WineGB pide apoyo a medida para que el vino británico aproveche su potencial de crecimiento

A veces lo más interesante no es el brindis, sino lo que pasa antes: quién cultiva la uva, quién embotella, quién vende y quién consigue que el consumidor repita. Y ahí, el vino británico está en un punto delicado pero prometedor. Ha crecido, ha mejorado y empieza a ganarse respeto dentro y fuera del Reino Unido, pero todavía corre el riesgo de quedarse a medias si no llega más apoyo político, según ha advertido Nicola Bates, consejera delegada de WineGB.

La máxima responsable de la organización del sector ha puesto el dedo en la llaga durante una intervención en la nueva Vines & Viticulture Stage de Fruit Focus, en East Malling, Kent. Su mensaje fue directo: el sector necesita producir vino, venderlo mejor y, sobre todo, contar mejor su historia. Y no lo tiene sencillo. Falta mano de obra, falta visibilidad y falta músculo para invertir a largo plazo.

Los números, eso sí, acompañan bastante más que hace unos años. El sector ya suma más de 1.100 viñedos, unas 280 bodegas y 4.800 hectáreas productivas bajo vid. Hace tiempo, esto sonaba a nicho pequeño; hoy ya es una industria en expansión que busca un hueco mucho más ambicioso. Y ojo, porque el siguiente salto no será barato.

El gran salto no será sin gente

El crecimiento del vino inglés y galés tiene un problema muy claro: necesita más personas para sostenerlo. Bates fue bastante precisa al ponerle cifra al reto. De aquí a 2040, el sector va a requerir 30.000 empleados. Ahora mismo, según sus datos, cuenta con unos 3.300 trabajadores a tiempo completo y alrededor de 10.000 temporeros cada año.

La cuenta no sale sola. Y menos si se quiere seguir ampliando superficie, mejorar la calidad y competir en mercados cada vez más exigentes. En el fondo, el vino británico está intentando pasar de una estructura todavía muy ajustada a otra mucho más profesionalizada, con personal suficiente para viticultura, bodega, ventas, comunicación y turismo.

Para Bates, la tarea de WineGB pasa por ayudar a los productores a hacer vino, colocarlo en el mercado y explicar por qué merece atención. Parece simple, pero no lo es tanto cuando la mayoría de las explotaciones siguen siendo pequeñas. De hecho, alrededor de dos tercios de los miembros de la organización producen menos de 10.000 botellas al año. Hablamos, por tanto, de negocios familiares, de pasión y de mucho trabajo manual. Y sí, también de márgenes muy apretados.

Convencer al consumidor, dentro y fuera

El otro gran frente está en casa. El sector quiere que más consumidores británicos elijan vinos de Inglaterra y Gales cuando compran o piden una copa. No basta con exportar y enseñar etiqueta; primero hay que hacer que el cliente local pruebe el producto, repita y lo incorpore a sus hábitos. Bates lo resumió con una pregunta muy de trinchera: cómo conseguir que quienes ya beben vino en Reino Unido se decanten por el producto local.

La batalla, además, no es solo comercial. También es de percepción. La dirigente de WineGB sostuvo que la imagen del vino inglés y galés no ha corrido al mismo ritmo que su calidad. Dijo, con bastante seguridad, que hoy hay vinos excepcionales, algo que hace una década quizá no se afirmaba con la misma confianza. La calidad ha avanzado. La fama, todavía va detrás.

Ese desfase se nota especialmente en que muchos consumidores siguen sin haber probado nunca un vino inglés o galés. Mientras tanto, la distribución empieza a moverse: más minoristas están dándoles espacio en tienda, aunque falta ayudarles a contar bien la historia. Porque no es solo poner la botella en la estantería; hay que hacer que el consumidor entienda qué está comprando y por qué debería fijarse en ella.

La burbuja que empuja y la mesa de apoyo que falta

Si hay una categoría que tira del carro, esa es el espumoso. El vino espumoso sigue siendo la gran bandera del sector y también su mejor carta de presentación fuera de fronteras. Las ventas han pasado de 2,2 millones de botellas en 2018 a 6,2 millones hoy. Son tres veces más en seis años. Un salto que, en cualquier sector agrícola o agroalimentario, ya sería una noticia mayor.

Además, el espumoso concentra alrededor del 90% de las exportaciones. Es decir, la apuesta internacional está muy marcada por esa categoría. Pero Bates dejó claro que el vino tranquilo también tiene recorrido, porque la mejora de calidad abre oportunidades nuevas. No todo está en la burbuja; hay margen para que otras referencias ganen sitio a base de constancia y producto.

El problema es que el contexto económico no ayuda. Según explicó, la gente sale menos a comer y a beber fuera, y eso recorta una de las vías más eficaces para descubrir vinos ingleses y galeses: la hostelería. Si baja el tráfico en restaurantes, bares y locales, cae también el primer contacto con la categoría. Y lo que no se prueba, cuesta venderlo después en tienda.

Tres pedidas de guerra para seguir creciendo

WineGB ha puesto sobre la mesa tres grandes peticiones dentro de su manifiesto de crecimiento. La primera es cambiar las normas de etiquetado para que solo pueda llamarse vino británico aquel que se elabore con uvas cultivadas en Reino Unido. Bates fue tajante: quieren proteger sus uvas y evitar que productos que no nacen de esas parcelas se aprovechen del mismo nombre.

La segunda petición tiene que ver con el dinero. El sector reclama más acceso a subvenciones y apoyo a la inversión para construir bodegas, comprar equipamiento, impulsar el marketing, reforzar la formación e invertir en investigación y desarrollo. En otras palabras: nivelar el terreno de juego frente a países donde los productores sí cuentan con mecanismos de respaldo. Francia y España aparecieron como ejemplos de mercados grandes con más apoyo estructural que el disponible para los británicos.

La tercera propuesta es un incentivo para el enoturismo: una rebaja fiscal que elimine el impuesto especial sobre el vino vendido directamente en viñedos y bodegas hasta un límite de 50.000 botellas. La idea es sencilla y bastante tentadora para los pequeños productores: lo que se ahorre en impuestos volvería al negocio para nuevas inversiones. Bates calculó que la medida supondría una inyección de unos 6 millones de libras al año desde el Tesoro al sector.

Y hay razones para que esa vía guste. El turismo del vino ya mueve a unas 1,5 millones de personas que visitan viñedos en Reino Unido. La experiencia directa ayuda a crear recuerdo, vínculo y, con suerte, compras posteriores. No es solo una visita: es una forma de convertir curiosidad en fidelidad. A eso se suma la sostenibilidad, cada vez más importante como factor de compra y de exportación. El programa Sustainable Wines of Great Britain Certification Scheme ya cubre el 43% de las hectáreas de viñedo del país, y algunos minoristas ya lo usan como criterio de compra.

La foto final es la de un sector que ha dejado de ser una rareza y quiere convertirse en una industria seria, reconocible y rentable. Pero para despegar de verdad necesita gente, inversión, relato y reglas claras. La pregunta ya no es si el vino británico puede crecer más; la pregunta es cuánto tardará en conseguirlo y quién le pondrá el empujón que le falta. Nosotros, desde luego, seguiremos atentos.

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