A veces lo más interesante no es lo que se inventa desde cero, sino lo que consigue rescatar un suelo agotado. Y justo por ahí va Terraxy, una start-up con base en Arabia Saudí que acaba de levantar 3 millones de dólares en una ronda Seed-2 para llevar su tecnología de regeneración de suelos del laboratorio a la fábrica, y de la promesa a la escala real.
La operación la ha liderado Wa’ed Ventures, el brazo de capital riesgo de Aramco, con la participación de la Universidad Rey Abdullah de Ciencia y Tecnología, más conocida como KAUST. El dinero servirá para dar el salto de la producción piloto al despliegue industrial, incluido el levantamiento de una planta comercial de 30.000 metros cuadrados en Al Zulfi. Y ojo, porque aquí no hablamos solo de una ronda más: hablamos de una tecnología nacida en el ecosistema saudí que quiere meterse de lleno en uno de los problemas más duros del desierto, el suelo.
Del laboratorio al desierto. Sin red de seguridad.
Terraxy no vende humo de silicio ni promesas de PowerPoint. Su negocio gira en torno a Carbosoil, un mejorador de suelos pensado para terrenos áridos, donde el agua se escapa demasiado rápido y los nutrientes duran un suspiro. En un país donde la arena manda y el cultivo lo tiene difícil, la compañía asegura que su tecnología puede impulsar hasta un 70% el crecimiento y el rendimiento de las plantas usando la misma cantidad de agua y nutrientes.
Ese dato, si se confirma fuera del entorno controlado, puede cambiar bastante el tablero. Porque en zonas con estrés hídrico, cada litro cuenta, y cada mejora en eficiencia vale casi tanto como una nueva fuente de agua. La empresa pone el foco en la productividad, sí, pero también en algo más delicado: hacer que la tierra vuelva a comportarse como tierra y no como un pasillo por el que todo se escapa.
El problema no es menor. A escala global, alrededor de un tercio de los suelos están degradados, lo que castiga la productividad agrícola y debilita la resiliencia de los ecosistemas. En Arabia Saudí el reto se agrava, porque los suelos arenosos retienen mal el agua y los nutrientes, y eso complica tanto la agricultura como los proyectos de revegetación a gran escala. Hace años esto sonaba a ciencia ficción; hoy ya hay plantas comerciales en camino.
La otra cara del negocio: carbono bajo tierra
Terraxy no quiere quedarse solo en la parte agrícola. También está vendiendo su tecnología como una herramienta de gestión del carbono, con la idea de almacenar CO₂ en los suelos durante siglos. Esa doble lectura —más producción y más captura de carbono— es la que la convierte en una propuesta especialmente apetecible para inversores y para instituciones que buscan soluciones con impacto medible.
Ahmad O. Al-Khowaiter, vicepresidente ejecutivo de tecnología e innovación de Aramco, ha descrito la compañía como un ejemplo de innovación de “doble impacto”, capaz de atacar a la vez la degradación del terreno y la eliminación de carbono. La etiqueta suena bien, pero detrás hay una apuesta muy concreta: si el suelo puede volver a funcionar mejor, también puede convertirse en un sumidero útil en tiempos de presión climática.
Wa’ed Ventures, que ha puesto el dinero sobre la mesa, ha señalado precisamente ese ángulo: soluciones de tecnología profunda, o deep-tech, que resuelvan problemas reales y además puedan crecer. Y esa es la clave. No basta con que el invento funcione en un invernadero; tiene que resistir el salto a la industria, a la logística, a los costes y a la realidad, que siempre llega con menos paciencia que el discurso.
La validación no ha sido improvisada
Antes de llegar a esta ronda, Terraxy ya había pasado por el Regulatory Sandbox del Ministerio de Medio Ambiente, Agua y Agricultura de Arabia Saudí, un marco pensado para probar tecnologías emergentes en condiciones reales. Traducido al día a día: la compañía ha podido ensayar su propuesta con supervisión y validación ambiental antes de saltar a una fase más ambiciosa.
Desde el ministerio, su viceministro de Investigación e Innovación, Abdulaziz Almalik, ha defendido este tipo de mecanismos como una forma de acelerar el despliegue de tecnologías desarrolladas localmente sin perder de vista la seguridad y la validación ambiental. No es un detalle menor. En sectores donde una mala implementación puede salir cara, los atajos suelen durar poco.
También pesa el ecosistema que hay detrás. Terraxy es una empresa surgida de KAUST, y la National Transformation Institute de esa universidad ha acompañado su evolución desde la investigación de laboratorio hasta la fase piloto y ahora la comercial. El profesor Himanshu Mishra, cofundador de Terraxy, ha explicado que su desarrollo no responde a un único hallazgo milagroso, sino a la fuerza del entorno de innovación que lo rodea. Y sinceramente, suena más creíble así.
En paralelo, desde NTI, Ian Campbell ha ligado este tipo de tecnologías con la Iniciativa Verde de Arabia Saudí y con los mercados de carbono emergentes. La ecuación es fácil de leer: restaurar tierras degradadas, mejorar el uso del agua y abrir una vía de valor económico alrededor del carbono. Si todo encaja, la idea tiene recorrido; si no, se quedará en una buena demostración científica. Habrá que ver.
La planta de Al Zulfi y el salto de verdad
El siguiente gran paso será la construcción de una instalación comercial de 30.000 metros cuadrados en Al Zulfi. Ese movimiento marca el intento más serio de Terraxy por abandonar el terreno de los pilotos y entrar en el de la producción industrial. Y ahí es donde muchas historias prometedoras se complican: fabricar a gran escala no es solo producir más, sino hacerlo de forma estable, con costes controlados y suministro continuo.
La apuesta también encaja con el impulso saudí por reverdecer paisajes, mejorar la eficiencia de recursos y avanzar bajo su Visión 2030. Para los inversores, Terraxy se coloca justo en un cruce muy atractivo: agricultura, agua y carbono. Tres frentes distintos que, juntos, forman una narrativa bastante potente para un país que busca diversificar su economía y responder a presiones climáticas y alimentarias.
Lo más llamativo, al final, no es solo que una start-up haya conseguido financiación. Es que está intentando convertir un problema viejo como el desierto en una oportunidad industrial nueva. Y eso, cuando pasa de verdad, cambia mucho más que una parcela. Nosotros seguiremos atentos a si esta vez la promesa aterriza a tiempo y con cifras que aguanten fuera del folleto.
