia todo.
Porque estas compañías no sobreviven solo con buenas ideas. Necesitan ingresos rápidos, y necesitan crecer fuerte en pocos años si quieren aguantar. La exigencia es internacional desde el minuto uno. Si no, la empresa se queda sin oxígeno antes de despegar.
Voltiris, una compañía que convierte invernaderos en fuentes de energía renovable, lo resume con bastante crudeza: en Estados Unidos escalar es más sencillo, mientras que en Europa hay que navegar un mosaico de normativas distintas de un país a otro. Aun así, la propia empresa reconoce que Suiza ofrece un entorno muy sólido para arrancar, tanto por el apoyo financiero como por el no financiero. Vamos, que para nacer puede ser un sitio excelente; para crecer a lo grande, ya es otra historia.
La red existe. El dinero llega con freno de mano.
Si hay algo que Suiza sí ha sabido construir es un ecosistema colaborativo bastante denso. Innosuisse aporta coaching y Swissnex ayuda a salir al exterior. A eso se ha sumado más recientemente la Swiss Nutrition and Food Valley, una iniciativa sin ánimo de lucro que quiere ser, para el sector alimentario, algo parecido a un Silicon Valley a la suiza.
Esa red ya ha reunido a 150 socios, entre universidades, organismos públicos y grandes corporaciones del país como Nestlé, Tetra Pak y Bühler. La idea es poner a hablar a quienes normalmente van por carriles separados: inversores, proveedores de maquinaria, equipos de I+D y empresas emergentes. El lema de fondo es simple: la transformación del sistema alimentario no la va a hacer nadie solo.
En ese grupo de compañías, Ecorobotix aparece como uno de los casos más potentes. La empresa ya había señalado que iba en camino de alcanzar 500 millones de euros en ventas en cinco años, una cifra que explica bastante bien por qué se la mira con atención. Pero incluso ahí surge el mismo freno de siempre: el dinero. Aurélien Demaurex, cofundador de la empresa, ha dejado claro que al ecosistema le falta financiación, sobre todo en las fases más tardías.
El diagnóstico es incómodo. Aunque Suiza tiene bancos e instituciones financieras enormes, gran parte del capital acaba buscándose fuera. Casi el 96% de la financiación deep-tech en fase avanzada en el país estaría liderada por inversores extranjeros, sobre todo de Estados Unidos y la Unión Europea. Y eso choca con otro dato difícil de digerir: los fondos de pensiones suizos gestionan en torno a 1,4 billones de dólares y podrían invertir legalmente hasta un 5% en capital riesgo, pero en la práctica apenas destinan alrededor de un 1%, y la mayoría de ese dinero viaja también hacia Estados Unidos.
El reto ya no es innovar. Es quedarse con la victoria.
Quienes conocen el terreno insisten en que el problema no es falta de capacidad, sino de hábitos. Los gestores de esos fondos prefieren apuestas seguras, más locales, más previsibles. Y así, las start-ups que crecen en Suiza acaban encontrando el capital fuera, con el riesgo de que también fuera se queden parte del valor y de los retornos cuando el negocio despega.
Por eso han empezado a moverse nuevas piezas. Deep Tech Nation ha puesto en marcha una fundación respaldada por nombres como Swisscom, UBS y Rolex para impulsar 5.000 millones de francos suizos al año en empresas tecnológicas del país. Y Venture Kick quiere respaldar 3.000 start-ups de aquí a 2035 con 50.000 millones de francos suizos en inversiones de seguimiento. La ambición ya no suena pequeña.
También está Project Switzerland, una iniciativa que quiere convertir a las scale-ups más prometedoras en compañías capaces de jugar en primera división. Su plan pasa por conectar a diez de las más interesantes —entre ellas Voltiris— con fundadores de unicornios y emprendedores en serie, con el objetivo de que tres de ellas acaben siendo líderes mundiales en diez años.
La sensación, ahora mismo, es que Suiza tiene el mapa, el talento y la infraestructura. Le falta convertir todo eso en una victoria sostenida. Y ese paso, que parece técnico, en realidad es cultural, financiero y casi emocional. Habrá que ver cuándo llega de verdad y a qué precio; nosotros, desde luego, seguiremos de cerca si esta vez el futuro decide quedarse en casa.
