Vinarice limpia el arroz y supera objetivos con su apuesta de baja emisión: más cosecha y más retorno

A veces lo más interesante no es que una empresa produzca más arroz, sino que logre hacerlo gastando menos, contaminando menos y, de paso, dejando más dinero en el bolsillo de quien lo cultiva. Eso es justo lo que acaba de presentar Vinarice con su iniciativa Climate Change-Resilient Rice Value Chain Transformation (TRVC): resultados por encima de los objetivos, un salto enorme en superficie y una señal muy clara de que el modelo, al menos por ahora, funciona.

La compañía dio a conocer el 19 de junio los resultados del proyecto y el balance no es precisamente tímido. En tres ciclos de cultivo, las emisiones medias bajaron entre 3,79 y 3,89 toneladas de CO2e por hectárea y cultivo, una cifra que supera con holgura los parámetros habituales en el delta del Mekong. Y, mientras el foco estaba en recortar huella, la rentabilidad de los agricultores también subió con fuerza: 54,02 % de beneficio medio adicional, casi el doble del mínimo exigido por el propio proyecto.

Lo más llamativo, sinceramente, es que ese resultado no llegó por magia ni por subvenciones eternas, sino por una combinación de menos insumos, menos agua y mejores prácticas de cultivo. La verificación fue independiente, a cargo de la estadounidense Regrow, mediante un sistema de medición, reporte y verificación —MRV, por sus siglas en inglés— que mezcla datos de campo con seguimiento por satélite y que obtuvo una puntuación de fiabilidad de 0,92 sobre 1,0. Nada mal para una iniciativa agrícola que quiere convencer al mercado y no solo al papel.

Menos insumos, más margen. Ahí está la trampa buena

Vinarice asegura que, incluso en el tercer cultivo, el proyecto aguantó el tirón cuando los precios mundiales del arroz cayeron con fuerza. Y ahí está la clave: la rentabilidad no se sostuvo por una mejora del mercado, sino por una bajada estructural de costes que dejó más aire al productor. La empresa afirma que el uso de semilla cayó más de un 30 %, el fertilizante nitrogenado se redujo un 20 % y el bombeo para riego pasó de ocho veces por campaña a cuatro o cinco.

Con plantas más sanas, también se recortó el uso de pesticidas. El resultado fue una ecuación bastante seductora para cualquier agricultor: menos gasto, rendimientos que se mantienen o incluso mejoran, y una comercialización que no castiga el esfuerzo extra. En un sector donde cada euro cuenta, esa combinación pesa más que cualquier discurso bonito sobre sostenibilidad.

La iniciativa además fue escalando a toda velocidad. Lo que arrancó con un piloto de 997 hectáreas en el primer cultivo pasó a 20.518 hectáreas en el segundo y a 27.003 hectáreas en el tercero. En total, Vinarice ya ha alcanzado más de 48.500 hectáreas, alrededor del 57 % de toda el área del proyecto TRVC, con más de 11.102 agricultores implicados.

Cuando el agricultor vuelve, el experimento deja de parecer experimento

Hay un dato que suele pesar más que cualquier gráfico: la gente vuelve. Y aquí ha pasado eso. Los agricultores han participado de forma voluntaria en ciclos sucesivos, sin obligación ni subsidios permanentes, algo que suele separar una buena idea de un modelo que puede vivir por sí solo. Si no hubiera números que cuadraran, el entusiasmo se habría quedado en la primera campaña.

Una de las voces que lo explica es la de Ho Thi Thuy Hang, agricultora de la provincia de Dong Thap. Antes de sumarse al proyecto, cuenta, sus costes rondaban los 3 millones de VND por hectárea; después, se sitúan en torno a 2,5 millones de VND por hectárea por cada 1.000 m². Y, además, Vinarice compra el producto a un precio superior al del mercado. La agricultora calcula que los costes totales rondan los 25 millones de VND por hectárea, mientras que la venta del arroz se mueve entre 40 y 50 millones de VND por hectárea.

El mensaje de fondo es bastante directo: si el campo gana, el proyecto se queda. Y si el proyecto se queda, deja de ser un ensayo bonito para convertirse en una forma distinta de producir. Esa sensación de “merece la pena repetir” es la que ha empujado la adopción voluntaria y la expansión rápida de la superficie trabajada.

La etiqueta verde y el ojo puesto en 2027

Más allá de la cuenta de resultados agrícola, Vinarice también está buscando una historia comercial con recorrido. Parte de su producción ya se ha registrado bajo la etiqueta “Vietnam Green Rice – Low Emissions”, certificada por la Asociación de la Industria Arrocera de Vietnam (VIETRISA). Traducido a tierra firme: trazabilidad entre lo que se hace en la parcela y el impacto ambiental que se declara después.

Ese detalle importa cada vez más en los mercados de exportación, donde no basta con vender arroz; hay que vender una forma de producirlo. Y la empresa también mira ya a otro tablero: el mercado de carbono de Vietnam, que se espera que esté operativo en 2028. No es un salto pequeño. Es una apuesta por monetizar, tarde o temprano, aquello que antes solo se veía como coste o trámite.

La financiación del proyecto corrió a cargo del Gobierno australiano, a través de la organización de desarrollo neerlandesa Stichting Nederlandse Vrijwilligers (SNV), en colaboración con el Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente de Vietnam (MAE, por sus siglas en inglés). Y el objetivo de aquí a delante ya está puesto sobre la mesa: alcanzar 100.000 hectáreas de arroz de bajas emisiones en 2027.

“Esta historia no puede terminar aquí; tiene que continuar”, afirmó Nguyen Thi Tra My, directora general de PAN Group. Su mensaje va en la línea de todo lo anterior: solo cuando el agricultor gana de verdad, y gana mucho, la cadena puede sostenerse a largo plazo. Habrá que ver si esa expansión mantiene el ritmo y si el mercado paga lo que promete; nosotros, desde luego, estaremos atentos.

Deja un comentario