A veces la gran noticia no está en sacar más cereal del campo, sino en conseguir que el cultivo contamine menos mientras produce igual —o más—. Y eso es justo lo que ha encontrado un ensayo en Corea con dos programas comerciales de Syngenta en arrozales inundados: GroMore-Duo logró el mayor rendimiento de grano y GroMore-Star combinó una producción alta con la menor intensidad de gases de efecto invernadero por kilo de arroz. Un equilibrio que, sinceramente, suena a lo que el sector lleva años buscando.
El arrozal, ese viejo culpable que sigue dando guerra
Los campos de arroz inundados son una de las grandes fuentes agrícolas de metano, un gas de efecto invernadero especialmente problemático. La razón es tan simple como incómoda: el agua cubre el suelo, falta oxígeno y las bacterias que producen metano encuentran el escenario perfecto para trabajar a toda máquina.
El reto para las empresas agroalimentarias es mayúsculo. Reducir emisiones sin tocar el rendimiento ya sería un logro; hacerlo además en un cultivo tan extendido como el arroz roza la jugada perfecta. Y ahí es donde entra este estudio, que ha puesto a prueba dos variantes de un programa comercial de protección de cultivos en un campo gestionado por un agricultor en Pyeongtaek, en la provincia de Gyeonggi, durante la campaña de 2025.
Los investigadores, de Syngenta y la Universidad Nacional Hankyong, compararon GroMore-Duo y GroMore-Star bajo dos niveles de nitrógeno. Ambos programas combinan ingredientes para el control de insectos y hongos con aminoácidos y micronutrientes, pero difieren en el activo principal usado contra las plagas: thiamethoxam en un caso y pymetrozine en el otro.
Más arroz, menos metano. Y sin cambiar el calendario
Para evitar trampas y cruces entre parcelas, el ensayo se montó con 18 bloques separados por bordes de tierra y barreras subterráneas de plástico. Nada de agua escapándose de un tratamiento a otro, ni de productos mezclándose donde no tocaba. El diseño buscaba medir rendimiento y emisiones en condiciones lo más parecidas posible a las de una explotación real.
Los resultados dejaron poco espacio para la duda. Con manejo convencional, el rendimiento fue de 6,87 megagramos por hectárea. Con GroMore-Duo, el campo subió hasta 9,88 megagramos por hectárea, la cifra más alta del ensayo. GroMore-Star también respondió con fuerza, con 9,05 megagramos por hectárea, una cantidad muy seria para un tratamiento que, además, salió bien parado en el apartado climático.
Porque ahí está la otra mitad de la historia. GroMore-Star registró la menor intensidad de gases de efecto invernadero, con 0,69 kilogramos de CO2 equivalente por kilogramo de grano. Además, redujo las emisiones totales estacionales de metano un 10,6% frente a las prácticas convencionales. No es poca cosa: menos huella por kilo producido y, al mismo tiempo, un volumen de cosecha que sigue siendo competitivo.
La clave está bajo el agua, no solo en la espiga
Más allá del resultado final, el equipo quiso seguir el rastro del metano a lo largo de los seis meses de cultivo. Y ahí apareció un detalle interesante: en los tratamientos con GroMore, el pico de acumulación rápida de metano llegó antes que en el manejo convencional. Tanto GroMore-Duo como GroMore-Star alcanzaron ese punto en torno a los 69 días tras el trasplante de las plántulas.
En comparación, el grupo sin tratamiento específico llegó a ese umbral a los 86 días, y el cultivo manejado de forma convencional lo hizo a los 89. La lectura de los autores es que las plantas mejor nutridas y más vigorosas desvían más carbono hacia la formación del grano y menos hacia el sistema radicular. Y como las bacterias del suelo se alimentan de ese carbono que sale de las raíces para fabricar metano, el cambio les corta parte del suministro. Así de técnico. Y así de relevante.
Lo llamativo es que este efecto no vino acompañado de un cambio en el ritmo normal del cultivo. La fecha de espigado, es decir, el momento en que emerge la panícula del tallo, fue la misma en todas las parcelas. Eso significa que el descenso de emisiones no se debió a que el arroz madurara antes o después, sino a la forma en que el manejo alteró la formación del grano y su relación con el suelo durante la fase reproductiva.
La foto que deja el ensayo para el campo de mañana
Los autores subrayan que medir solo las emisiones totales por hectárea se queda corto. Lo que de verdad permite comparar tratamientos, dicen, es cruzar esas emisiones con el rendimiento obtenido. Y ahí es donde GroMore-Star sale especialmente bien parado: alta productividad, menor intensidad climática y sin tocar la fenología del cultivo.
La conclusión que deja este trabajo va más allá del arroz coreano. Si un programa comercial de protección puede ayudar a producir más y, al mismo tiempo, a reducir la carga climática por kilo cosechado, el sector agroquímico tiene una pista clara de hacia dónde debería mirar. No basta con controlar plagas; ahora también toca pedirle cuentas al carbono. Y ojo, porque esa conversación ya no es futurista: está aquí.
Habrá que ver si este tipo de soluciones logra trasladarse a más contextos y con qué coste para el agricultor. La partida, desde luego, ya se ha movido.
