A veces lo más interesante no es inventar algo nuevo, sino recuperar lo que casi se había perdido. Y eso es justo lo que ha hecho Tahiti Marine: la empresa asegura haber logrado una primicia mundial al criar en cautividad dos especies de pepino de mar en peligro, una jugada que mezcla negocio, conservación y vida para las comunidades locales.
Hemos sabido también que la compañía está mirando hacia Singapur como posible base de investigación y desarrollo para sacar más partido a los compuestos marinos que extrae de estos animales. El plan no va solo de producir más: va de construir un modelo que, al menos sobre el papel, intenta dar dinero, proteger el entorno y abrir nuevas líneas en salud, cosmética y bienestar. Y sí, suena ambicioso.
Un animal delicado, caro y cada vez más difícil de encontrar
Los pepinos de mar son un manjar en muchas culturas asiáticas y aparecen en celebraciones señaladas, donde se valoran tanto por su textura gelatinosa como por sus supuestas propiedades medicinales y curativas. Durante años han sido un producto asociado al lujo. El problema es el de siempre cuando algo vale mucho: la presión sobre la especie acaba pasando factura.
La sobreexplotación ha dejado a estas poblaciones en una situación complicada. Como se reproducen por fecundación externa, necesitan concentraciones elevadas de ejemplares para que la reproducción funcione en libertad. Cuando los números caen demasiado, el sistema se rompe. Así de simple. Y de ahí viene el cuello de botella que Tahiti Marine dice haber sorteado.
La empresa trabaja con dos especies especialmente cotizadas, Holothuria fuscogilva y Holothuria whitmaei, ambas protegidas bajo el convenio CITES por el riesgo de sobreexplotación. Fabrice Ancey, fundador y consejero delegado de Tahiti Marine, asegura que son los únicos capaces de reproducir ambas especies en el mundo. Una afirmación enorme, desde luego, y que marca el tono de todo el proyecto.
La receta: criarlos sin gastar más de la cuenta
Para sacar adelante el cultivo, la empresa ha montado un entorno de reproducción artificial con grandes tanques que permiten el desove en condiciones controladas. A partir de ahí, el proceso se apoya en una cadena que combina hatcheries, viveros y distintas instalaciones repartidas por islas de la Polinesia Francesa. No es un sistema improvisado; está pensado para encajar en un entorno marino delicado.
Un evento de desove típico genera entre 600.000 y 800.000 larvas, aunque alrededor del 20% no sobrevive. Después, cuando van madurando, pasan del hatchery a sistemas de nursery, una especie de lagunas artificiales donde continúan creciendo. El agua de mar se bombea directamente a estas instalaciones y, para controlar posibles medusas que entren con el caudal, se usan meros como peces de apoyo. Un detalle curioso. Y bastante práctico.
Lo que más le interesa a la empresa es que el modelo sea de bajo impacto. El bombeo del agua puede funcionar con paneles solares, lo que reduce la dependencia eléctrica y abarata costes. Además, la alimentación tampoco sigue el patrón habitual del sector, donde la factura del pienso suele pesar muchísimo: Tahiti Marine produce algas propias y las usa como alimento específico para las crías, después de haber observado que es lo que comen cuando son pequeñas. Esa formulación, según la compañía, les permite crecer.
Cuando el cultivo también paga la conservación
El giro más interesante está en la parte social. Tras entre 18 y 24 meses, los jóvenes pepinos de mar se venden a bajo coste a habitantes de comunidades insulares, que los protegen hasta que alcanzan un tamaño adecuado para la cosecha. Después, Tahiti Marine los recompra por peso. El resultado es una cadena que crea un ingreso nuevo para los isleños y, al mismo tiempo, les da un motivo directo para cuidar a los animales mientras crecen.
Ancey lo define como una economía circular completa, y la verdad es que la idea encaja: la empresa gana producción, las comunidades obtienen ingresos y el ecosistema recibe un respiro. Los pepinos de mar, además, cumplen una función ecológica muy concreta porque consumen materia orgánica y ayudan a reciclar nutrientes que terminan beneficiando a los arrecifes de coral y a otras formas de vida marina.
Cuando desaparecen, ese proceso también se pierde. Y ahí está la clave del proyecto: no solo recuperar una especie valiosa, sino restaurar una pieza del engranaje marino que estaba fallando. No es poca cosa.
Singapur entra en la ecuación
La compañía quiere ir más allá del alimento y está explorando oportunidades en complementos para la salud, cosmética y productos de bienestar elaborados con bioactivos marinos extraídos de pepinos de mar cultivados. Ya comercializa productos bajo la marca ATEA y, según Ancey, cada día aparecen nuevos hallazgos alrededor de estos animales. Suena a un campo con recorrido, aunque todavía queda mucha ciencia por delante.
Ese es precisamente el punto en el que aparece Singapur. Tahiti Marine estudia instalar allí una operación piloto centrada en el desarrollo de hatchery, la producción en vivero y la investigación científica. El país le resulta atractivo por su infraestructura, su capital humano y la calidad de sus laboratorios, que podrían acelerar el ritmo de los estudios. La empresa quiere moverse más rápido. Y Singapur le encaja como laboratorio de batalla.
Hay también un motivo menos romántico y bastante terrenal: la seguridad. Ancey advierte de los riesgos de operar en ubicaciones remotas, donde productos acuícolas de alto valor pueden atraer robos e incluso piratería. “Pirates are a real problem”, viene a decir. En islas muy aisladas, cualquier carga valiosa se convierte en un blanco fácil. Habrá que ver si ese salto a Singapur acaba siendo el empujón definitivo o solo la siguiente parada de un proyecto que, desde luego, no deja indiferente.