A veces, la historia más jugosa no está en el último gadget, sino en lo que una empresa decide volver a mirar con hambre. Y eso es justo lo que está haciendo John Deere en Brasil: convertir el país en su gran laboratorio para probar desde conectividad y agricultura de precisión hasta un motor de etanol que todavía está en desarrollo.
No hablamos de un capricho exótico. Hablamos de un mercado donde faltan manos, sobran retos y, aun así, el campo no se detiene. En una mesa redonda celebrada en São Paulo, Cristiano Correia, vicepresidente global de caña de azúcar y vicepresidente de sistemas de producción para Latinoamérica, dejó claro que la escasez de trabajo está empujando a los agricultores brasileños a mirar cada vez más hacia la automatización. Y John Deere ha olido la oportunidad.
Cuando falta gente, la máquina entra en escena
Correia fue directo: hoy la gran necesidad del cliente no es solo encontrar personal cualificado, sino, directamente, encontrar personal. La frase tiene miga, porque retrata un problema que en Brasil se ha vuelto más agudo a medida que crece el negocio agrícola.
Y eso cambia el tablero. Cuando no hay suficientes manos para cubrir el trabajo diario en el campo, la tecnología deja de ser un lujo y pasa a ser una tabla de salvación. Ahí es donde John Deere quiere meter el hombro con soluciones que no se limiten a una sola máquina, sino que cubran todo el sistema productivo: desde la preparación del suelo hasta la siembra, la aplicación, la cosecha y la logística.
El primer paso, según la compañía, es la conectividad. Sin conexión estable no hay automatización que aguante ni datos que fluyan como deben. Y en ese terreno la firma ya ha movido ficha con JDLink Boost, un servicio impulsado por Starlink que se lanzó en Brasil y que, según Correia, ya ha vendido más de 10.000 unidades.
Ese servicio alimenta de información el Operations Center de John Deere, su plataforma digital para la gestión agrícola. Traducido al idioma del campo: más datos, más seguimiento y más margen para tomar decisiones sin ir a ciegas. Suena simple. No lo es.
Brasil además aprieta el acelerador por una razón que en otros mercados pesa menos: los sistemas de doble y hasta triple cultivo hacen que el uso de maquinaria sea muy alto. A eso se suma que los agricultores brasileños intentan exprimir al máximo sus activos de capital, en parte por unos tipos de interés elevados y por unas cuentas de explotación complicadas.
La paradoja es clara: el negocio crece, pero trabajar en el campo resulta cada vez menos atractivo para mucha gente. Y esa tensión está acelerando la adopción tecnológica. Correia lo resumió con una idea muy sencilla: los agricultores brasileños se están volviendo muy competitivos por la forma en que integran la tecnología en su trabajo diario.
La autonomía ya no suena tan lejana
Hace unos años, hablar de autonomía en el campo podía sonar a ciencia ficción. Hoy ya forma parte del discurso industrial, y John Deere lo está empujando con fuerza en Brasil. La compañía entiende que, si el problema estructural es la falta de mano de obra, la respuesta no puede ser solo más eficiencia: también hace falta que las máquinas asuman más tareas.
Correia lo dejó caer sin rodeos: la empresa trabaja para llevar soluciones autónomas que ayuden a los clientes a sostener el ritmo de crecimiento del negocio agrícola. Y no es poca cosa, porque el propio empuje del sector brasileño alimenta la necesidad de ir un paso más allá.
Hay dos fuerzas que están tirando del mercado, explicó: la demanda de combustible y la demanda de alimentos sostenibles. Si a eso se suma que cada vez menos personas quieren trabajar en el campo, el resultado es casi inevitable. Más automatización, más conectividad y más presión para que la tecnología haga el trabajo duro.
Lo interesante aquí es que John Deere no parece estar improvisando. Está conectando piezas: primero la red, luego el flujo de datos, después la automatización. Y mientras tanto, el agricultor sigue intentando sacar rendimiento a cada hectárea, a cada tractor y a cada campaña. El orden importa, y mucho.
El motor de etanol que mira al cañaveral y al maíz
La otra gran carta que John Deere está jugando en Brasil tiene un aire bastante distinto, pero encaja en la misma lógica de fondo: buscar soluciones pensadas para lo que el mercado ya está pidiendo. Y ahí entra su motor de etanol, todavía en desarrollo.
La compañía ya mostró un prototipo montado sobre un tractor 8R en Agrishow 2025, celebrado en Ribeirão Preto, en el estado de São Paulo. No es un detalle menor. Brasil es uno de los grandes mercados mundiales del etanol, empujado por la política pública y por una potente industria de la caña de azúcar y la soja.
Correia lo explicó con una imagen muy gráfica: en Brasil, prácticamente en cualquier sitio se puede encontrar una gasolinera que suministra etanol. Y si ese combustible ya forma parte del paisaje cotidiano, tiene sentido que la maquinaria agrícola también quiera hablar ese idioma.
La caña de azúcar sigue siendo un negocio enorme en el país, y John Deere quiere asegurarse una parte de ese mercado con una solución adaptada a sus clientes. Pero no se queda ahí. También está creciendo muy rápido el etanol producido a partir de maíz, que en Brasil gana tracción con fuerza porque gran parte del maíz se obtiene en segunda cosecha.
Eso, según Correia, hace que ese etanol ya sea muy competitivo y que exista impaciencia por contar con un motor específico. La compañía, por tanto, no solo está mirando el presente de los grandes cultivos brasileños, sino también el combustible que puede moverlos en los próximos años.
Y aquí está la jugada completa: conectividad para que los datos no se pierdan, automatización para cubrir la falta de mano de obra y un motor de etanol para encajar en un mercado que ya vive de ese combustible. John Deere ha elegido Brasil para probar el futuro, y la apuesta va bastante más allá de una simple demo. Habrá que ver cuándo aterriza de verdad y a qué ritmo. Nosotros, desde luego, seguiremos atentos.