A veces el campo no mira solo al cielo: también está pendiente del estrecho de Ormuz, de los aranceles y de una cadena de costes que no deja de tensarse. Ese es el paisaje que han dibujado los agricultores estadounidenses mientras arrancan la cosecha de este año y se preparan para la campaña comercial de 2026/27, con una advertencia incómoda encima de la mesa: los insumos podrían volver a encarecerse.
Stephen Nicholson, responsable de cultivos en Norteamérica de RaboResearch, ha puesto palabras a una sensación que en el agro se conoce demasiado bien: cuando parece que el suelo se estabiliza, alguien vuelve a moverlo. Su preocupación es que los costes de los insumos en 2027 sean peores o más altos que en 2026, arrastrados por la guerra entre Irán e Israel, la incertidumbre en el estrecho de Ormuz y el regreso de los aranceles.
La factura que no deja de subir
El problema no llega por una sola vía, sino por varias a la vez. La guerra en Irán ya ha sacudido el mercado de fertilizantes y ha avivado las dudas sobre la disponibilidad de productos fitosanitarios. Y, mientras tanto, los nuevos aranceles aprobados el 23 de julio han añadido otra capa de presión sobre distintos insumos agrícolas.
Nicholson lo resume con crudeza: el acero y el aluminio no van a dejar de entrar, así que eso no ayuda a los fabricantes de maquinaria agrícola ni a los de camionetas; y la tensión en el estrecho de Ormuz tampoco favorece al mercado de fertilizantes. La sensación es que ese ruido de fondo ha venido para quedarse, al menos durante una buena temporada.
En el caso de los fertilizantes, la historia se complica todavía más. Desde que empezó la guerra, la industria ha sufrido sacudidas en precios y ha crecido la preocupación por la oferta de materias activas para proteger cultivos. En Europa, además, la producción de urea y amoníaco se ha reducido por las normas medioambientales, lo que estrecha aún más el mercado.
Fósforo caro, azufre más caro todavía
La parte más áspera del problema está en la producción de fosfatos. Para fabricar fertilizantes fosfatados hacen falta precursores como el ácido sulfúrico, y ahí es donde el rompecabezas se ha vuelto casi imposible de cuadrar. Si el ácido sulfúrico sube más que el propio producto final, las cuentas dejan de salir.
Eso ha llevado a movimientos concretos en la industria. En abril, Mosaic anunció un plan para reducir en un millón de toneladas su producción desde su división sudamericana, Mosaic Fertilizantes, precisamente por el encarecimiento del azufre.
Con precios récord del fosfato, los márgenes deberían ser jugosos, pero Nicholson advierte de que, cuando el ácido sulfúrico se dispara aún más, los productores de roca fosfórica se quedan en negativo. Y cuando una planta pierde dinero cada vez que arranca, la decisión acaba siendo bastante simple: se para.
La onda expansiva no se queda en los fertilizantes. Nicholson también anticipa que la química agrícola podría encarecerse en 2027 si los aranceles siguen empujando al alza los costes. Incluso las semillas, dice, suben con una regularidad casi insultante, “como los impuestos sobre la propiedad”.
La soja estadounidense sigue peleando cuesta arriba
En paralelo, la demanda tampoco da un respiro. La soja de Estados Unidos sigue siendo competitiva, pero Brasil mantiene una presión fortísima en el mercado internacional. Y la relación comercial con China continúa envuelta en dudas, justo donde más duelen: en el volumen real de compras comprometidas.
Los números de junio hablan por sí solos. China importó 12,08 millones de toneladas de soja desde Brasil y 1,27 millones desde Estados Unidos, una subida del 13,7% en el primer caso y una caída del 20,6% en el segundo respecto al mismo mes del año anterior.
El problema no es solo comercial, sino también de relato. Nicholson ha señalado que hay confusión sobre cuánto se pactó realmente, en qué plazos y si Pekín lo asumió de verdad. Una cosa es lo que se anuncia y otra muy distinta lo que termina entrando por el puerto. Y ahí, como saben bien los productores, mandan los barcos, no los discursos.
Mientras tanto, el clima sigue siendo una incógnita razonable, pero no una tragedia anunciada. Nicholson no ve a Estados Unidos encaminado a otro récord absoluto de maíz o soja en 2025/26, aunque sí cree que el potencial para una campaña muy buena está ahí. El exceso de agua, sobre todo en algunas zonas del corazón del Corn Belt, ha sido el mayor quebradero de cabeza.
Más ayudas, más alivio… y el mismo dilema de fondo
Las márgenes ajustadas de 2026 han reabierto otra conversación conocida: la posibilidad de más apoyo público. La Cámara de Representantes aprobó el 22 de julio una resolución presupuestaria de 95.000 millones de dólares que incluía 12.000 millones adicionales para ayudar al campo, después de que este año la Administración Trump ya hubiera destinado otros 12.000 millones.
El alivio existe, pero no viene gratis. Nicholson advierte de que meter más dinero en un sistema con oferta ajustada puede acabar alimentando la inflación dentro de la propia economía agraria. Y eso deja a muchos agricultores en una posición incómoda: agradecidos por el respaldo, sí, pero cansados de depender de él para cuadrar las cuentas.
La ayuda puntual no está resolviendo el problema de fondo, que son unas márgenes persistentemente estrechas y una rentabilidad frágil. Lo que los productores querrían, en el fondo, es algo mucho menos espectacular y mucho más sano: vender su cosecha al mercado y no tener que calcular si llegarán al equilibrio gracias a un pago público.
Ese es el telón de fondo con el que arranca la nueva campaña: insumos más caros, geopolítica incómoda, competencia exterior y una red de seguridad que no termina de arreglar lo que se rompe cada año. Habrá que ver si 2027 trae algo de calma o si el campo vuelve a pagar la factura antes que nadie.